¿Quién nos va a caer mal?

Jueves 20 de agosto de 2026

¿Quién nos va a caer mal?

Hoy los deportes parecen haber aprendido a tener cuidado de sí mismos. El atleta moderno tiene un equipo de comunicación, patrocinadores, redes sociales y una marca personal que proteger.

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John McEnroe discutía con los árbitros como si estuviera defendiendo una causa de Estado.

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Hubo un tiempo en que el deporte estaba lleno de villanos. No necesariamente de malas personas, sino de personajes que entendían que para ser protagonista no bastaba con ganar, sino había que provocar algo. John McEnroe discutía con los árbitros como si estuviera defendiendo una causa de Estado. Dennis Rodman parecía haber salido de una película de John Carpenter. José Mourinho convirtió el conflicto en una especialidad y hasta hizo de sí mismo un personaje. Eran incómodos, arrogantes, impredecibles. Y quizá por eso los partidos donde aparecían tenían algo más. Uno no solo quería verlos jugar. A veces quería verlos perder.

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Hoy los deportes parecen haber aprendido a tener cuidado de sí mismos. El atleta moderno tiene un equipo de comunicación, patrocinadores, redes sociales y una marca personal que proteger. Cada palabra puede convertirse en un titular; cada gesto, en una campaña en contra. Incluso Cuauhtémoc Blanco, uno de los últimos grandes provocadores, ha encontrado en las redes una nueva manera de administrar su personaje. No es necesariamente algo malo. Los tiempos cambian, y quizá también hemos aprendido que detrás del personaje hay una persona. Pero en ese proceso de cuidar cada palabra hemos perdido algo que hacía extraordinario al deporte como la posibilidad de que alguien nos cayera mal.

Porque necesitamos héroes, sí. Pero los héroes necesitan villanos. El conflicto es parte de la historia. ¿Qué sería de Muhammad Ali sin quienes querían verlo perder? ¿De McEnroe sin las tribunas que lo abucheaban? ¿De Michael Jordan sin aquellos que esperaban, casi con esperanza, el día en que finalmente fracasara? El deporte necesita esa pequeña contradicción. Por un lado admirar a alguien y, al mismo tiempo, desear que no gane. Esa tensión hace que un partido deje de ser únicamente un resultado y se convierta en una historia.

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Y quizá por eso los villanos son tan importantes. Porque nos obligan a tomar partido. Nos sacan de esa cómoda neutralidad en la que todo el mundo parece agradable, todos dicen lo correcto y cada declaración llega perfectamente empaquetada. Un villano deportivo no necesita ser despreciable. Basta con que sea capaz de incomodar. Que diga algo que no debía. Que celebre frente al rival. Que mire al público y sonría cuando todos quieren que pierda. Que entienda que el deporte también es teatro y que, de vez en cuando, alguien tiene que aceptar el papel del personaje que nadie quiere invitar a cenar.

El problema es que quizá confundimos deportividad con simpatía. Un buen rival no tiene que caer bien. De hecho, algunas de las rivalidades más hermosas nacieron precisamente porque había alguien al otro lado que nos provocaba. El deporte necesita respeto, pero no necesariamente cordialidad. Necesita reglas, pero también personajes capaces de tensarlas. Necesita buenos muchachos, pero también a alguien que entre a la cancha dispuesto a arruinarles la tarde.

Tal vez por eso extraño a los villanos. No porque quisiera volver a un deporte más agresivo o menos humano, sino porque extraño esa sensación de mirar una pantalla y pensar: ojalá pierda este tipo. Qué extraño privilegio era ese. Qué maravilloso era odiar durante dos horas a alguien que no conocíamos y que, probablemente, nunca nos había hecho nada. Y después, cuando terminaba el partido, apagar la televisión y volver a la vida.

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Porque quizá el deporte no necesita que todos nos caigan bien.

Quizá solo necesita que, de vez en cuando, alguien nos caiga mal.

Y mucho.

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