Donde todavía se puede elegir

Jueves 25 de junio de 2026

Donde todavía se puede elegir

Manuel Escribano, desde Sevilla; Luis David Adame y Leo Valadez, desde Aguascalientes; seis toros de Rancho Seco y una fecha que no es cualquiera, pues hablamos de una corrida para conmemorar quinientos años de tauromaquia en México.

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Cinco Villas, una demostración de que cuando se cierra una puerta, la gente encuentra otra.

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El cartel del próximo domingo en Cinco Villas tiene algo de declaración y algo de resistencia. Manuel Escribano, desde Sevilla; Luis David Adame y Leo Valadez, desde Aguascalientes; seis toros de Rancho Seco y una fecha que no es cualquiera, pues hablamos de una corrida para conmemorar quinientos años de tauromaquia en México.

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Cinco siglos son demasiado tiempo para casi cualquier cosa. Para una tradición, significa haber sobrevivido a gobiernos, modas, cambios culturales, catástrofes naturales y cualquier intento de prohibición. No significa que deba gustarle a todo el mundo. No entraré en temas como que la fiesta brava deba permanecer intacta, para eso ya dediqué unas líneas en este espacio. Solo significa que existe. Que, nos guste o no, ha acompañado una parte de la historia mexicana durante más tiempo que muchas de las instituciones que hoy parecen permanentes.

Y quizá por eso estos días he pensado menos en los toros y más en los lugares. Porque hay lugares que aparecen cuando otros desaparecen.

En estos meses, para quienes disfrutamos la tauromaquia, la Ciudad de México dejó de ser una ciudad taurina como la conocíamos. La discusión pública tomó un rumbo, el gobierno de Clara Brugada tomó otro y, entre restricciones y nuevas reglas, muchos aficionados simplemente hicieron lo que suele hacer la gente cuando algo que disfruta deja de existir donde vive. Buscaron otro lugar. No una confrontación. No una épica. Solo otro lugar.

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Ahí aparece Cinco Villas. Un bálsamo para muchos chilangos. Lo que han construido Luis Marco Sirvent y su encantadora esposa Lucero Domínguez en Texcoco tiene la curiosa particularidad que no parece nacido desde la nostalgia, sino desde la hospitalidad. Una plaza que funciona como cortijo, pero también como refugio. Un espacio donde la corrida dejó de ser únicamente corrida y se volvió experiencia. La llegada tranquila, el cuidado del detalle, la cercanía, los carteles pensados, el tiempo transcurriendo más despacio, las familias, los niños. Un lugar que parece decir que la tradición también puede aprender nuevas formas sin dejar de ser ella misma.

Y eso, más allá del debate taurino, me parece interesante. Porque uno puede estar a favor o en contra de casi cualquier expresión cultural. Lo que cuesta más trabajo aceptar es que el desacuerdo no siempre tiene que terminar en prohibición. Hay actividades que uno jamás practicaría y aun así entiende que pertenecen a la esfera de decisión de otros. La libertad tiene algo incómodo, y es que obliga a convivir con gustos ajenos.

Tal vez por eso me gusta pensar en plazas como Cinco Villas no como una respuesta política ni como una trinchera cultural, sino como algo más sencillo. Como una demostración de que cuando se cierra una puerta, la gente encuentra otra.

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Y porque al final, más allá de toros, estadios, teatros o cualquier otra pasión, una sociedad empieza a parecerse demasiado a sí misma cuando deja de confiar en que sus ciudadanos pueden decidir por cuenta propia.

Respetar la libertad no significa compartir todas las elecciones. Significa aceptar que no todas tienen que pasar por nuestro permiso.

¡Nos vemos el domingo en Cinco Villas! A celebrar la fiesta de todas las fiestas. Aunque les duela a algunos, ¡Que les dolerá!

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