Violación no reconocida: las sobrevivientes de agresiones sexuales que ocultan su trauma, incluso a ellas mismas
‘No reconocerlo fue un mecanismo de sobrevivencia, pero significó que no lo procesé ni me di permiso para aceptar que había ocurrido algo horrible’. Ilustración: Shonagh Rae en Heart Agency/The Guardian


La mañana después de lo ocurrido, le dije con alegría: “Buenos días” a mi compañera de cuarto de la universidad, como si no pasara nada. “¿Qué tal estuvo anoche?”, me preguntó. “Muy divertido”, mentí. Lo cierto es que la noche anterior temí por mi vida.

No lo expresé, pero en el fondo sabía que lo que había sucedido se había sentido violento, degradante y que no era algo que yo hubiera pedido. Sin embargo, me tomó toda una década darme cuenta de lo que realmente sucedió: me habían agredido sexualmente.

Así que esa mañana, cuando mi compañera de cuarto me preguntó emocionada “¿Crees que lo volverás a ver?” Respondí: “Espero que sí”. Esa parte no fue una mentira. Mi limitada comprensión del consentimiento y de la violencia sexual en ese momento, y mi inexperiencia sexual en general, hicieron que creyera que yo era la culpable de lo que había sucedido, que tal vez simplemente no sabía “cómo suele ser el sexo”. Además de todo eso, sentía algo por el chico.

Durante los siguientes 10 años, solía hablar de “ malas relaciones sexuales” o de “experiencias de zona gris”. Empezaba mis frases con: “Esto no cuenta realmente, pero…” o: “No me violaron, pero…como si no tuviera derecho al trauma que había enterrado. Entonces, el movimiento #MeToo adquirió gran protagonismo en 2017 y algo cambió.

Eso es un trauma“, me dijo un terapeuta cuando por fin me sinceré sobre los hechos ocurridos años atrás. Escuchar esas palabras me dio el permiso para sentir el peso de lo que sufrí a los 19 años, para entender por qué la ansiedad acechaba cerca de la superficie de mi cuerpo. Una voz dentro de mi cabeza finalmente dijo: “Eso fue una agresión sexual”. A los 33 años, ahora lo sé.

Mi experiencia es una que comparten muchos sobrevivientes de la violencia sexual. Las investigaciones sugieren que pueden pasar años, a veces décadas, en darse cuenta o aceptar que su experiencia equivale a una agresión sexual o una violación. Los psicólogos lo denominan “violación no reconocida” o “agresión no reconocida“. Un estudio sobre el tema realizado en Estados Unidos calcula que un sorprendente 60% de las estudiantes universitarias han sufrido una violación no reconocida. Otros estudios han determinado que los sobrevivientes no reconocen entre el 30% y el 88% de todas las agresiones sexuales.

En mi libro Rough: How Violence Has Found Its Way In the Bedroom and What We Can Do About It defino la violación no reconocida como “una experiencia que reúne las características de la violación o la agresión pero que la víctima no la cataloga como tal. En su lugar, se utilizan términos como “malentendido“, un “encuentro que salió mal” y “zona gris“. Un análisis de 2016 de 28 estudios de aproximadamente 6 mil mujeres y niñas de 14 años o más que sufrieron violencia sexual descubrió que el 60% de las sobrevivientes no etiquetaron su experiencia como “violación”. En su lugar, utilizaron descriptores como “mal sexo” o “falta de comunicación“.

Cuando comencé a investigar para mi libro, conversé con más de 50 mujeres y personas de géneros marginados sobre violaciones pasadas que describieron como “zonas grises”, “solo fue una noche rara”, “no fue una violación, pero…” Aunque durante el proceso de escritura respeté la terminología que utilizaron las entrevistadas, lo que seguía a estas declaraciones a menudo me parecía inequívocamente que se trataba de una violación o una agresión.

Desde que terminé el libro, he conversado con muchas otras personas cuyas experiencias coinciden con esto. Jodie (nombre ficticio) me cuenta: “En el fondo sabía que me habían agredido, pero durante años tuve demasiado miedo de admitirlo por completo, ya que no era ‘tan grave’, debido a la forma en que se suele representar la violación“. En aquel momento estaba borracha, así que, confundida por la cultura de culpar a las víctimas, tardó cierto tiempo para dejar de culparse a sí misma por “ponerme en esa situación”. “No reconocerlo también fue una especie de mecanismo de defensa, pero significó que no me di permiso para aceptar que me había pasado algo horrible o para perdonarme por algo que no fue culpa mía”, dice. Ha tardado cinco años en reconocerlo.

