Hay alegrías que pueden vivirse en silencio. Un ascenso, un auto nuevo, un amor correspondido. Y hay otras que, por alguna razón, parecen incompletas si no encuentran a alguien con quien compartirse. Un gol en un Mundial pertenece a esa segunda categoría. No basta con celebrarlo. Hay que mirarse, abrazarse, gritarlo con alguien más, aunque ese alguien haya sido un desconocido apenas unos segundos antes.
Estos días basta asomarse a cualquier ciudad donde juegue una selección para entenderlo. Las plazas se llenan, el Ángel de la Independencia parece una congregación de patriotas, las avenidas se pintan de banderas y los bares dejan de ser bares para convertirse en pequeñas tribunas.
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Da igual si ocurre en la Ciudad de México, en Buenos Aires, en Madrid o en Casablanca. El idioma cambia, las canciones también. Lo que permanece es esa necesidad casi infantil de salir a la calle para confirmar que la alegría no fue solo nuestra.
Siempre me ha parecido curioso que el fútbol consiga algo que la vida moderna lleva años deshaciendo. Nos hemos acostumbrado a vivir en solitario, detrás de una pantalla, a escuchar música con audífonos, a pedir comida sin hablar con nadie, a celebrar muchas cosas desde la intimidad. Y, sin embargo, llega el Mundial y aceptamos con absoluta naturalidad abrazar a un desconocido. Durante unos segundos desaparecen la desconfianza, la prisa y esa prudencia con la que solemos caminar por las calles. Un gol basta para recordarnos que, en el fondo, seguimos necesitando a los demás.
A mi me encantan casi todos los deportes. Sigo con solidaridad gremial a varios equipos desde que tengo uso de razón, pero el Mundial es distinto a cualquier otro torneo. No porque el fútbol sea mejor, sino porque consigue algo que casi ningún otro acontecimiento logra, que es sacar la emoción del estadio y llevarla a las calles. El partido dura noventa minutos. La celebración continúa mucho después. Reforma, el Ángel, el Zócalo, el Obelisco, la Puerta del Sol o cualquier plaza del mundo dejan de ser puntos en un mapa para convertirse en escenarios de una misma obra. La felicidad, cuando encuentra compañía, parece multiplicarse.
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Al día siguiente todo vuelve a su lugar. Las banderas regresan al cajón, las avenidas recuperan el tráfico, los desconocidos vuelven a cruzarse sin mirarse y el mundo continúa con sus pendientes. El fútbol, por supuesto, no resolvió ninguno de ellos. No hizo desaparecer las guerras, la inflación, la incertidumbre ni las preocupaciones que nos esperan al despertar. Pero tampoco era esa su tarea.
Su verdadera tarea, quizá la única, consiste en recordarnos que todavía somos capaces de celebrar juntos. Que aún existen momentos en los que dejamos de preguntarnos quién piensa como nosotros, cuánto gana, de dónde viene o por quién vota. Durante un gol, todas esas preguntas sobran. Solo queda el impulso de compartir una alegría con alguien más. Y en tiempos donde casi todo parece dividirnos, descubrir que la felicidad todavía necesita testigos termina siendo una de las victorias más hermosas del deporte.
Dios nos agarre confesados si le ganamos a Inglaterra.
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