Hay algo que nos gusta de los equipos que no deberían ganar. Quizá porque, en el fondo, todos hemos sido alguna vez Milwaukee. Hemos tenido menos recursos, menos nombres, menos posibilidades. Hemos mirado enfrente y descubierto que alguien tenía casi todo para conseguir aquello que nosotros apenas nos atrevíamos a imaginar.
Por eso los playoffs de las Grandes Ligas tienen algo que va más allá del beisbol. Mientras los Dodgers salen al campo con una colección de estrellas y una nómina que parece no tener techo, los Brewers se presentan con algo mucho más difícil de cuantificar, que es la posibilidad de demostrar que no todo se compra.
La diferencia económica es considerable. Milwaukee tiene una nómina cercana a los 146 millones de dólares; la de Los Ángeles supera los 450. Y si a los Dodgers se les suma el impuesto de lujo, la distancia se vuelve todavía más pronunciada. Pero mientras el beisbol,lleva meses discutiendo cuánto dinero debería permitirse gastar un equipo, yo he encontrado en estos playoffs una pregunta más interesante: como ¿qué hacemos cuando el que tiene menos consigue jugar mejor?
Los Brewers no necesitan parecerse a los Dodgers para competir con ellos. No tienen que reunir a todos los mejores jugadores ni convertir cada turno al bate en una demostración de fuerza. Su manera de jugar es otra. Esperan, desgastan, corren, obligan al rival a equivocarse. Donde otros buscan el batazo que resuelva la noche, Milwaukee parece dispuesto a construirla poco a poco.
En un deporte que se ha enamorado de la velocidad de salida de la pelota, de los récords y de los contratos que ocupan titulares, los Brewers recuerdan que también se puede ganar sin hacer demasiado ruido. Que una base por bolas puede ser el principio de una historia. Que avanzar a un corredor quizá no tenga la espectacularidad de un jonrón, pero a veces exige la misma inteligencia. Que no siempre hace falta golpear más fuerte; algunas veces basta con saber esperar.
Y, sin embargo, cuando hablamos de los equipos pequeños, solemos cometer una injusticia. Los llamamos modestos, sorprendentes, milagrosos. Como si ganar con menos fuera una anomalía y ganar gastando más fuera el orden natural de las cosas.
Tal vez por eso nos emocionan tanto estas historias. Porque nos gusta pensar que el talento puede abrirse paso entre las dificultades, que la inteligencia puede compensar ciertas carencias, que el trabajo colectivo puede desafiar a las individualidades. Nos gusta imaginar que el mundo todavía conserva algún espacio en el que el poderoso no tiene asegurada la victoria.
No es que el dinero no importe. Claro que importa. Permite equivocarse más veces, corregir una mala decisión, contratar a otro jugador cuando el primero no funciona. Los Dodgers no son culpables de tener recursos ni de utilizarlos para construir un equipo extraordinario. La pregunta si el deporte deja de ofrecerle al que tiene menos una posibilidad real de competir.
Porque no nos enamoramos solamente de los campeones. Nos enamoramos de las historias que los conducen hasta ahí.
De la pelota que parecía perdida y termina en el guante. Del jugador al que nadie esperaba y acaba decidiendo una serie. Del equipo que, cuando todos daban por hecho el desenlace, encuentra una manera distinta de escribirlo.
Quizá por eso queremos tanto a los que tienen menos. No necesariamente porque deseemos que ganen siempre, sino porque necesitamos saber que todavía pueden hacerlo.
En la vida nos sobran las diferencias que parecen definitivas. El dinero, el apellido, el lugar donde nacimos, las oportunidades que llegaron a tiempo para unos y nunca aparecieron para otros. El deporte no borra esas diferencias, pero de vez en cuando consigue que durante nueve entradas no sean suficientes para explicar lo que sucede.
Y entonces volvemos a creer.
No en los milagros, exactamente. Más bien en la posibilidad de que alguien encuentre una manera de hacer las cosas que los demás no habían imaginado.
Los Dodgers pueden tener más estrellas. Pueden pagar más, reunir más talento y llegar a octubre con la obligación de ganar. Milwaukee tiene que hacer algo distinto como recordar, lanzamiento a lanzamiento, que la obligación no es lo mismo que la certeza.
Por eso, cuando un equipo como los Brewers se planta frente a uno como los Dodgers, no solamente estamos viendo una serie de campeonato. Estamos viendo una vieja disputa entre lo que parece inevitable y lo que todavía puede suceder.
Y quizá esa sea la razón por la que seguimos mirando.
Porque si el beisbol termina dándole la razón al que más tiene, habrá ganado un equipo.
Pero si alguna vez consigue sorprenderlo, habremos ganado todos los que todavía necesitamos creer que no todo está decidido de antemano.