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Estilo de vida

Burnout alimenticio: cómo el estrés crónico causado por la pandemia puede alterar y destruir nuestra dieta

A lo largo del año pasado, muchos de nosotros hemos sufrido agotamiento físico y mental. No es sorpresa que la gente haya recurrido a la comida por consuelo.

¿Nos estamos enterrando bajo el peso de nuestros impulsos de comer por consuelo emocional? Ilustración: Steven Gregor/The Guardian

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Naomi Boles chocó contra una pared en octubre pasado. “No dormía para nada y sentía que no podía seguir”, recuerda. “Estaba tan estresada, e incluso cuando estaba en la cama mi cerebro estaba constantemente acelerado porque me preocupaba tanto por mi salud, por mis ingresos, por mis hijos. Cuando fui al médico, fue como si hubiera llegado a un punto en el que no podía seguir adelante”.

Nueve meses después, ella sigue recuperándose de ese agotamiento. “Finalmente estoy llegando al punto en el que puedo ser menos severa conmigo misma y no estar regularmente en este modo de lucha o huida”, dice.

Las pruebas han descartado esclerosis múltiple. Pero Boles, madre de 29 años de edad con tres niños de Aylesbury, Buckinghamshire en Inglaterra, tiene inflamación en su cuerpo, el cual parece haber sido causado por el estrés. “Creen que he desarrollado un trastorno autoinmune”, cuenta.

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También ha descubierto mucho sobre su mente. Siempre ha dependido de la comida para levantar su ánimo y energía, pero comer como consuelo emocional se salió de sus manos durante la pandemia. “Cuando estuve en mi momento más estresante, e incluso mientras sigo recuperándome, la comida siempre ha sido un apoyo real para mí”, dice.

Esta combinación de agotamiento y comer en exceso está muy lejos de ser inusual. Sobre todo desde el inicio de la pandemia, muchos de nosotros hemos estado sufriendo de agotamiento físico y emocional, dejándonos desganados y abrumados, casi siempre con dolores de cabeza y otros síntomas físicos. Mientras la crisis continúa, hemos recurrido a la comida como consuelo emocional, casi siempre eligiendo refrigerios no saludables, comida para llevar, y alimentos precocinados porque estamos muy agotados como para cocinar.

Boles trabajaba en ventas cuando llegó la pandemia. Acababa de regresar de su permiso por maternidad cuando la empresa de jardines de lujo para la que trabajaba la dio de baja. Temiendo perder su trabajo eventualmente, en julio decidió comenzar su propio negocio. Siempre había querido ser su propia jefa, así que en cierta forma Boles Bakery era un sueño hecho realidad, pero la agitación le ha pasado factura.

“El estrés de perder mi trabajo, comenzar un nuevo negocio y tener que educar a mis hijos en la casa significó que con frecuencia comía en exceso lo que estaba horneando, a pesar de que tengo intolerancia al gluten”.

“Descubrí que los confinamientos eran muy aislantes y al principio mis amigos y yo hacíamos muchas reuniones en Zoom, pero, después de un tiempo, las dejamos. Entre más nos adentrábamos en la pandemia, más se volvía casi un reflejo recurrir a la comida”.

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En un estudio reciente sobre la alimentación emocional durante la pandemia, dirigido por Katherine McAtamney de la Universidad de Birmingham en Reino Unido, una cuarta parte de los participantes reportaron que estaban consumiendo más en general, mientras que un tercio estaba comiendo menos sano.

Mientras tanto, una investigación en Europa dirigida por la Universidad Aarhus en Dinamarca describió que la pandemia había vuelto a los británicos como los consumidores más grandes de comida por consuelo emocional en el continente, con un aumento del consumo de alimentos precocinados en 29%, un incremento del alcohol en 29% y las famosas ‘deliciosas golosinas’ en hasta 34%.

Nada de esto sorprendería a Liam Skillen, de 22 años, de Mansfield. Ahora trabaja como asistente de comedor en un supermercado, además de ayudar a cuidar a su abuela, y tuvo dificultades después de que lo despidieran de su trabajo previo en un cine.

