¿Alguna vez alcanzaremos la inmunidad de rebaño contra el Covid-19?
'El desarrollo de la inmunidad en una población aporta beneficios para todos, incluso cuando no se puede alcanzar el umbral'. Foto: Maureen McLean/REX/Shutterstock

En mayo de 2020, nosotras y otros científicos predijimos que muchas regiones del mundo nunca podrían alcanzar el umbral de la inmunidad de rebaño respecto al Covid-19, es decir, el punto en el que un número suficiente de personas son inmunes a la infección permitiendo que comience a disminuir su transmisión.

Actualmente, esto sigue siendo cierto, incluso a pesar de que las vacunas se volvieron accesibles para los países ricos y de que muchas personas desarrollaron su inmunidad a través de las vacunas, los refuerzos y las infecciones anteriores.

Al principio de la pandemia, se creía erróneamente en general que el umbral de la inmunidad de rebaño era un objetivo universal que se debía alcanzar. Sin embargo, el umbral siempre ha sido variable: depende de la capacidad de transmisión del agente patógeno y de las características conductuales e inmunológicas de la población en la que se propaga, es decir, del grado en que se relacionan y de la facilidad con que se infectan.

Por ejemplo, si un virus tiene gran capacidad de transmisión, es decir, puede infectar con mayor facilidad a las personas, o si la población está muy concentrada y es muy móvil, una gran proporción de la población necesitará inmunidad para frenar su transmisión. Contrariamente, si un virus es menos transmisible o si la población no se reúne con frecuencia en grandes grupos, se necesitará que menos personas sean inmunes para ralentizar la transmisión del virus. En ambos casos, el umbral exacto de inmunidad de rebaño sería diferente.

En el caso de la cepa original del virus Sars-CoV-2, se calculó que el umbral de la inmunidad colectiva se situaba entre el 60 y el 75%. Sin embargo, las variantes más recientes y más transmisibles, como Delta y ómicron, probablemente tienen umbrales superiores al 80-90%, y eso suponiendo que todas las personas vacunadas o previamente infectadas estén completamente protegidas contra futuras infecciones.

De hecho, en el caso de la variante ómicron, la protección inmunológica existente contra la infección y la transmisión es considerablemente menor (aunque todavía se cree que la protección contra la enfermedad grave es muy alta), por lo que incluso con el 90% de la población vacunada probablemente no veríamos desaparecer la transmisión de la variante ómicron.

Los cambios conductuales, como el uso de cubrebocas, trabajar desde casa y evitar las grandes reuniones, pueden ralentizar la transmisión del virus. No obstante, a medida que se levanten o varíen estas iniciativas entre las poblaciones, nuevamente se acelerará la transmisión del virus, elevando el umbral de la inmunidad de rebaño en comparación con el de una población más cautelosa. Simultáneamente, las desigualdades sociales pueden agravar el desproporcionado número de víctimas que el Covid-19 ya provocó en las comunidades marginadas, al elevar el umbral de la inmunidad de rebaño a nivel local, por ejemplo, si las personas habitan viviendas hacinadas.

El año pasado, algunos científicos sugirieron que nos estábamos acercando al umbral de la inmunidad de rebaño mediante la combinación de la inmunización y la infección. Sin embargo, un año después del inicio de los programas de vacunación contra el Covid-19, estamos presenciando los picos de casos más grandes hasta la fecha en muchas regiones, incluso en lugares donde la inmunidad de la población derivada de la infección y la vacunación es bastante alta. Las variantes Delta y ómicron, sumamente infecciosas, han propiciado los recientes brotes debido a su alta capacidad de transmisión y a su capacidad para evadir parcialmente la inmunidad, provocando que una fracción mucho más amplia de nosotros sea susceptible a volver a infectarse.

Esta situación evidencia que todavía no hemos alcanzado -y probablemente nunca lo haremos- el umbral de la inmunidad de rebaño, a pesar del destacado éxito de las vacunas. Al mismo tiempo, no debemos resignarnos a la aparición de brotes interminables y explosivos.

