Hay una diferencia enorme entre una injusticia y una sospecha. La primera necesita pruebas. La segunda solo necesita repetirse lo suficiente.
Eso es lo que me ha venido rondando la cabeza estos días mientras observo la conversación alrededor de Lionel Messi, la selección argentina y Gianni Infantino. Para mi, no importa mucho qué ocurrió exactamente. Que si el penal. Que si el VAR. Que si esto.
Que si aquello. Importa la facilidad con la que miles de aficionados están dispuestos a creer que el fútbol ya eligió a sus protagonistas antes de que ruede la pelota. Y cuando un deporte empieza a convivir con esa sospecha, debería prestar atención. No porque la sospecha siempre tenga razón, sino porque casi nunca nace de la nada.
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Messi no necesita que nadie escriba su leyenda. La escribió él. Ocho Balones de Oro, un Mundial, dos Copas América y una carrera que difícilmente volveremos a ver. Reducir semejante trayectoria a una teoría de favores sería una injusticia para el fútbol y para uno de los mejores, si no es que el mejor, jugador de todos los tiempos. Pero las leyendas tienen la paradoja de que mientras más grandes se vuelven, más grande también se vuelve la sombra que proyectan. Y si a esa sombra se le suma una FIFA que ha convertido a sus grandes figuras en el centro de su narrativa comercial, la percepción comienza a jugar un partido distinto.
El problema nunca ha sido que Gianni Infantino admire a Messi. Sería extraño que no lo hiciera con las carretadas de billetes que el nacido en Rosario genera. El problema es que la FIFA hace tiempo dejó de parecer un simple organizador para convertirse en el principal narrador de su propia historia. Ya no solo administra torneos. Construye relatos. Elige imágenes, protagonistas, campañas, documentales. Y cuando una institución que debe garantizar imparcialidad parece demasiado cercana a uno de sus personajes, incluso los gestos más inocentes empiezan a leerse de otra manera.
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El deporte vive de una ilusión muy frágil. La de creer que todo puede pasar. Esa es la razón por la que seguimos viendo partidos cuyo resultado parece predecible. Porque, en el fondo, siempre dejamos un espacio para la sorpresa. Esa incertidumbre es el verdadero patrimonio del deporte. No los trofeos. No los contratos. No los derechos de televisión.
Por eso la credibilidad vale más que cualquier estrella.
No sé si la FIFA favorece a alguien. Tampoco sé si quienes ven conspiraciones en cada decisión tienen razón (como americanista leo y escucho cada cosa…). Lo que sí sé es que el fútbol debería hacer todo lo posible para que esa pregunta jamás tuviera sentido. Porque los grandes deportes no solo deben ser justos. Deben parecerlo.
Y quizá ahí reside la verdadera responsabilidad de quienes gobiernan el juego. No proteger a sus figuras. Ni construir héroes eternos. Su obligación es proteger algo mucho más importante, que es la confianza de quienes, cada fin de semana, siguen creyendo que cuando el árbitro da el silbatazo inicial, todavía nadie ha ganado el partido.
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155 en llegar a MLB
El lanzador sinaloense Luis Enrique Gastélum se convirtió en el pelotero nacido en México número 155 en llegar a las Grandes Ligas, luego de ser ascendido por los Cardinals de St. Louis. Desde este espacio no podemos más que desearle el mayor de los éxitos.