Trabajar desde casa: cómo nos cambió para siempre
Personal de una oficina que trabaja hasta altas horas de la noche. Foto: olaser/Getty Images

“El futuro del trabajo podría encontrar la eficiencia en la compasión: es posible que no se centre en las ciudades ni requiera semanas laborales de cinco días”. Eva Wiseman

La vida en la oficina

En los últimos dos años he leído y pensado más en la vida en la oficina que en cualquier momento de las dos décadas anteriores en las que trabajé en una. Digo trabajé, pero por supuesto desde esta distancia puedo entender que aquello que yo llamaba trabajo de oficina posiblemente sería inadmisible en un tribunal, ya que se compone en partes iguales de chismes, carreras para ir por un té y gritos pasivos-agresivos contra las computadoras, junto con el tecleo ruidoso por el que me pagan.

Hubo un momento, en aquellos primeros días de la pandemia, los días de la conmoción y los clamores, antes de que el arco iris pintados con plumón en nuestras ventanas se desvaneciera en un gris fantasmal, en que el cierre de las oficinas se sintió como una oportunidad. Quizás el futuro del trabajo encuentre la eficiencia en la compasión, es posible que no se centre en las ciudades ni requiera semanas laborales de cinco días, ni oficinas con dudoso control de ratas. Para muchos de nosotros, una vez que logramos despejar un espacio decente en la mesa de la cocina y evacuamos a nuestros hijos, trabajar desde casa por primera vez en nuestras vidas fue una revelación. Sin embargo, cada día suponía otro pequeño obstáculo, un paso adelante en nuestro desarrollo psicosocial.

Las reuniones en Zoom requerían un nuevo tipo de comprensión auditiva, junto con el impacto diario de nuestra cara grande y delineada en reposo. Las costumbres que habíamos cultivado ahora eran obsoletas. De repente, los brassieres, los tacones y demás cursilerías parecían absolutamente ridículos, y se impuso el estilo Zoom (accesorios audaces y sudaderas llamativas). Aprendimos a traducir la oscuridad de los matices del Gchat de un colega en menos de tres horas. Una vez que aclaramos que nuestros jefes eran humanos, y no del molde del fundador de Pimlico Plumbers (“El virus ha convertido a millones de personas en mentirosos egoístas y cobardes a los que no les importan lo más mínimo sus conciudadanos con tal de poder esconderse en casa mientras sigan cobrando”, dijo en 2020) nos sentimos lo suficientemente seguros como para moldear nuestros días en nuevas formas que permitían lujos como una cita con el dentista a media tarde. Y aun así, seguimos haciendo nuestro trabajo. Mejor, dicen algunos. Más rápido, sin los lúgubres viajes al trabajo ni la distracción de las relaciones fallidas de otras ocho personas, ni los correos electrónicos sobre los baños y las impresoras y “por favor, absténgase de dejar los platos en el fregadero”, ni el agotador conocimiento de que en cualquier momento puede aparecer la persona que te gusta de la sala de correos y tendrás que levantar la vista, reluciente y fabulosa.

Aunque Inglaterra pone fin a su norma de trabajar desde casa, esta vez, seguramente, para siempre, no olvidaremos lo que aprendimos, las nuevas formas de comunicarnos, los conocimientos personales sobre nuestra propia productividad estropeada, la importancia de desconectarnos cuando termina la jornada laboral. Pero tampoco olvidaremos lo que extrañamos de la cultura de la oficina, y lo que apreciamos de nuevo: la emoción de los buenos chismes, la improbable comunidad que existe ahí, el cambio que se produce cuando sales de casa. Mientras muchos espacios de oficina en Gran Bretaña permanecen vacíos, se prevé que para el año 2027 ya no se necesitará uno de cada 10, lo que sugiere que, aunque todavía no ha surgido la gran revolución del trabajo, se ha producido un cambio más pequeño, que permite una pizca de flexibilidad. Una que ha desenterrado, entre las tazas de café y los cables de los cargadores, algo de humanidad polvorienta.

Vivienda

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“Si es tolerable vivir más lejos del trabajo, podría resultar asequible tener una casa y un jardín”. Rowan Moore

Uno de los problemas más duraderos e inextricables de la sociedad británica es la vivienda. No hay suficientes viviendas en los lugares donde -por razones económicas y en ocasiones sociales- existe una mayor demanda. Es decir, Londres y otras grandes ciudades como Bristol, Manchester y Edimburgo, Cambridge y Oxford, el sureste. Las décadas de intentos de construir más viviendas en estos puntos de interés y en sus alrededores se estrellan una y otra vez contra la oposición local (a veces razonable, a veces no) al desarrollo. Se construye muy poco, y a un precio demasiado alto.

