¿Por qué ellos sí y nosotros no?

Jueves 16 de julio de 2026

¿Por qué ellos sí y nosotros no?

El resultado de la semifinal del Mundial confirmó que este jueguito es tan accesible para practicarlo en cualquier rincón.

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Millones de argentinos celebran en el Obelisco el pase de Argentina a la Final del Mundial 2026.

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EFE/Adan González

Escribo esto desde la víscera. Con las imágenes de millones de argentinos intoxicados de alegría en el Obelisco, solemnizando el Monumento a la Bandera en Rosario y el Patio Olmos en Córdoba. Escribo esto, de haber visto futbol más de la mitad de mi vida y entender todo y no entender nada.

El resultado de la semifinal del Mundial confirmó que este jueguito es tan accesible para practicarlo en cualquier rincón, pero tan exclusivo como para que solo 8 selecciones mundiales hayan probado las mieles. Argentina volvió a derrotar a una de las grandes potencias del mundo. Y mientras contemplaba los festejos, no pude evitar volverme a preguntar ¿en qué momento ellos aprendieron a mirar de frente a los gigantes y nosotros seguimos mirándolos hacia arriba?

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No hablo del talento. Sería una explicación demasiado fácil. Argentina ha tenido a Maradona, a Messi y a una lista interminable de futbolistas extraordinarios. Pero también ha tenido generaciones mucho más discretas que, aun así, salieron a competir sin pedir permiso. Tampoco hablo del país. Porque si el éxito deportivo dependiera de la estabilidad económica o del Producto Interno Bruto, Argentina tendría muchas menos razones para creer que México. Sin embargo, cada cuatro años ocurre lo mismo. Tampoco es que tengan más pasión que nosotros. Ellos llegan pensando que pueden ser campeones. Nosotros llegamos esperando no decepcionarnos demasiado.

Hay una frase de César Luis Menotti que siempre vuelve cuando intento entender el futbol. “El futbol es un estado de ánimo.” Quizá exageraba. O quizás no tanto. Porque antes de ser un deporte, el futbol también es una conversación que un país sostiene consigo mismo. Y sospecho que ahí empieza una diferencia profunda. Argentina educó a sus futbolistas —y a sus aficionados— para competir. México, muchas veces, nos educó para resistir.

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Eso también se nota en el lenguaje. Cuando México enfrenta a una potencia, hablamos de “dar la sorpresa”, de “hacer un partido perfecto”, de “competir dignamente”. Son expresiones que parecen prudentes, pero esconden la renuncia silenciosa de que aceptamos, de facto, que el otro es mejor antes de que empiece el partido. Argentina utiliza otras palabras. Puede perder, claro. Ha perdido muchas veces. Pero rara vez acepta la inferioridad como punto de partida. La derrota, para ellos, es una posibilidad. Nunca una condición.

Y quizá esa sea la herencia más valiosa que dejó Maradona y que Messi terminó por confirmar. No fueron únicamente dos futbolistas irrepetibles. Fueron la prueba de que un argentino podía sentarse en la misma mesa que cualquiera. Las leyendas cambian más que los récords; cambian la imaginación de un país. Después de ellas, las nuevas generaciones ya no crecieron preguntándose si podían competir contra Inglaterra, Alemania o Brasil. Crecieron creyendo que era lo normal.

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Me gustaría decir que México está muy lejos de eso. Pero no sería justo. Esta selección, la misma que hace unas semanas nos llenó de dudas y de críticas, también nos ha recordado que el futbol tiene la costumbre de desobedecer a la lógica. Tal vez el cambio no empiece levantando una Copa del Mundo. Tal vez empiece el día en que dejemos de celebrar únicamente las derrotas dignas y empecemos a exigirnos victorias posibles. O aceptar, o más bien abrazar, que en el fut por el momento no, pero nadie como nosotros para crear a los Julio César Chávez y a los Canelo, a las Paola Espinosa, a los Raúl González, a los Ernesto Canto o a los Toro Valenzuela o Héctor Espino.

Porque, al final, los gigantes no nacen gigantes.

Alguien, alguna vez, simplemente dejó de tenerles miedo.

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