Samuel Taylor Coleridge escribió que el arte requiere de una “suspensión voluntaria de la incredulidad” por parte del espectador. Y tiene razón. Cuando hojeamos un un libro hacemos ese pacto silencioso para creer en mundos que fuera de sus páginas serían imposibles. O pensemos cuando vamos al cine. Olvidamos por dos horas que estamos viendo actores en una pantalla para permitirnos sentir, y hasta llorar, con una historia como si fuera real. No porque ignoremos la realidad, sino porque entendemos que hay verdades que solo pueden encontrarse cuando uno acepta dejar de desconfiar por un momento.
Creo que eso mismo ocurre cada cuatro años en el Mundial.
Durante un mes aceptamos creer que noventa minutos pueden cambiar el rumbo de un país. Que once futbolistas cargan algo más pesado que una camiseta. Que una ciudad entera puede detenerse para ver un partido. Que desconocidos pueden abrazarse en una plaza como si se conocieran desde siempre. Sabemos que, cuando el árbitro marque el final, el tráfico seguirá ahí, las cuentas seguirán llegando y las preocupaciones estarán esperándonos exactamente donde las dejamos. Pero decidimos aplazarlas. Porque durante un instante queremos creer que el mundo también puede organizarse alrededor de una pelota.
Y entonces llega el día después.
El del despertador. El del café a las prisas. El del grupo de WhatsApp que vuelve a hablar de trabajo. El de las calles sin banderas y las conversaciones que ya no empiezan preguntando quién juega hoy. Ahí termina de verdad el torneo. No cuando levantan la copa, sino cuando el mundo recupera su ritmo y nosotros descubrimos que aquello que nos acompañó durante un mes era, en realidad, un paréntesis.
Eso no significa que haya sido una mentira. Al contrario.
Hay quienes creen que el deporte sirve para escapar de la realidad. Yo sospecho que sirve para soportarla mejor. Durante unas semanas nos recordó que todavía somos capaces de ilusionarnos por algo compartido, de discutir sin odio, de celebrar con desconocidos y de permitir que una alegría colectiva ocupe el lugar que normalmente reservamos para las malas noticias. Quizá por eso los Mundiales dejan una especie de nostalgia anticipada. No extrañamos únicamente los partidos. Extrañamos la versión de nosotros mismos mientras los estamos disfrutando.
Spoiler alert: Dentro de cuatro años volveremos a hacerlo.
Volveremos a acomodar horarios, a discutir alineaciones, a prometer que esta vez no nos vamos a ilusionar demasiado. Y volveremos a incumplir la promesa. Porque esa es la condición del aficionado y, tal vez, también de la vida. Aceptar, de vez en cuando, como dijo ese filósofo, “una suspensión voluntaria de la incredulidad”.
El llanero solitario
Dicen que el lugar más solitario del deporte está en el montículo de un estadio de béisbol. Noventa pies separan al lanzador del bateador, pero, en realidad, la distancia es mucho mayor. De sus lanzamientos gira todo el jueguito, por lo que en ese cerrito de arena hace más frío que en la Antártida, dicen. Otros sostienen que la verdadera soledad habita en los jardines. Basta mirar el vuelo de una pelota. Durante unos segundos, el jardinero corre con el único ruido de sus propios pasos, sabiendo que todo el graderío observa si llegará o no. La inmensidad del pasto convierte a un solo hombre en responsable de un horizonte entero. Pero, si alguien me preguntara dónde vive de verdad la soledad en el deporte, seguiría respondiendo que bajo los tres palos.
Porque el portero carga con una condena que ningún otro futbolista conoce. Puede pasar ochenta y nueve minutos sin tocar el balón y, aun así, el partido terminará juzgándolo por una sola acción. Ninguna posición está tan cerca del heroísmo y del fracaso. Y si hay una escena donde esa soledad alcanza su forma más pura es en un penalti. Mientras el cobrador camina hacia la pelota, el arquero sabe que las probabilidades juegan en su contra. Todo el estadio mira hacia él. Toda la hinchada contiene el aliento. Está completamente solo. Quizá por eso la noticia del retiro de Guillermo Ochoa tuvo algo más de melancolía que de nostalgia. Con sus aciertos y sus errores, con sus detractores y sus admiradores, durante casi dos décadas ocupó el sitio más ingrato del futbol. Y eso también explica por qué, cuando el tiempo acomode las discusiones y las pasiones, terminaremos aceptando una verdad que hoy todavía algunos discuten; que Memo Ochoa fue el mejor portero nacido en México. ¡Hasta siempre, Paco Memo!