Hay una manera de ganar en el beisbol que no siempre gusta. No tiene la estridencia de un jonrón que desaparece detrás de la barda ni la espectacularidad de un batazo que parece viajar hacia otra ciudad. A veces es apenas un toque de sacrificio, un corredor que roba una base, un sencillo colocado en el lugar exacto. Una pequeña victoria dentro de otra victoria.
La pelota pequeña no necesita imponerse por la fuerza. Le basta con encontrar una grieta. Por eso me gusta que la Serie Mundial de este año enfrente a Milwaukee y Tampa Bay. Quizá no sea la final que soñaban los ejecutivos de televisión. Quizá no tenga el atractivo comercial de los Dodgers contra los Yankees, ni reúna a las estrellas que convierten un partido en una cita para quienes normalmente no ven este deporte. Pero para quienes todavía disfrutamos las sutilezas de este juego, hay algo reconfortante en ver a dos equipos que entienden que no todas las batallas se ganan golpeando más fuerte.
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Nos hemos acostumbrado a medir el espectáculo en decibeles. Queremos el batazo monumental, la celebración multitudinaria, la jugada que pueda repetirse miles de veces en las redes sociales. Y no hay nada malo en ello. Un jonrón en el momento preciso es una de las formas más hermosas de la felicidad deportiva.
Pero el beisbol no empezó con los jonrones ni debería terminar en ellos. También existe en el corredor que sale al robo, en el bateador que acepta sacrificar su turno para acercar a un compañero al plato. En el pitcher que entiende que no necesita ponchar a todos para dominar un partido. En la defensa que convierte un out decisivo.
Quizá por eso la pelota pequeña necesita un espectador distinto. Uno que no esté esperando permanentemente que suceda algo extraordinario, porque sabe que, en ocasiones, lo extraordinario consiste precisamente en hacer bien lo más sencillo.
Milwaukee y Tampa Bay llegan a octubre con esa filosofía como parte de su identidad. No son equipos incapaces de conectar jonrones ni viven exclusivamente del juego de contacto. Sería injusto reducirlos a eso. Pero han demostrado que existen otras maneras de competir y que, frente a organizaciones con recursos económicos mucho mayores (¿Me estás oyendo, Dodgers?), también es posible construir equipos competitivos.
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Y eso, en medio de la discusión sobre el dinero que domina hoy a las Grandes Ligas, tiene un significado especial. La Serie Mundial llega justo cuando el beisbol discute si necesita un tope salarial para limitar el gasto de las franquicias. Los dueños quieren cambiar las reglas; el sindicato de jugadores se opone. Mientras tanto, dos equipos que no figuran entre los grandes derrochadores de la liga han llegado a la final.
No hace falta convertirlos en una fábula ni suponer que el dinero no importa. Importa, y mucho. Pero estas dos franquicias nos recuerdan que los recursos pueden ayudar a construir un equipo; más no sustituyen la necesidad de jugar bien.
Y quizá esa sea una de las razones por las que seguimos enamorados del deporte.
Nos gusta que el talento se imponga, pero nos emociona todavía más descubrir que el talento puede adoptar formas distintas. Que no existe una sola manera de llegar a la cima. Que, incluso en un juego donde las estadísticas parecen capaces de explicarlo todo, todavía hay espacio para la intuición, la paciencia y la sorpresa.
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Por eso no me preocupa demasiado si esta Serie Mundial consigue menos espectadores que las anteriores. Entiendo el negocio. Entiendo que la televisión necesita estrellas reconocibles y que las audiencias son parte de la supervivencia de una liga. Pero me resisto a aceptar que la popularidad sea la única medida de la grandeza.
Tal vez los puristas del beisbol encontremos en esta Serie Mundial una pequeña reivindicación. La posibilidad de disfrutar un juego en el que cada base importa, cada corredor obliga a pensar y cada error puede abrir una puerta. Un juego en el que la emoción no siempre llega de golpe, sino que se acumula hasta que una carrera parece mucho más grande que una carrera.
No sé si será una Serie Mundial inolvidable. Eso el tiempo lo dirá. Pero sí sé que me gusta que estén aquí Milwaukee y Tampa Bay. ¡Playball!