Incluso cuando Jodie pudo decir finalmente: “Me violaron“, al hablar con los amigos, una voz dentro de su cabeza insistía en que “no fue tan traumático; tal vez solo lo dices para llamar la atención“. Sin embargo, reconocer finalmente que fue violada ha sido un paso positivo para Jodie. “Llamarlo por lo que fue me ha ayudado a recuperar cierto poder”, comenta. “A veces me he arrepentido de no haberlo denunciado en su momento, pero me he perdonado por haber necesitado tiempo para aceptar lo que sucedió para protegerme y para procesarlo de la forma en que lo necesitaba”.

Pero, ¿por qué las sobrevivientes consideran que esto puede llevar tanto tiempo? La profesora Heather L Littleton, psicóloga en la Universidad de Colorado, en Colorado Springs, especializada en los factores sociocognitivos de las agresiones sexuales y los traumas, señala: “Las mujeres que vivieron una experiencia que legalmente sería una violación, en lugar de eso, etiquetan lo que les ocurrió como algo que no es un delito, como un error de comunicación“.

Un factor que contribuye en gran medida a esta situación es la forma en que se presentan la violación y la agresión en los medios de comunicación, la televisión y las películas suelen representar violentas “violaciones por parte de desconocidos” en los relatos de violencia sexual. Esto ocurre a pesar de que las investigaciones indican que el 90% de las sobrevivientes de agresiones conocían a su agresor. Las ideas estereotipadas interfieren en la capacidad de una persona para identificar la violencia sexual cuando le ocurre. Los “guiones de violación”, escenarios mentales construidos a partir de ideas y estereotipos sobre cómo supuestamente ocurre la violación, pueden interferir con la aceptación. “Cuanto más difiere la experiencia de alguien con la violación de su guión… es menos probable que la etiquete como tal”, explica Littleton. “En otras palabras, su experiencia no coincide con lo que cree que es una violación; tal vez confiaban en el agresor, la agresión no fue violenta, no se resistió con fuerza o el agresor fue una mujer“.

Como comenta la Dra. Veronica Lamarche, profesora de psicología de la Universidad de Essex, la ambigüedad circunstancial también es un factor que contribuye. “La mayoría de las agresiones ocurren en las ‘zonas grises’ de la intimidad sexual. Esta ambigüedad circunstancial dificulta que las víctimas digan claramente: ‘Me agredieron’, porque sus experiencias no encajan perfectamente dentro del escenario modelo”.

Cuando Georgia (nombre ficticio) tenía 16 años, estaba muy borracha en la casa de una amiga. “Estaba enamorada de su hermano mayor”, cuenta. “Era siete años mayor”. Terminó en la cama con él. “Él me dijo: ‘¿Está bien?’ y yo le dije que sí, sin saber lo que estaba consintiendo”, me cuenta. “Lo siguiente que sé es que está teniendo sexo anal conmigo. Fue muy doloroso y sangré después. Nunca había tenido ningún tipo de sexo con penetración”.

Georgia lo vio dos veces más después de su violación, porque pensó que la quería. “Tuvimos sexo vaginal en la parte delantera de su carro”, dice. “Sinceramente, no tenía ni idea de lo que estaba pasando ni de la dinámica de poder que había en juego“, añade. “Todavía no sé si ese incidente anal cuenta como violación, pero sin duda se aprovecharon de mí. Solo se lo he contado a dos amigos”.

Tiempo después, su amiga se suicidó y Georgia se vio obligada a ver a su violador en el funeral. “Nos dijo a un grupo de nosotras: ‘¿A cuál de ustedes doblegué?’ Él ni siquiera recordaba que fui yo”. Ahora, a sus 30 años, Georgia aún se pregunta si su experiencia fue una violación. “Creo que si hubiera tenido más información sobre el consentimiento y las relaciones, habría sabido que eso no estaba bien”, dice. “Pienso en ello casi todos los días, variando entre: ‘Es mi culpa, pude haber dicho que no‘, y: ‘Fue un desgraciado por lo que me hizo, pero nunca lo veré así‘”.

Georgia comenta que nunca denunciará lo sucedido, pero que está considerando la posibilidad de acudir a terapia. “Me siento mal todo el tiempo, tengo muy mala autoestima y, en general, me he odiado a mí misma por mucho tiempo”, dice. “Lo he perfeccionado manteniendo todo en secreto“.

