Anoche se jugó el sexto juego entre los Diablos Rojos del México y los Pericos de Puebla en el Estadio Alfredo Harp Helú; serie que hace unos días parecía sentenciada y que ahora llega con los escarlatas intentando llevarla hasta el séptimo. Pericos se fue arriba 3-0, pero Diablos ganó los dos últimos en Puebla y regresó la vida a una serie que parecía perdida. Y alrededor de estos playoffs ha vuelto una discusión si la Liga Mexicana de Beisbol debería adoptar de una vez el cronómetro entre lanzamientos, como ya ocurre en las Grandes Ligas. Porque el beisbol, ese deporte que durante más de un siglo hizo de la paciencia una de sus virtudes, empieza a descubrir que también vivimos en tiempos que ya no saben esperar.
Te recomendamos: ¿Quién nos va a caer mal?
Hubo un tiempo en que para saber cómo había terminado un partido había que esperar. Esperar al periódico de la mañana, a la conversación del día siguiente, a que alguien que sí hubiera visto el juego nos contara qué había pasado. Los goles no aparecían inmediatamente en la pantalla del teléfono. Las derrotas tenían unas horas de silencio antes de convertirse en discusión. Incluso había algo parecido a la sorpresa. Hoy parece extraño. Vivimos en un deporte que nos cuenta todo antes de que tengamos tiempo de sentirlo.
Ahora sabemos cuánto corre un futbolista antes de que termine el partido, qué velocidad alcanzó un saque, cuántos metros recorrió un quarterback y cuál era la probabilidad de que una jugada terminara en touchdown. Tenemos repeticiones desde seis ángulos, gráficos, inteligencia artificial, estadísticas en tiempo real y teléfonos que vibran para avisarnos que alguien acaba de marcar mientras nosotros todavía estamos mirando otra cosa. El deporte dejó de ser solamente algo que vemos. Se convirtió en algo que nos informa constantemente que está ocurriendo.
Y quizá, sin darnos cuenta, también dejamos de esperar.
Esto te interesa: El equipo que nunca tendremos
Antes había algo hermoso en no saber. El aficionado podía equivocarse. Podía discutir una jugada durante una semana sin tener que recurrir a una repetición en cámara lenta que resolviera la discusión en quince segundos. Podía imaginar. Podía exagerar. Podía recordar un jonrón de manera distinta a como realmente había ocurrido. La memoria tenía permiso para deformar el deporte. Hoy la memoria tiene un video que la corrige.
Por eso el cronómetro del béisbol me parece mucho más que una discusión sobre la duración de los partidos. Es el síntoma de una época. En las Grandes Ligas, el pitch timer fue incorporado precisamente para reducir los tiempos muertos y acelerar el ritmo; ahora la pregunta es si el beisbol mexicano debe hacer lo mismo. Y quizá la respuesta no sea tan sencilla. Porque sí, queremos partidos más ágiles. Pero también deberíamos preguntarnos cuánto de aquello que llamamos lentitud era, en realidad, parte de su encanto.
El beisbol siempre tuvo algo de conversación. El pitcher pensando. El bateador esperando. El manager caminando lentamente hacia el montículo. El aficionado mirando el marcador y hablando de cualquier cosa mientras espera el siguiente lanzamiento. Era un deporte que entendía algo que nosotros hemos olvidado: que no todo momento necesita estar ocupado.
Hasta las emociones parecen haber entrado en tiempo real. Una derrota ya no necesita terminar para comenzar a ser juzgada. Apenas cae el último out aparecen las críticas, los culpables, los memes, las estadísticas que explican por qué ocurrió todo. El partido termina y nosotros ya estamos pensando en el siguiente. El jugador que ayer era héroe hoy es cuestionado. El entrenador que hace una semana era genio ahora parece estar equivocado en todo. La velocidad con la que consumimos el deporte es casi la misma con la que dejamos de quererlo.
Tal vez por eso extraño la espera. No porque crea que antes todo era mejor —casi nunca lo fue—, sino porque había algo profundamente humano en esperar. Esperar también era una forma de disfrutar. Uno podía imaginar cómo había sido el partido antes de verlo. Podía escuchar que su equipo había ganado y guardar esa alegría intacta hasta llegar a casa. Podía esperar al domingo siguiente. El deporte tenía pausas. Y en esas pausas crecía la ilusión.
Ahora tenemos el resultado antes de tener la emoción.
También lee: El día después de la ilusión
Lo sabemos todo y, sin embargo, quizá nos está faltando algo. Porque hay cosas que solo se disfrutan mientras se esperan. El primer partido de la temporada. Un Mundial que llega cada cuatro años. Una final. El regreso de un jugador. El domingo. El momento en que una pelota todavía está en el aire y nadie sabe dónde va a caer. Quizá el verdadero lujo del deporte no sea verlo todo, sino recuperar, de vez en cuando, ese pequeño privilegio que la velocidad nos quitó: no saber qué va a pasar.
Porque el deporte, como la vida, pierde un poco de su magia cuando conocemos el final antes de permitirnos disfrutar la historia.