El trabajo desde casa ofrece la atractiva perspectiva de resolver, al menos en parte, este problema sin poner un solo ladrillo. Si solo tienes que ir a tu oficina tres días a la semana, resulta tolerable vivir más lejos, en zonas menos saturadas del país, donde se utiliza menos el inventario de viviendas existente. Una casa, un jardín -cosas que no deberían ser sueños inalcanzables- se podrían convertir en algo asequible para aquellos que anteriormente quedaban excluidos de ellos. En otras palabras, si no se pueden llevar más viviendas asequibles al lugar donde se encuentra la gente, tal vez la gente pueda elegir los lugares donde se encuentran las viviendas accesibles.

También se obtendrían otros beneficios. Las personas que trabajan desde casa podrían contribuir más a sus economías locales y a sus famosamente sufridas calles, al gastar el dinero que de otro modo entregarían a un Pret a Manger de la gran ciudad. Podrían tener tiempo y espacio mental para ser miembros activos de las comunidades locales. Solo puede resultar positivo que los viajes masivos diarios sean menos intensos. El hecho de aprovechar los edificios existentes en lugar de construir nuevas viviendas tendría ventajas para el medio ambiente.

Esta redistribución de la energía humana y financiera también tiene sus inconvenientes. Simplemente puede significar la gentrificación a nivel nacional. Uno de los efectos menos gratos de la pandemia es el de la presión sobre lugares de notable belleza como Cornualles y Gales, ya que los compradores adinerados buscan idilios en zonas rurales para trabajar a distancia, excluyendo aún más a la población local del mercado de la vivienda.

Existen muchos trabajos que nunca se podrán realizar a distancia, con frecuencia mal pagados, y cuya reubicación en zonas menos costosas del país no constituye ningún tipo de solución a los problemas de vivienda de aquellos que los realizan.

Sin embargo, nunca ha existido una única solución para algo tan grande, complejo y multifacético como la crisis de la vivienda. Lo que ocurre es que hay muchas partes del país donde las casas adosadas de dos y tres pisos pueden costar una décima parte de lo que se venden en Londres otras casas idénticas. La diferencia presenta oportunidades que no se deberían perder en el extraño afán de regresar a los viajes de cinco días a la semana.

En el discurso sobre Peppa Pig que Boris Johnson pronunció el pasado mes de noviembre, un acontecimiento tan eclipsado por los escándalos posteriores que pareciera pertenecer a otra época, insinuó que se podría llamar idiotas a las personas que trabajan parcialmente desde casa, partiendo de la base de que solo van a sus oficinas los martes, miércoles y jueves. En lugar de lanzar insultos baratos, debería reconocer su papel en la solución de uno de los muchos problemas que su gobierno no logra resolver.

Comida y bebidas

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“La gente descubrió la alegría de los kits de comida aunque, o incluso porque, requieren un poco de finalización”. Jay Rayner

En el verano de 2021, el chef Gary Usher, que vive en el noroeste del país, realizó una operación de financiamiento colectivo para un nuevo negocio. No había nada nuevo en ello; lo había hecho en numerosas ocasiones para sus restaurantes. Sin embargo, en esta ocasión pretendía financiar un tipo de empresa diferente: una que prepararía y entregaría las cajas de kits de comida que le permitieron sobrevivir a la pandemia. “No cabe duda de que los confinamientos crearon un flujo de ingresos totalmente nuevo para los negocios de restaurantes como el mío”, dice Usher. En la Navidad de 2021, a pesar de que no hubo un confinamiento, logró comercializar más esos kits que en 2020, cuando sí hubo confinamiento. Y, según dice, ha continuado hasta enero.

La gente descubrió el placer de importar comida de calidad de restaurante a sus hogares aunque, o quizás incluso porque, requiere un poco de finalización en casa. Están prosperando empresas como Dishpatch, que trabaja con conocidos chefs como Michel Roux Jr, Angela Hartnett y Ravneet Gill para crear ambiciosos kits de comida. Mientras tanto, la comida para llevar cada vez es más sofisticada, e incluso se han producido importantes avances en los empaques reciclables y aptos para la composta. Para el sector alimentario, la innovación en los servicios de comida a domicilio constituye el gran fruto de la pandemia.

