Un ataque cardíaco me enseñó cómo es la muerte; ¿Cómo debo vivir ahora en mi vida 2.0?
Los infartos son problemas del corazón que pueden llevar a la insuficiencia cardíaca. Foto: Pexels en Pixabay

Fue exactamente como una escena de Casualty. Una ambulancia, la sirena, las luces que se prenden y se apagan,  la camilla en la bahía de emergencias del hospital. Los paramédicos abrieron las puertas y transportan a un hombre de mediana edad, con cara ceniza y apenas consciente. Los doctores y las enfermeras lo cambiaron a una cama: “Levantar. Listos. Firmes. Levanten”. Inmediatamente después conectaron al paciente: cánulas en las venas, tubos de oxígeno en las fosas nasales y parches en el torso, los brazos y las piernas”.

Los monitores muestran un pulso de 250 pulsaciones por minuto y la presión de 40 sobre 20, un caso casi terminal de taquicardia ventricular. Las cámaras altas y bajas de su corazón están fuera de control, el pulso sube y la presión baja.

Los doctores están de acuerdo. No hay que esperar. Le colocan electrodos en el pecho, las paletas del desfibrilador encima y le ordenan a todos que hagan espacio antes de apretar el botón. Una descarga de 200 joules en todo el cuerpo en una milésima de segundo. Entonces, para asombro de los doctores, el paciente se sienta y grita, “Eso es lo más doloroso que he sentido en mi vida”, antes de colapsar hasta la inconsciencia y sin pulso. El paciente era yo.

También lee: ¿Quiénes necesitan terapia pos-covid y dónde tomarla?

Me di cuenta de que estaba muriendo media hora antes. Mi corazón se había puesto muy loco mientras jugaba futbol en Tooting Common, en el sur de Londres. De repente me sentí cansado y pedí mi cambio para descansar. Entonces me arrodillé. Recuerdo sentir confusión y caer al pasto y sentirme tan débil que no podía moverme. Sentía que mi cuerpo se cancelaba, como si alguien caminara por los pasillos y bajara las palancas de los apagadores. Primero el pie derecho, luego el izquierdo, luego la pierna derecha, luego la izquierda, luego los muslos. Todo se estaba enfriando, como los personajes heridos fatalmente en las películas viejas de la guerra.

“Me estoy muriendo”, pensé. “Así se siente morir”. Sentí curiosidad y una especie de asombro. Para mi sorpresa, el darme cuenta no me provocó miedo. Era algo casi gentil. Tal vez porque no tenía energía para sentir pánico o tal vez mi cerebro sabía por instinto que lo mejor que podía hacer era conservar la calma. Pensé en mi familia y amigos y en lo afortunado que era de haber tenido tanto amor en mi vida. “Quiero que le digas a mi novia, a mis hijas, a mi hermana y mi mamá que los amo y que no tengo miedo”, le dije a un compañero del equipo, mientras trataban de mantenerme despierto mientras llegaba la ambulancia. En silencio di gracias por mi maravillosa vida y sonreí a las nubes del atardecer y a las hojas del árbol que se encontraban encima de mi. Todavía no me habían dado morfina, pero Tooting Common se veía increíblemente hermoso. No quería morir pero estaba listo. “Hay peores cosas que morir jugando futból”, pensé.

Mi cardiólogo me dijo después que me dieron por muerto varios minutos. Se necesitaron dos descargas eléctricas más y un hábil y riguroso rescate cardio pulmonar para regresarme a la vida. No me acuerdo de nada. Nada de dolor, nada de escándalo y ninguna visión de túneles blancos o de miradas desde el techo. Ni siquiera había oscuridad o tiempo. No había nada. Y entonces pasó algo mientras despertaba y veía luces de hospital, caras de preocupación mirándome, escuchaba voces y preguntas: “¿Cómo te sientes? ¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu fecha de nacimiento? ¿Qué te pasó? ¿Sabes lo afortunado que eres de estar vivo?”

No lo estaba. No del todo. No entonces. Estaba demasiado cansado y mi cuerpo demasiado lleno de morfina. Mis sentimientos eran de una mezcla de gratitud hacia los doctores, preocupación de que mi familia estuviera alterada, un poco de miedo por un posible dolor, y fascinación por lo que me había pasado.

Te puede interesar: Gatos, camellos y un basilisco: el ascenso de la terapia con animales

Esa noche me vi rodeado de máquinas en la sala de cardiología. Me sentía raro pero asombrado de estar vivo. La única evidencia visible de que casi había muerto eran un par de moretones que yo suponía eran del desfibrilador, y muchos tubos y alambres en mi cuerpo. La enfermera me advirtió que podía haber sufrido algún daño en el cerebro y empecé a probar mi agilidad mental repitiendo los números primos y duplicando el número dos hasta que los números fueran demasiados. Urgué en los recuerdos de mi memoria. Todo parecía estar bien. Esto puede sonar extraño pero me sentí privilegiado por haber hecho un viaje del que pocos regresan. El periodista en mi estaba intrigado y sentía la responsabilidad de reportarlo, y ahora estoy listo para hacerlo.

