Hay deportistas que pasan media vida persiguiendo el momento que los convierte en leyenda. Kimi Antonelli apenas tiene 20 años y ya llegó a la cumbre. El domingo pasado, en el Autódromo Hermanos Rodríguez, el italiano terminó tercero en el Gran Premio de México y consiguió algo que parecía reservado para una generación distinta. Se convirtió en el campeón más joven de la historia de la Fórmula 1. Tiene 20 años y 68 días.
Hay algo desconcertante en esa imagen. Mientras muchos a esa edad apenas comienzan a descubrir qué quieren hacer con su vida, Antonelli ya conquistó la cima de uno de los deportes más exigentes del mundo. No necesitó esperar a la madurez, acumular décadas de experiencia ni despedirse de una generación de rivales. Llegó antes que todos. Y quizá eso sea lo más extraordinario de su historia.
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Durante años, el deporte nos acostumbró a pensar que la grandeza necesitaba recorrido. Que los campeones se construían con derrotas, cicatrices y temporadas de aprendizaje. Pero cada vez aparecen más jóvenes que parecen tener prisa por alcanzar el futuro. Antonelli pertenece a esa generación que creció viendo a sus ídolos y que ahora comparte con ellos el mismo podio. Hace apenas unos años, Lewis Hamilton era una referencia lejana; hoy, el italiano ya es campeón del mundo.
Sin embargo, hay una pregunta que acompaña a los talentos precoces y que pocas veces aparece en las celebraciones. Y hablo de la incertidumbre de qué viene después. Y es que cuando se llega tan pronto a la cima, el desafío deja de ser conquistar el mundo y se convierte en encontrar razones para seguir haciéndolo. Porque ganar puede ser un instante; sostener la grandeza es una historia mucho más larga.
Quizá por eso convenga no apresurarse a pedirle a Antonelli que sea el próximo Hamilton, Schumacher o Senna. Tiene derecho a escribir su propia historia, a equivocarse, a crecer y a descubrir que incluso los campeones necesitan tiempo. El domingo, México fue el escenario de su consagración. Pero para Kimi Antonelli, a los 20 años, lo más difícil apenas comienza, que es aprender qué hacer con todo el tiempo que tiene por delante. Qué gran problema, ¿apoco no?
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Nadie sabe cuándo corre su última carrera
Hay algo melancólico en los números redondos cuando se trata de los deportistas. Lewis Hamilton llegará este domingo a 400 Grandes Premios de Fórmula 1 en Interlagos, el mismo circuito donde conquistó su primer campeonato del mundo en 2008. A los 41 años, siete títulos y más de una década y media después de su debut, el británico sigue buscando victorias, aunque el tiempo ya no le permita mirar hacia adelante de la misma manera. En el deporte, como en la vida, llega un momento en que uno deja de perseguir el futuro y comienza a encontrarse con sus propios recuerdos.
Quizá por eso las carreras de los grandes campeones tienen algo de despedida incluso cuando todavía no han terminado. Durante años vimos a Hamilton perseguir récords, superar rivales y desafiar los límites de lo posible. Ahora, cada vuelta parece tener también el valor de una historia que se resiste a terminar. No sabemos cuántas carreras le quedan, ni cuándo llegará el día en que decida quitarse el casco por última vez. Pero quizá esa sea la parte más hermosa de seguir a un ídolo. Entender que no será eterno y, aun así, desear que nunca se baje del automóvil.