Leo Messi le dice adiós a la Selección Argentina. “Me voy vacío”, escribió. “Nos deja llenos”, digo en representación de todos los que amamos el fútbol. Se despide de la camiseta que más quiso y que más sufrió. Para mí, como anti Barcelona y Selección de Argentina, fue siempre un amor incómodo, pero su talento hizo imposible no admirarlo. Y, al final, también fue imposible no quererlo.
Durante más de veinte años estuvo ahí, casi como una costumbre. En los domingos, en los Mundiales, en las finales, en aquellas noches en las que bastaba verlo recibir la pelota para pensar que algo podía ocurrir. Incluso cuando uno estaba del otro lado. Incluso cuando llevaba una camiseta que uno quería ver perder. Messi tenía esa extraña capacidad de convertir una rivalidad en admiración.
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Y quizá lo más extraño no sea que se vaya. Lo extraño es imaginar el fútbol sin la posibilidad de esperarlo. Porque Messi nunca necesitó correr demasiado para hacernos correr a nosotros. Caminaba y, de alguna manera, el partido parecía moverse a su alrededor. Mientras todos aceleraban, él parecía tener otro reloj. Mientras los demás buscaban espacios, él parecía saber dónde aparecerían antes de que existieran.
Durante años intentamos explicar su fútbol con números. Goles, asistencias, títulos, récords, Balones de Oro. Como si las estadísticas pudieran medir la sensación de que estábamos viendo algo que no volvería a repetirse. Messi convirtió lo extraordinario en una rutina.
Nos acostumbró a lo imposible. A verlo recibir entre cuatro defensores y salir entre cinco. A esperar el pase que nadie había imaginado. A verlo caminar durante varios minutos y, de pronto, decidir un partido en diez segundos. Tanto tiempo hizo cosas extraordinarias que terminamos creyendo que eran normales.
Tal vez por eso su despedida duele de una manera particular. No porque se vaya un jugador. Jugadores habrá siempre. Se va una forma de entender el fútbol. La del niño que juega sin darse demasiadas explicaciones. La del genio que no necesita anunciar que lo es porque la pelota habla por él. Y también se va una parte de nosotros.
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Porque los deportistas tienen esa capacidad extraña de acompañar nuestras vidas sin saber absolutamente nada de ellas. Nosotros cambiamos de trabajo, nos casamos, o no, je je, tenemos hijos, perdemos personas, cumplimos años. Ellos siguen apareciendo haciendo lo mismo que hacían cuando nosotros éramos otros.
Por eso despedir a Messi también es despedir una época. Yo lo disfruté incluso desde la incomodidad de odiar los equipos donde jugó. Hubo partidos en los que quise que desapareciera, y otros en los que simplemente tuve que rendirme ante lo que estaba viendo.
Argentina tardó en perdonarlo. Lo acusó de no sentir, de no ganar, de no ser suficiente. Después llegaron las Copas América, llegó el Mundial y aquella discusión que parecía eterna dejó de tener sentido.
Pero quizá Messi nunca necesitó saldar ninguna deuda. La deuda era nuestra. La de quienes tuvimos la fortuna de verlo. ¿Qué hacemos cuando aquello que parecía eterno finalmente termina?
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Supongo que lo mismo que hacemos siempre. Recordamos.
Volveremos a ver sus goles. Las gambetas. Los pases imposibles. El gol a México. El partido contra Holanda. La final contra Francia. La Copa América. Maradona mirando desde algún lugar de la memoria argentina. Y volveremos a encontrar momentos que ya conocemos de memoria, pero que seguiremos viendo como si todavía pudieran sorprendernos.
Porque así funcionan las despedidas verdaderas. No nos quitan a alguien de la memoria. Nos obligan a ponerlo ahí. El fútbol continuará. Siempre lo hace. Aparecerán otros dieces, otros niños prodigio, otros jugadores capaces de hacernos levantarnos del sillón.
Ahora Messi se va. Nos queda el fútbol. Y nos queda, también, la certeza de haberlo visto.