Cinco días después ya estaba en casa. Me hicieron descansar. Me hicieron pruebas. Me llenaron de betabloqueadores y me implantaron un ICD, que es un aparato ingenioso que monitorea mi corazón y calma la discrepancia entre las cámaras alta y baja. También me puede dar un shock si necesito otro. La calidad del cuidado fue extraordinaria y más porque me atendieron a la mitad de la pandemia. Hasta pude pedir la música que quería en la sala de operaciones mientras los cirujanos me abrían y usaban anestesia local para colocarme el ICD. Con morfina David Bowie es todavía mejor.

Hice mis investigaciones. El doctor estaba en lo correcto. Soy muy afortunado. Según la British Heart Foundation, sólo 1 de cada 10 personas con ataque cardíaco fuera del hospital sobreviven. En todo el mundo, los números son de 1 en 100. Mi cardiólogo me dijo que sin el desfibrilador estaría muerto. Incluso con él las cosas pueden salir mal. A diferencia de los programas de TV, la posibilidad de prevenir la muerte con una descarga son menores al 50:50. Incluso si el corazón se detiene en un hospital, los estudios sugieren que sólo hay 15% de posibilidades de salir con vida.

Si el equipo médico no hubiera masajeado mi pecho podría tener ahora problemas neurológicos provocados por la interrupción del flujo de la sangre al cerebro, que es un problema muy común en los supervivientes. En otros países, podría estar en la ruina. En Estados Unidos, el tratamiento de ataque cardíaco y cirugía puede costar más de 170,000 dólares, y me pudieron haber cobrado  el servicio de emergencias  para llevarme al hospital fuera de mi seguro médico. Como son las cosas con el NHS, sólo tengo que pagar mi mensualidad del seguro nacional.

Te recomendamos: Bobby Kennedy tenía razón: el PIB no es bueno para medir la salud de un país

Así es que mi supervivencia no sólo es suerte. Es gracias a la sociedad que todavía cree en la medicina social e invierte en la cobertura para todos. A diferencias de las políticas de seguros privados, no tengo que preocuparme de que en el futuro mis contribuciones no vayan a servir para cubrir las revisiones médicas de los pacientes externos ni la medicina subsidiada que voy a necesitar por el resto de mi vida. Los doctores me dicen que la prognosis es buena así es que tengo esperanzas.

A cinco meses del ataque cardíaco, estoy muy recuperado, camino 8 km al día pero no a velocidad. Tal vez nunca recupere el nivel que tenía. Mi corazón es fuerte pero su sistema eléctrico está fuera de control. Hasta que los cardiólogos identifiquen la razón voy a tener que ejercitarme a baja intensidad y voy a tener que bajarle al estrés. Tal vez necesite más cirugías. También tengo que pensar en quién soy y cómo vivo. El ICD bajo mi clavícula significa que ahora soy una parte humano y otra computadora,  a un paso de la singularidad. Tomo betabloqueadores todos los días lo que a veces me hace lento. Ahora aprecio más la biotecnología y la farmacología y envidio a los que no necesitan depender de nada de eso.

También me ha dado una gran oportunidad de pensar en lo que es importante. ¿En dónde queda el límite entre la vida y la muerte? ¿Realmente crucé la línea? ¿Cómo saco lo mejor de mi vida 2.0? ¿Cómo le pago a la sociedad? He pasado mucho tiempo pensando en estas preguntas y revisando mi pasado. Al principio se trataba de un ejercicio mental  y después de una forma de pasar el tiempo. En el hospital no podíamos recibir visitas por las restricciones del Covid-19 así es que en cada uno de los cinco días que estuve allí revisé las décadas de mi vida. Me enfoqué en las relaciones más cercanas y en los viajes maravillosos y en los momentos gozosos. Hace cinco meses, y todavía siento gran placer de hacerlo.

También estoy tratando de vivir más en el presente. Suena a cliché, pero durante semanas después de que me dieron de alta me maravillaban las cosas más simples como la lluvia, los gorriones, los insectos, las tazas, los frijoles, los libros, las conversaciones con familia y amigos. Juré que nunca iba a gastar mi tiempo en cosas que realmente no aprecio.

También puedes leer: Cientos de miles de personas con problemas de salud mental viven encadenadas: estudio

Esas promesas empiezan a fallar. Empiezo a dar por hecho los placeres de antaño y estoy regresando a las viejas rutinas, a checar los tuits de Donald Trump en la mañana, me preocupo de cosas sin importancia como la cantidad de artículos que he escrito y lo que piensa la gente, y por cosas como el colapso del clima y de la naturaleza. El mundo está estresado, desfasado y en necesidad de una descarga que lo haga recuperar su ritmo.

En realidad no tengo que regresar a las cosas como eran antes. Quiero sacar provecho de este nuevo principio. Todavía no pienso cómo hacerlo, pero el mejor comienzo fue haberme casado el mes pasado para probarle a mi esposa que mi corazón no se estaba rebelando en contra de nuestros planes de boda. Todavía está un poco resentida porque dije que estaba listo para morir. Supongo que trabajaré en la pregunta de cómo vivir una buena vida mientras llega el momento de partir.