Mi lado romántico es cortesía de los deportes. No de las canciones, ni del cine, ni de los libros (aunque algo ayudan). Si todavía conservo cierta tendencia a creer que algunas cosas valen la pena incluso cuando la lógica dice lo contrario, sospecho que tiene más que ver con haber crecido viendo deportes. Los deportes tienen esa costumbre de educarte mal para la vida. Te hacen creer que las remontadas existen, que el tiempo se puede estirar, que hay derrotas que preparan victorias y que, de vez en cuando, el mundo sí premia a quienes esperan.
No siempre es verdad. Pero durante unas horas lo parece.
Tan solo reflexiona lo que pasa en cada Mundial. Hay algo particularmente hermoso, y un poco absurdo, en la manera en que un torneo consigue alterar el ánimo de países enteros. Personas que no se conocen abrazándose. Patrones reorganizando horarios, conversaciones, estados de ánimo alrededor de un juego que no promete nada y, aun así, recibe de nosotros una fe desproporcionada. El Mundial es eso. Una suspensión voluntaria del cinismo. Una tregua breve con la realidad. Mientras dura, uno acepta que todavía hay espacio para creer que algo extraordinario puede pasar. Por ejemplo, hoy juega la Selección Mexicana y el divorcio histórico que tenemos con esos individuos vestidos de verde hoy lo echamos debajo de la alfombra.
Te recomendamos: Ya ganamos
Y luego están los Knicks.
Nueva York esperó cincuenta y tres años para volver a ser campeón de la NBA. Cincuenta y tres años son demasiado tiempo para cualquier cosa, excepto para ciertas emociones. Fuimos testigos de gente llorando en las calles, celebrando como si hubiera revivido un familiar. Técnicamente celebraban un campeonato. Pero uno sospecha que era otra cosa. Estaban celebrando que la espera no había sido inútil. Que durante medio siglo siguieron creyendo en algo que no les debía nada y que, por una vez, respondió. Los Knicks ganaron su primer título desde 1973 y , los que crecimos cuando Jordan no daba tregua para que otros equipos siquiera olieran la gloria, por fin los vimos campeonar por primera vez.
Eso me gusta de los deportes. Que nunca terminan de volverse adultos.
Mientras todo alrededor nos enseña a protegernos, a moderar expectativas, a no ilusionarnos demasiado, el deporte insiste en lo contrario. Te pide una cantidad ridícula de fe para algo tan poco importante. Y uno acepta. Porque en el fondo sabe que no está apostando por un marcador. Está apostando por una sensación.
Esto te interesa: La ciudad que nunca duerme
Hay los que dicen que el deporte es una pérdida de tiempo. Y quizá tengan razón. Pero qué absurdo llamar pérdida de tiempo a aquello que nos recuerda que todavía somos capaces de creer. Vivimos una época en donde casi todo exige resultados inmediatos pero, por el contrario, los deportes siguen defendiendo el derecho a insistir. A creer aunque no haya garantía. A volver el próximo año aunque el anterior haya terminado mal.
Borges decía que el romántico suele apoyarse en tres grandes, y humanos, impulsos. Que van desde la pasión, la intensidad y la idealización. Los deportes, sospecho, nos vuelven románticos precisamente porque nos obligan a practicar los tres. La pasión aparece cuando un partido cualquiera nos cambia el humor del día; la intensidad, cuando noventa minutos o cuarenta y ocho de reloj parecen contener una vida entera; y la idealización, esa quizá la más deportiva de todas, cuando decidimos creer que este año sí, que esta generación sí, que esta remontada sí. Incluso quienes juran ser racionales terminan hablando de “milagros”. Aseveramos que no somos románticos hasta que nuestro equipo está abajo por uno y todavía faltan dos minutos. Ahí volvemos a creer.
Tal vez por eso sigo viendo partidos. No para entender el mundo. Para descansar de él. Para recordar que todavía hay lugares donde una remontada sigue siendo posible, donde una ciudad puede esperar medio siglo y celebrar como si nunca hubiera dudado, donde un Mundial logra convencer a millones de personas de que el próximo partido puede ser distinto.
También lee: Los rankings inútiles
Y porque, si uno lo piensa bien, quizá ser romántico no sea otra cosa que eso.
Seguir creyendo cuando ya no era obligatorio.