Ya ganamos

Jueves 11 de junio de 2026

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La Copa del Mundo es una gesta en la que la FIFA, la de Infantino por supuesto, hace participar a un friego de equipos, pero son pocos y los mismos de siempre los que aspiran a beber ese cadiz.

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El Estadio Ciudad de México fue testigo de la mano de dios de Maradona.

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EFE/Tomas Pérez

El Azteca nunca fue solo un estadio. Incluso ahora que tiene otro nombre, otra piel y otro catálogo de comodidades, sigue siendo el Azteca. Hay lugares que dejan de pertenecerle a quienes los administran y pasan a pertenecerle a quienes los recuerdan. Ese estadio entró hace tiempo en esa categoría. Un inmueble que no le pertenece solo al fútbol. Ahí convivieron, además de Pelé y Maradona, Michael Jackson y Paul McCartney, Julio César Chávez, e incluso Juan Pablo II, que ofició una misa. Conciertos, derrotas, generaciones enteras que aprendieron que el fútbol también podía parecerse a una ceremonia. Y dentro de unos días volverá a abrir un Mundial. El primero en la historia para un mismo estadio.

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He leído estos días muchas discusiones sobre el negocio, sobre la remodelación, sobre el nombre nuevo, sobre si el estadio perdió algo en el camino. Puede ser. Los estadios también envejecen. También cambian para sobrevivir. Pero hay algo que el concreto nunca termina de controlar, que es la manera en que la gente decide habitar un lugar. Conocí el Azteca en persona veinte años después de su inauguración y llevo cuarenta años viéndolo desde todos los rincones. No me acostumbro.

Y entonces pienso en la afición mexicana. Pienso en esa extraordinaria capacidad que tenemos para ilusionarnos incluso cuando sabemos mejor que nadie cómo terminan ciertas historias. Veo a la afición lista para salir, para llenar vagones, para caminar horas, para aventurarnos a pintar Reforma del folclor de los alegres. Veo banderas, sombreros imposibles, caras pintadas, familias completas que durante noventa minutos hacen un acuerdo silencioso con la realidad. El acuerdo de que ya habrá tiempo de volver a la misma.

El fútbol tiene esa rara virtud de suspender el país. Porque este jueguito no cambia nada. Nunca lo hizo. Al día siguiente volverán los pendientes, el tráfico, la CNTE, los desaparecidos y la injusticia. Seguirá todo mal y tal vez peor. Pero por unas horas, y hasta que se nos pase el trago divino, el fútbol habrá cometido su único cometido; el de darnos alegría. Que a eso vinimos al mundo. A estar alegres.

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La Copa del Mundo es una gesta en la que la FIFA, la de Infantino por supuesto, hace participar a un friego de equipos, pero son pocos y los mismos de siempre los que aspiran a beber ese cadiz. Países que quizá lo hacen todo bien pero ni ellos cantan como nosotros ese himno que hace retumbar sus centros la tierra. O el cielito lindo. O el catártico “puto” o esas léperas apologías. Y eso, aunque parezca poco, no lo es.

Tal vez por eso el Azteca importa tanto. No porque ahí se haya jugado el partido del siglo entre Italia y Alemania, en la semifinal de 1970, que terminó 4-3 con una prórroga delirante y con Beckenbauer jugando con el brazo en cabestrillo sin perder un gramo de su elegancia. O el gol del siglo de Maradona desparramando ingleses. Importa porque ahí millones de personas hemos ensayado durante unas horas una versión más ligera de nosotros mismos. Una donde el desconocido abraza al desconocido. Donde una ciudad gigantesca encuentra una sola voz. Donde todavía es posible pensar que el siguiente partido sí. Que el quinto partido sólo era una barrera mental. Y con ello llegó el sexto y hasta el séptimo.

Que esta vez sí.

Que todavía.

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