“Estoy tratando de ahorrar para mudarme fuera de la casa de mis padres, pero tuve que ponerlo en pausa”, cuenta. “También me he estado preocupando por mi abuela, ya que tuvo que protegerse ella sola y no podía entrar a la casa y hacer la limpieza por ella. Al tener más tiempo en mis manos y más cosas de las que preocuparme, me he descubierto comiendo más”.

Ilustración: Steven Gregor/The Guardian

La alimentación emocional ha jugado un papel en su vida desde que era niño. “Incluso durante la escuela primaria, si tenía un día difícil haciendo exámenes de admisión, iba y comía un montón de chocolate que no debía comer”, revela. “Ahora, si tengo un mal día, me comeré la mitad del pastel que hice el día anterior u ordenaré un pizza de Domino’s y me la comeré completa. La tienda local Tesco también comenzó a vender donas Krispy Kreme, las cuales me encantan”.

No solo es el sabor lo que hace que Skillen recurra al pastel o la donas. “Una de las cosas que siempre les digo a mis pacientes sobre la conducta alimentaria es que tiene muy poco que ver con la comida y el peso”, explica Arti Dhokia, nutrióloga con especial interés en la salud mental. “Siempre tiene que ver con cómo te sientes. Nuestra relación con la comida es algo que comenzamos a crear incluso cuando estamos destetando”.

Cuando somos niños, a muchos de nosotros nos dicen que el chocolate solo es para ocasiones especiales, dice Dhokia, quien trabaja en el hospital de rehabilitación Circle Health en Birmingham. “Si atraviesas periodos en tu vida llenos de estrés o experimentas algo que sientes que no puedes controlar, entonces comenzarás a atar tus emociones a la comida porque la comida es algo que podemos controlar. Y, para algunos, su elección será el chocolate porque es un regalo que no nos daban con frecuencia cuando éramos niños”.

Pero esta es un área en la que nuestros cuerpos y mentes se combinan para trabajar en contra nuestra. La comida rica en carbohidratos proporcionan un alto nivel de azúcar (glucosa), explica Dhokia, ya que la glucosa es la fuente principal de energía para el funcionamiento del cerebro, mientras que las proteínas aumentan la producción de dopamina, la tan famosa hormona de la felicidad.

“Estar atrapado en un ciclo en el que se utiliza la comida para llenar un vacío o reducir el estrés casi siempre conlleva a sentimientos de culpa y vergüenza después, y periodos de restricción para compensar esto”, argumenta Dhokia.

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“La restricción de alimentos, especialmente los carbohidratos, pueden hacernos sentir irritables, de mal humor y causar dificultades de concentración. Esto casi siempre es seguido de atracones, los cuales pueden provocar un sentimiento de euforia debido al aumento de la glucosa y dopamina. Este efecto puede durar poco, y puede convertirse rápidamente en la nueva “normalidad”, requiriendo cada vez más de los mismos alimentos para lograr el efecto, creando un mecanismo similar al de la adicción. Esto impulsa aún más la alimentación emocional”.

La tendencia de recurrir a la comida cuando se experimenta estrés, desánimo o problemas de salud mental casi siempre es ignorada cuando se trata de políticas de salud pública, enfatiza la Dr. Eleanor Bryant, profesora asociada de salud y comportamientos alimentarios en la Universidad de Bradford. En la última estrategia contra la obesidad del gobierno, por ejemplo, la salud mental se menciona solo una vez y la prestación de apoyo psicológico no se menciona en las propuestas para abordar la obesidad.

Esto es a pesar de la evidencia que destaca la relación bidireccional entre la depresión y la obesidad. Un estudio de 2010 encontró que las personas que sufrían de obesidad tenían 55% más riesgo de deprimirse, y que las personas con depresión tenían 58% más probabilidades de volverse obesas.

