Los rankings inútiles

Jueves 28 de mayo de 2026

Los rankings inútiles

La última llegó desde SPORTbible con 55 nombres ordenados como si el fútbol fuera una biblioteca y alguien hubiera decidido colocar los libros de mayor a menor importancia.

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Lionel Messi y Cristiano Ronaldo aparecen en la lista de SPORTbible.

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EFE

Cada cierto tiempo aparece una lista de los mejores futbolistas de la historia. La última llegó desde SPORTbible con 55 nombres ordenados como si el fútbol fuera una biblioteca y alguien hubiera decidido colocar los libros de mayor a menor importancia. Arriba de todos, Lionel Messi. Más abajo, bastante más abajo de lo que muchos aceptarían, Cristiano Ronaldo. Y entonces, lo que siempre pasa, la maldita discusión.

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No conozco una lista definitiva de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Tampoco conozco una definitiva de las mejores novelas, las mejores canciones o los mejores cuadros. La eternidad tiene la mala costumbre de resistirse a las clasificaciones.

Las listas hablan menos de los jugadores que de quienes las confeccionan. Son un espejo de nuestros afectos, nuestras nostalgias y nuestros prejuicios. El aficionado no vota únicamente con la memoria; vota también con la emoción. Por eso el niño que descubrió el fútbol con Pelé ve en Pelé algo que ningún algoritmo puede medir. Y quien creció admirando a Maradona encuentra en sus gambetas una forma de belleza irrepetible. Cada generación cree haber asistido al milagro más grande porque, en cierto modo, así fue.

Messi ocupa el primer puesto porque representa una rareza estadística y estética. Durante dos décadas convirtió lo extraordinario en rutina. La sorpresa no es que aparezca primero. La sorpresa es que haya logrado que la costumbre no erosionara el asombro.

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El caso de Cristiano es diferente. Su carrera obliga a revisar una vieja idea del fútbol. Durante mucho tiempo pensamos que el talento era un regalo. Cristiano demostró que también podía ser una obsesión. Nadie construyó una leyenda con tanta voluntad visible. En él, el esfuerzo dejó de ser el camino y se convirtió en el espectáculo. Colocarlo en el puesto quince puede ser una provocación o una injusticia, según quién mire la lista. Pero también es una prueba de algo más profundo: nadie discute a los jugadores normales. Sólo se discute a los gigantes.

Las clasificaciones pretenden resolver debates que en realidad enriquecen al fútbol. ¿Quién fue mejor? ¿Pelé o Maradona? ¿Messi o Cristiano? ¿Di Stéfano o Cruyff? La pregunta correcta quizá sea otra. ¿Qué parte del juego cambió cada uno para siempre?
Pelé enseñó que el fútbol podía ser universal. Di Stéfano que podía jugarse en todas partes del campo. Cruyff que podía pensarse. Maradona que podía rebelarse. Messi que podía simplificarse hasta alcanzar la perfección. Cristiano que podía perseguirse hasta límites desconocidos.

Ninguno ocupa exactamente el mismo lugar porque ninguno habitó el mismo fútbol.

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Por eso las listas son tan populares y tan inútiles al mismo tiempo. Nos ofrecen una respuesta cuando lo que verdaderamente disfrutamos es la pregunta. El aficionado no quiere cerrar la discusión; quiere prolongarla. La conversación es parte del juego.
Dentro de veinte años aparecerá otra clasificación. Habrá nombres nuevos. Algunos de los actuales descenderán posiciones. Otros subirán impulsados por la nostalgia, que es la fuerza más poderosa de la historia del deporte. Y volveremos a discutir.

No para encontrar al mejor futbolista de todos los tiempos. Sino para recordar por qué nos enamoramos del fútbol.

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