¿Por qué nos gustan tanto los goles bonitos?

Jueves 24 de septiembre de 2026

¿Por qué nos gustan tanto los goles bonitos?

La FIFA lleva desde 2009 intentando responder esa pregunta con el Premio Puskás, que cada año reconoce el que considera el gol más espectacular.

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Premio Puskas 2026, uno de los misterios más interesantes del futbol.

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Hay goles que sirven para ganar partidos y hay goles que, además, nos hacen detener el tiempo. El de Miguel Borja, que casi 80 mil hinchas vimos en la cancha del Banorte, pertenece a los segundos.

América perdía 2-0 contra Chivas cuando Brian Rodríguez levantó la pelota desde la banda y Borja decidió que aquella noche escribiría con letras de oro su nombre en la historia de los clásicos. Se elevó de espaldas al arco, giró el cuerpo y encontró la pelota en el aire con una tijera perfecta. El balón salió disparado hacia la portería y, durante un instante, el futbol dejó de ser un partido para convertirse en otra cosa. Se convirtió en una imagen.

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Una de esas que uno quiere volver a ver por siempre. Borja hizo el 2-1 al 71'. Tres minutos después volvió a marcar para el 2-2. Pero curiosamente, sospecho que dentro de muchos años recordaremos primero la tijera. No por los tres puntos, que ni siquiera llegaron. Ni siquiera por el resultado. La recordaremos porque probablemente hayamos visto el Puskas 2026.

Y eso siempre me ha parecido uno de los misterios más interesantes del futbol. ¿Por qué necesitamos premiar la belleza de un gol? La FIFA lleva desde 2009 intentando responder esa pregunta con el Premio Puskás, que cada año reconoce el que considera el gol más espectacular. Por ahí han pasado disparos imposibles, carreras interminables, chilenas, rabonas, voleas y goles que parecieron desafiar por un segundo las leyes de la física. Por supuesto que Cristiano Ronaldo ya ganó alguno; después llegaron Neymar, Zlatan Ibrahimović, James Rodríguez, Olivier Giroud, Mohamed Salah, Son Heung-min, Erik Lamela y muchos otros.

El de Zlatan contra Inglaterra, por ejemplo, parecía escrito por alguien que quería exagerar el futbol. Una chilena, otra más, desde una distancia absurda, con el cuerpo suspendido en el aire y la pelota viajando hacia un lugar que casi nadie habría imaginado. El de James contra Uruguay tenía otra música; control con el pecho, una volea que salió descendiendo y una pelota que encontró la red en el Mundial de Brasil.

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Giroud inventó un escorpión. Lamela marcó de rabona. Neymar atravesó defensas. Cristiano le pegó a la pelota desde lejos con esa mezcla de violencia y precisión que parecía exclusivamente suya. Son maneras distintas de hacer lo mismo. Meter una pelota en una portería. Y, sin embargo, unas nos parecen más bellas que otras.

El futbol es un deporte lleno de movimientos ensayados. Hay entrenamientos, tácticas, automatismos, recorridos. Los jugadores pasan horas repitiendo una jugada para que, cuando llegue el domingo, parezca natural. Pero la belleza aparece muchas veces cuando algo se sale del guion. Un jugador que decide pegarle de primera. Una pelota que cae donde nadie esperaba. Un cuerpo que se queda suspendido en el aire. Un futbolista que, en una fracción de segundo, se atreve a hacer algo que nosotros ni siquiera habíamos imaginado.

El Puskás es, en cierta forma, un museo de instantes. Y lo curioso es que no siempre gana el gol más importante. Gana el que consiguió detenernos. El que hizo que incluso el rival quisiera volver a verlo. Porque hay una belleza que no necesita camiseta. Eso también explica por qué podemos admirar un gol de un jugador que acabamos de insultar durante noventa minutos. El gol bonito suspende la rivalidad.

Durante unos segundos dejamos de ser americanistas, chivas, madridistas, culés, argentinos, mexicanos. Somos simplemente espectadores. Y eso quizá sea lo más hermoso.

El futbol nació para competir. Para que uno gane y otro pierda. Para separar tribunas, ciudades, países, familias. Pero de vez en cuando aparece un gol que consigue exactamente lo contrario. Nos pone de acuerdo. Nadie necesita preguntarnos de qué equipo somos cuando Borja se eleva en el aire. Nadie necesita explicarnos una rabona de Lamela o una chilena de Zlatan. La belleza tiene ese extraño poder de volvernos iguales durante un instante.

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Y durante esos pocos segundos sentimos que también nosotros estamos ahí arriba, suspendidos en el aire, viendo cómo la pelota viaja hacia el lugar exacto donde queríamos que llegara.

Después vuelve la realidad. El marcador. La tabla. La rivalidad. Los tres puntos. Y quizá por eso, cuando alguien nos pregunte dentro de muchos años cuál fue el gol más bonito que vimos, no recordaremos necesariamente quién ganó aquel partido. Recordaremos cómo voló la pelota.

Y cómo, durante un instante, el futbol dejó de ser un juego y se convirtió en belleza.

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