El gobierno trata la salud mental y la obesidad de formas muy diferentes”, dice Bryant, quien formó parte de un estudio que analizó los comportamientos alimentarios del agotamiento, “pero ambos están tan entrelazados. En los hospitales psiquiátricos están conscientes sobre (la obesidad) porque los problemas de peso son un tema muy grande para las personas que sufren de graves problemas de salud mental, en parte debido a la medicación que toman, pero no lo están viendo como un tema a nivel poblacional. Si ellos (el gobierno) lo hicieran, tendrían que financiarlo, y están recortando los fondos para la salud mental de izquierda, derecha y centro.

“Ofrecen soluciones como un impuesto al azúcar”, agrega, “pero aún hay mucho por hacer. Ningún mensaje de salud pública puede aplicarse sobre todos, pero una sola medida no se puede aplicar sobre todos cuando se trata del manejo de la obesidad. Se necesita que haya otro enfoque mucho más personalizado. El gobierno debe considerar más la psicología, se necesita extender el apoyo a la salud mental de forma gratuita”.

Esto es algo que a Helen Price (no es su nombre real) le gustaría ver. Ahora, en sus 40 años, ha tenido problemas con su peso e imagen corporal la mayor parte de su vida y frecuentemente está a dieta. Si bien numerosos médicos le han dicho que debería perder peso, ella dice que no le han ayudado a acceder al apoyo psicológico necesario. “Siempre me dicen que pierda peso, como si nunca lo hubiera pensado. No ofrecen ningún apoyo y nunca tomarían en consideración la forma en que la comida y el estado de ánimo están conectados. A sus ojos solo es un simple caso de comer menos y moverse más”.

Sus sentimientos negativos sobre sí misma la han llevado a usar la comida como “un mecanismo de defensa”, admite. Cuando elige algo que no es muy saludable, se siente mal por ella misma, desencadenando un ciclo vicioso. “Incluso las cosas más pequeñas me hacen recurrir a la comida. Ayer me comí tres donas porque mi carro se descompuso y pensé que no podría ir a acampar”.

Ha intentado con tratamiento cognitivo.conductual, a través de la autorreferencia y la orientación centrada en la persona, la cual pagó de forma privada, pero tampoco la ha ayudado. Y no se consuela con el discurso sobre la positividad corporal. “Sigo a un montón de personas en las redes sociales que son body positive y que publican sobre sentirte bien sin importar tu talla, así como también a un montón de personas que están en contra de la cultura de la dieta. Entiendo por completo todo lo que están diciendo, pero ¿qué pasa si lo que quieres es hacer algo sobre como luces porque no te sientes completamente feliz sobre ello? Si no intento la dieta, ¿entonces solo significa que debo aceptar que esta es la forma en la que luzco?”

De vuelta a Buckinghamshire, Boles dice que es “desconcertante” la poca ayuda que ha podido obtener para su alimentación emocional. “Si tuviera anorexia o bulimia, creo que (los profesionales de salud) conectarían mejor la relación con la salud mental, pero piensan que, como no me estoy muriendo de hambre, debo estar bien”.

Dhokia dice que ella tiene un punto. “He tratado a pacientes bariátricos con índices de masa corporal de 50 o 60 que tenían problemas muy grandes de sobreingesta, trastornos de atracones y alimentación emocional, pero simplemente no teníamos acceso a la atención psicológica, mientras que con la anorexia sí.

“Si tienes un índice de masa corporal menor de 15, es muy grave y una verdadera amenaza de vida, así que necesitas ayuda inmediata, mientras que la obesidad es de combustión lenta”. Ella sospecha que esto explica la diferencia sobre la priorización y el enfoque.

Mientras tanto, muchos comedores emocionales se encuentran en su punto más bajo.

“Cada que atravieso un momento de perturbación emocional, la comida es lo único en lo que puedo confiar”, confiesa Price. “La pandemia no ha sido de ayuda. El tercer confinamiento en verdad fue muy desafiante para mí. Soy muy cercano a mi familia y nos verlos fue muy difícil. Pensé que mi cabeza iba a explotar a veces por la magnitud de todo lo que me preocupaba”.

The Guardian
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