Ahora nos encontramos en la difícil transición hacia la endemia del Covid-19. En un profético artículo publicado en la revista Science en enero de 2021, Jennie Lavine y sus coautores predijeron que, al igual que los otros coronavirus humanos que actualmente causan el resfriado común, el Covid-19 terminaría convirtiéndose en una infección leve que seguiría circulando entre la población humana a niveles más bajos conforme las personas quedaran expuestas y se vacunaran a edades tempranas. En otras palabras: un virus endémico.

Una vez que el Covid-19 se convierta en un virus endémico, la inmunidad que bloquea la infección disminuirá rápidamente, de modo que el virus continuará propagándose con facilidad, mientras que la inmunidad contra la enfermedad grave durará más tiempo, ocasionando que las infecciones y la enfermedad (principalmente leve) se desplacen hacia los grupos de edad más jóvenes que aún no han sido expuestos al virus ni vacunados; asimismo, deberían disminuir los casos de enfermedad grave, que afectan principalmente a los adultos que carecen de inmunidad previa.

No obstante, todavía no hemos llegado a ese punto. Los autores advirtieron que aún se necesitaban las intervenciones conductuales para ralentizar la transmisión durante el periodo de transición a la endemia, con el fin de evitar un aumento abrumador de las hospitalizaciones y las muertes, por no mencionar los síntomas del Covid-19 prolongado, que actualmente se calcula afecta a 1.3 millones de personas solo en el Reino Unido. La vacunación (y el refuerzo periódico) siguen siendo factores importantes para mitigar los peores resultados durante el proceso de transición a la endemia.

También es importante recordar que el desarrollo de la inmunidad dentro de una población aporta beneficios para todos, incluso cuando no se puede alcanzar el umbral de la inmunidad de rebaño. Las enfermedades graves disminuyen drásticamente, lo que permite preservar los recursos de atención médica. Cuando las personas vacunadas se contagian, pueden ser contagiosas durante menos tiempo y tener una carga viral menor, reduciendo la posterior transmisión. La protección se multiplica cuando las personas vacunadas entran principalmente en contacto entre ellas, puesto que disminuyen las probabilidades de contagiarse y de transmitir la infección.

Todavía cabe la posibilidad de que la transmisión descontrolada del Covid-19 en las regiones subvacunadas propicie la evolución de nuevas variantes que sigan causando la enfermedad. Hasta ahora, la variante ómicron parece causar una enfermedad menos grave en comparación con las cepas anteriores del virus, y la competencia entre las variantes (por ejemplo, la variante ómicron sobrepasa a la variante Delta en muchas regiones), podría ser favorable para nosotros.

Sin embargo, incluso las variantes más leves tienen el potencial de inundar los hospitales si son altamente transmisibles. Vacunar y reforzar rápidamente a la población mundial, especialmente a aquellos que se enfrentan a graves desigualdades en cuanto a la disponibilidad de vacunas, así como combatir la desinformación que obstaculiza la aceptación de las vacunas, siguen siendo algunos de los mejores recursos para ralentizar la aparición de nuevas variantes, además de las incertidumbres y contratiempos que conllevan.

A partir de ahora, nos podemos preparar para el Covid-19 endémico mejorando el acceso a las vacunas, a los cubrebocas y a las pruebas de alta calidad, y exigiéndolos en los entornos públicos donde el riesgo es alto. Debemos invertir en la investigación y distribución de tratamientos para prevenir los resultados graves y en el apoyo social para las personas que se enfrentan a las secuelas del Covid-19 prolongado. También debemos fortalecer nuestra infraestructura de salud pública para prevenir futuras pandemias, establecer regulaciones para ambientes de trabajo más seguros y mitigar las desigualdades de salud que se han visto agravadas por la pandemia. El Covid-19 no desaparecerá, pero lo podemos controlar con una política inteligente y la acción colectiva.

Erin Mordecai es profesora adjunta de biología en la Universidad de Stanford. Mallory Harris es candidata a un doctorado en la Universidad de Stanford, donde estudia enfermedades infecciosas.