La tauromaquia se ha convertido en uno de los debates más incómodos de nuestro tiempo porque obliga a discutir algo más profundo que un espectáculo. Obliga a preguntarnos si una sociedad tiene derecho a destruir una tradición entera únicamente porque una parte de la opinión pública dejó de comprenderla. Y el problema comienza precisamente ahí. Mucha gente juzga la fiesta brava acotando los quince minutos finales de un toro en la plaza, pero ignora deliberadamente todo lo que existe detrás de ese instante. Ignora el campo bravo, la crianza, la conservación genética, el empleo rural, la cultura popular y una industria que durante siglos ha sostenido comunidades enteras. Resulta curioso que en una época obsesionada con defender la diversidad, haya quienes quieran extinguir una de las expresiones culturales más complejas y antiguas del mundo hispano.
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El toro de lidia no existe de manera espontánea en la naturaleza. Es una raza criada específicamente durante siglos mediante una selección genética rigurosa enfocada en preservar la bravura, la fuerza y la nobleza del animal. En México, apenas alrededor del 8% del ganado bravo criado llega realmente a una plaza de toros, mientras el resto permanece en el campo o se destina a reproducción. Eso significa que para que un solo toro salga al ruedo, detrás existen años de inversión, alimentación, veterinarios, hectáreas de campo y decenas de animales que jamás serán lidiados. El toro bravo vive entre cuatro y cinco años en libertad, en condiciones infinitamente más dignas que la mayoría del ganado destinado al consumo humano. Y aun así, quienes jamás cuestionan los rastros industriales suelen indignarse exclusivamente frente al único animal cuya muerte ocurre públicamente y no escondida detrás de muros de concreto.
Además, la tauromaquia no es únicamente una tradición romántica sostenida por nostalgia. Es también una actividad económica gigantesca. En México, organizaciones taurinas estiman que la industria genera cerca de 9 mil millones de pesos anuales y alrededor de 120 mil empleos directos e indirectos. Detrás de cada corrida trabajan ganaderos, veterinarios, sastres, transportistas, músicos, comerciantes, restauranteros, hoteleros, artesanos y miles de familias del campo. En España, el impacto económico de la tauromaquia supera los 4 mil millones de euros y genera más de 54 mil empleos.
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La crítica moderna suele mirar la fiesta desde una lógica binaria donde todo debe ser completamente puro o completamente condenable. Pero la vida rara vez funciona así. El ser humano convive todos los días con contradicciones mucho más silenciosas y menos honestas, decía el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Se escandaliza frente a la muerte ritual de un toro mientras consume carne producida en cadenas industriales invisibles y deshumanizadas. La diferencia es que en la plaza nada se oculta. El toro pelea, embiste y muere bajo la mirada del público, mientras el torero expone también su propia vida. Hay crudeza, sí, pero también verdad.
Quizá por eso la tauromaquia ha sobrevivido tanto tiempo. Porque, y bien lo decía el maestro Enrique Ponce, habla de cosas esenciales que ninguna época ha logrado borrar del todo. El honor, el miedo, la belleza efímera, la muerte y el deseo humano de desafiarla aunque sea por unos minutos. La fiesta brava no necesita que todos la amen. Basta con entender que pertenece al territorio complejo de la cultura, donde las emociones, la tradición y el arte no siempre caben dentro de explicaciones simples. Y tal vez ahí radique precisamente su permanencia. En que todavía existen personas dispuestas a encontrar poesía incluso en aquello que el mundo moderno insiste en convertir únicamente en escándalo.
Y si después de leer todo esto alguien sigue pensando que la tauromaquia debe prohibirse, está bien. Toda sociedad democrática necesita debate, desacuerdo y posiciones encontradas. Pero conviene recordar algo fundamental. La libertad siempre será más importante que la democracia. Porque cuando una mayoría descubre que puede prohibir cualquier tradición, expresión artística o manifestación cultural simplemente porque le incomoda, entonces el problema deja de ser la tauromaquia. El problema empieza a ser la libertad misma.
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Manhattan vuelta loca
Los Knicks han conseguido algo que parecía imposible en una ciudad entrenada para el cinismo deportivo. Después de décadas de decepciones, reconstrucciones fallidas y temporadas condenadas a la resignación, el equipo tiene arriba 1-0 la final de Conferencia y eso ha sido suficiente para despertar una vieja locura colectiva que llevaba demasiado tiempo dormida. En los bares se habla otra vez de los años de Patrick Ewing como si hubieran ocurrido ayer, los vendedores callejeros desempolvan camisetas azules y naranjas, y el Madison Square Garden recupera esa electricidad casi mística que sólo aparece cuando Nueva York siente que puede volver a tocar la gloria. Los Knicks no son solamente un equipo de basquetbol. Son el termómetro emocional de una ciudad que vive acelerada, orgullosa y hambrienta de héroes. Y quizá por eso esta serie importa tanto. Porque Nueva York lleva más de medio siglo esperando volver a sentirse campeón.