El equipo que nunca tendremos

Jueves 13 de agosto de 2026

El equipo que nunca tendremos

El fantasy de la NFL, que congrega más de 60 millones de personas en todo el mundo, tiene algo profundamente humano. Nos permite apropiarnos de aquello que amamos.

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El fantasy de la NFL congrega más de 60 millones de personas en todo el mundo.

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X: @NFLFantasy

Hay una época del año en la que miles de aficionados comienzan a convertirse, sin haber pisado nunca un vestidor de la NFL, en gerentes generales, scouts, médicos y coaches. Revisan estadísticas, estudian calendarios, sospechan de lesiones, comparan jugadores y pasan horas intentando descubrir qué jugador nadie más ha visto. Es la temporada del fantasy football. Y quizá no haya ritual que explique mejor nuestra relación con el deporte. Queremos tanto formar parte del juego que, cuando no podemos entrar al campo, nos inventamos uno.

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El fantasy de la NFL, que congrega más de 60 millones de personas en todo el mundo, tiene algo profundamente humano. Nos permite apropiarnos de aquello que amamos. Durante unas semanas dejamos de ser espectadores y construimos un equipo con nuestras propias manos. Elegimos a un quarterback, apostamos por un corredor, confiamos en un receptor y, sin darnos cuenta, comenzamos a sentir que esos desconocidos también nos pertenecen un poco. Un touchdown de uno de nuestros jugadores puede cambiar nuestro humor durante todo un domingo. Una lesión puede arruinarnos la tarde. Un jugador que elegimos en la última ronda puede convertirse en la historia que contaremos durante años. Y lo más extraño es que, aunque sabemos perfectamente que no tenemos ninguna responsabilidad sobre lo que ocurre en el campo, sufrimos como si la tuviéramos.

Quizá por eso el draft sea la parte más bonita. Antes de que comience la temporada, todo es posible. Cada selección parece inteligente. Cada apuesta tiene sentido. Uno mira su roster y encuentra futuro donde los demás todavía ven incertidumbre. Durante unas horas, todos somos visionarios. Todos creemos haber encontrado al jugador que nadie vio venir, al caballo negro, al que terminará llevando nuestro equipo al campeonato. La realidad todavía no ha tenido tiempo de contradecirnos.

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Después llegan los domingos.

Y con ellos, la absurda ceremonia de mirar partidos que quizá jamás habríamos visto, porque necesitamos que un jugador consiga nueve yardas, que otro reciba un pase, que el quarterback no lance una intercepción. De pronto conocemos horarios, lesiones y estadísticas de equipos que viven a miles de kilómetros de nuestra casa. Descubrimos que un touchdown puede celebrarse con la misma intensidad aunque no sea nuestro equipo el que lo consiguió. Basta con que haya sido nuestro jugador.

Hay algo casi infantil en todo esto. Y quizá por eso funciona. De niños jugábamos a ser futbolistas, corredores, pilotos, boxeadores. Elegíamos equipos imaginarios y narrábamos (yo aún lo hago) nuestras propias victorias. El fantasy es una versión adulta de aquel juego. Solo que ahora tenemos estadísticas, aplicaciones, rankings y una pantalla que nos permite fingir que sabemos exactamente lo que estamos haciendo. La tecnología hizo sofisticada una fantasía que probablemente llevamos toda la vida practicando.

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Y, sin embargo, hay algo hermoso en esa pequeña mentira que aceptamos voluntariamente cada temporada. Porque el deporte siempre ha necesitado espectadores, pero nosotros necesitamos sentir que pertenecemos a él. Quizá por eso inventamos equipos que nunca tendremos, contratamos jugadores que jamás conoceremos y sufrimos derrotas que, en realidad, no nos pertenecen. Durante unos meses nos damos el lujo de creer que también podemos decidir el destino de un domingo. Luego llegará diciembre, perderemos nuestra liga y volveremos a ser aficionados. Pero durante un rato fuimos dueños de algo. Y en el deporte, como en la vida, a veces basta con eso para ser feliz.

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