ICE: la muerte a sangre fría de Renée Nicole Macklin Good

Sábado 10 de enero de 2026

Víctor Olivares
Víctor Olivares

Graduado de Periodismo por el Tec de Monterrey y Máster en Psicoanálisis y Teoría de la Cultura por la Complutense de Madrid. Cuenta con más de una década de experiencia en medios nacionales e internacionales, reportero del conflicto Rusia-Ucrania en Europa, donde reside desde hace un lustro.

IG: @vicoliv X: @Victorleaks

ICE: la muerte a sangre fría de Renée Nicole Macklin Good

La muerte de Renée Nicole Macklin Good, asesinada por un agente de ICE en Minnesota, no es un hecho aislado ni un “incidente desafortunado”.

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Renée Nicole Macklin Good fue asesinada por un agente de ICE en Minnesota.

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X: @havenosecrets

Hay muertes que no solo duelen: desnudan una época. La muerte de Renée Nicole Macklin Good, asesinada por un agente de ICE en Minnesota mientras intentaba huir presa del pánico, no es un hecho aislado ni un “incidente desafortunado”, como se apresuraron a decir las autoridades federales. Es un síntoma brutal del momento histórico que atraviesa Estados Unidos. Un momento en el que la ley ha comenzado a ser sustituida por la voluntad, y el Estado de derecho por la moral privada de quienes empuñan el poder… y las armas.

Renée estaba en su coche. No portaba un arma. No atacó a nadie. Aceleró. Y eso bastó para que un agente disparara y le quitara la vida. Tres balas. A sangre fría. En nombre de una supuesta amenaza que, una vez más, se construye a posteriori para justificar lo injustificable. La escena es conocida, repetida, casi ritual: primero el disparo, luego el relato que lo limpia.

Lo verdaderamente inquietante no es solo la violencia del acto, sino la impunidad con la que se lo defiende. Funcionarios federales, portavoces del gobierno y sectores radicalizados de la sociedad han salido a respaldar al agente. Han salido a las calles a defender la muerte. A defender la idea de que alguien que huye —por miedo, por pánico, por instinto— merece morir. Y en ese gesto aparece algo más profundo: la fractura psíquica y social que atraviesa hoy a Estados Unidos y a su sociedad.

Hace apenas unos días, Donald Trump lo dijo sin rodeos en una entrevista: no le importan las leyes, ni los acuerdos, ni el derecho internacional; su única frontera es su moral. Esa frase no es retórica. Es programa. Es estructura. Y explica, con una claridad inquietante, por qué ICE actúa como actúa. Trump no solo gobierna: se encarna. Su lógica, su narcisismo político, su desprecio por el límite simbólico de la ley, se reproduce en el accionar de estos agentes que deciden quién vive y quién muere según su propio criterio.

Aquí es donde la lectura psicoanalítica resulta inevitable. Cuando el orden simbólico —la ley, la norma, el acuerdo social— se debilita, lo real irrumpe sin mediación. Y lo real, cuando aparece sin palabras ni freno, es violencia. El disparo que mata a Renée es eso: la irrupción de lo real en una sociedad que ya no logra simbolizar sus conflictos. Lo imaginario hace el resto: la fantasía supremacista, racista, paranoica, que ve en todo cuerpo no blanco una amenaza, en todo acento una sospecha, en todo movimiento una agresión.

Estados Unidos está entrando en una zona peligrosa. No solo de polarización, sino de algo más cercano a una psicosis social: una pérdida del acuerdo mínimo sobre la realidad. Hay quienes ven un asesinato; otros ven un acto heroico. Hay quienes ven una mujer aterrada; otros ven un enemigo. Cuando una sociedad deja de compartir los hechos básicos y los reemplaza por creencias identitarias, el desborde es inevitable.

El caso de Renée Nicole Macklin Good ha generado indignación en todo el mundo. Protestas, condenas internacionales, llamados urgentes de organismos de derechos humanos. Pero también ha generado aplausos y apoyo de sectores radicalizados. Y eso quizá sea lo más alarmante. Porque cuando una parte de la sociedad celebra la muerte del otro, el problema ya no es solo político: es civilizatorio.

Este 2026 ha comenzado con una violencia que parece anunciar lo que viene. Un tiempo en el que la voluntad de uno —amplificada por su ala más radical— se impondrá sobre millones. Ya no importa más si alguien es ciudadano, migrante, legal o ilegal. Basta con no encajar en la imagen correcta o con existir fuera de ese perverso molde del trumpismo para ser no solo estigmatizado, sino perseguido y asesinado.

La muerte de Renée no es una excepción sino una cruda y angustiante advertencia; y también un espejo. Esta nueva realidad rasgada en su registro más humano nos obliga a preguntarnos qué ocurre cuando la ley se evapora, cuando el poder ya no se limita, cuando el Estado deja de proteger y comienza a cazar. Lo que vemos hoy en Estados Unidos no es solo una crisis política: es una crisis del sujeto, una sociedad que ya no puede sostener su existencia sin recurrir a la violencia. Y cuando eso ocurre, lo sabemos bien, la historia se vuelve ominosa.

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