La falta de educación sobre el consentimiento y las ideas erróneas sobre la violencia sexual pueden dificultar la identificación de una agresión o una violación. Una investigación de la coalición End Violence Against Women (Evaw) muestra que la confusión sobre la violación y sus consecuencias es predominante. De acuerdo con la investigación de Evaw, el 33% de las personas en Gran Bretaña piensan que normalmente no es una violación si una mujer es presionada para tener relaciones sexuales sin que haya violencia física. Una de cada 10 personas no está segura o cree que no suele ser una violación “tener relaciones sexuales con una mujer que está dormida o demasiado borracha para dar su consentimiento”. Una investigación de la organización benéfica de salud sexual Family Planning Association ha demostrado que solo el 47% de las personas cree que es aceptable anular su consentimiento si ya están desnudas.

A corto plazo, las sobrevivientes también pueden sentir un efecto psicológico o social al no reconocer la violación o la agresión, como por ejemplo menos síntomas de trastorno de estrés postraumático en comparación con el reconocimiento de la violación. “Puede permitirle evitar el estigma de ser una sobreviviente de violación, permitirle mantener sus relaciones con su grupo social; esto podría resultar especialmente importante si el agresor es un miembro del grupo social de la sobreviviente”, explica Littleton. “También puede hacer que parezca más controlable”.

Pero las consecuencias a largo plazo de no aceptar que te violaron pueden ser devastadoras. La Dra. Laura Wilson, profesora asociada de psicología en la Universidad de Mary Washington, en Virginia, señala que las investigaciones revelan que las sobrevivientes de violaciones no reconocidas “tienden menos a denunciar el delito a la policía, tienden menos a buscar asistencia, por ejemplo, médica o de salud mental, y son más propensas a volver a ser víctimas“.

Otra sobreviviente, Sarah (nombre ficticio), me cuenta que tardó años en reconocer las múltiples violaciones que sufrió cuando fue joven. Solo hasta la última semana comprendió que constituían una agresión sexual y coacción. “Solo hasta que estuve en una relación sana y duradera reflexioné sobre mis experiencias anteriores y me di cuenta de que muchas de ellas ocurrieron sin mi consentimiento, implicando coerción o violación total”, dice. “La mayoría involucraron bebidas o drogas, por lo que nunca reflexioné sobre si todas fueron culpa mía”.

La mayoría de los incidentes ocurrieron cuando tenía entre 16 y 19 años, Sarah ahora tiene 25 años. Como persona discapacitada, también determinaron sus sentimientos sobre su cuerpo. “No he hablado con nadie de ellos, excepto con mi pareja, ni con mis amigos que estuvieron ahí en ese momento”, añade. “Me violaron una vez y supe que fue eso, después de que me ocurrió a los 18 años. Pero el resto lo escondí bajo la alfombra“.

El estigma que conlleva ser una víctima de violencia sexual, y ser un agresor, también puede influir. Una sobreviviente puede temer “que la gente no le crea o se ponga de parte del agresor“, comenta Littleton, o incluso puede estar “en una relación continua con el agresor”. Además, existe el temor de que la carrera y la vida del agresor podrían quedar destruidas por la acusación. Pero, ¿qué hay de la vida de la sobreviviente?

Entonces, ¿qué podemos hacer para combatir las violaciones no reconocidas? La educación es la clave. Sé que si me hubieran enseñado sobre la violencia sexual, habría estado mejor preparada para identificarla cuando me ocurrió.

Pero no se trata únicamente de la falta de educación y de la desinformación sobre lo que constituye la violencia sexual. Se trata de la comprensión silenciosa de las sobrevivientes de que, incluso si reconocen lo que ocurrió, nuestra sociedad podría ofrecer simplemente como respuesta un encogimiento de hombros. “Creo que el mayor problema es que, como sociedad, seguimos considerando que la violación no es un problema grave y seguimos creyendo que los sobrevivientes de algún modo en parte son culpables de sus agresiones“, señala Littleton. “Es poco probable que las personas que cometen una violación reciban sanciones legales o incluso sociales por haberlo hecho. Un sobreviviente que no reconoce su violación en muchos casos está respondiendo a estas actitudes sociales”.

Imaginemos que nuestra sociedad se mostrara más dispuesta a creerle a los y las sobrevivientes en lugar de cuestionar si una violación fue lo suficientemente grave como para ameritar que el acusado pierda su forma de vida. Tal vez entonces los que hemos sobrevivido a una agresión sexual no dudaríamos de la validez de nuestras experiencias.