Para los restaurantes, el panorama es mucho más variado. “El aspecto positivo es que la demanda sigue siendo fuerte”, comenta Kate Nicholls, del organismo del sector UKHospitality. “Cuando se levantan las restricciones, los comensales sí quieren salir a divertirse“. Sin embargo, depende de la ubicación. El centro de Londres atraviesa una situación calamitosa, con un comercio de entre el 20% y el 30% de lo normal. En el centro de otras ciudades, ronda el 60%. En cambio, en los suburbios, más cerca de donde vive la gente, crecen saludablemente los negocios.

No obstante, es posible que los propios restaurantes, a quienes la variante ómicron les robó el negocio navideño y los cuales se vieron afectados por la escasez de personal y la inflación de los precios de los alimentos, no se encuentren en tan buena situación. “Un tercio de las empresas de hotelería no tiene reservas en efectivo”, señala Nicholls.

Además, se enfrentan a enormes obstáculos. “Tanto el tipo de IVA más bajo para el sector de la hotelería como la suspensión de los alquileres terminarán a finales de marzo”, dice Nicholls. “Asimismo, se suma el aumento del salario mínimo nacional y el incremento de los precios de la energía. Todo ello supone un aumento del 13% en los precios de coste del sector”. Es posible que los comensales estén dispuestos a comer fuera; en cambio, puede que muchos de los restaurantes ya no estén ahí para darles de comer, sin el continuo apoyo del gobierno, explica.
Lo que nos deja a muchos de nosotros en casa, cuestionando nuestras propias habilidades en la cocina. No hay duda de que esto ha sucedido en gran medida, tal vez por necesidad. Existe un marcado crecimiento en las ventas de alimentos al por menor en los grandes supermercados, con un aumento del 5.4% interanual en 2020, y posteriormente otro 3.1% en 2021. En un mercado minorista valorado en más de 90 mil millones de libras, se trata de un enorme aumento del gasto en alimentos que se consumen dentro del hogar en lugar de en otros lugares. Pero, ¿qué hace la gente con todo esto?

Si las ventas de libros de cocina -que experimentaron un aumento del porcentaje en dos dígitos- sirven como ejemplo, están intentando mejorar su repertorio. Mientras finalmente salimos de las restricciones, parece que muchos de nosotros nos convertimos en mejores y más ambiciosos cocineros. Y todo gracias a un virus.

Relaciones

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“¿Tendré que aprender nuevos códigos sociales? ¿Cómo será estar en la misma habitación que mi jefe?” Susie Orbach

La diferencia entre imaginar el regreso a la oficina -en algún momento- y el anuncio de que vamos a regresar, es como la noche y el día. La lánguida exploración de lo que un individuo deseaba, esperaba o temía, permitía todas las posibilidades: será bueno ver a todo el mundo, odiaré el viaje, espero que la ventilación de la oficina sea adecuada, ansío almorzar afuera y formar parte de un viejo pero nuevo ambiente físico. El imaginario era abundante.

El hecho de poder cuestionar cinco días de incesantes viajes al trabajo y los malabarismos propios de la vida doméstica suscitó soluciones creativas que eran inconcebibles hace dos años. Algunos tuvieron bebés durante el confinamiento y no se pueden imaginar dejarlos ni siquiera por unas horas. Otros estaban desesperados por dejar las habitaciones de su infancia o a sus exigentes parejas que no se tomaban el trabajo de uno tan en serio como el suyo propio.

La expectativa de estar un poco más separados era embriagadora para aquellos que no querían ver a su pareja desaliñada, o a ellos mismos, usando pants sin fin, que no querían que aparecieran constantemente los estados de ánimo o las necesidades de los demás. La posibilidad de brillar, de alejarse de lo doméstico, de todas esas comidas y platos, era una fantasía mágica.

Pero también existía cierto hastío. ¿Regresaremos a la oficina solo para encontrarnos de nuevo regresando al hogar? ¿Realmente se acabó la fase peligrosa? ¿Nos estaremos preparando únicamente para desmoralizarnos otra vez? ¿Qué tipo de opciones y agencia personal tendré? ¿Cómo protejo a mis colegas vulnerables?

Entonces llegó el anuncio. Regresarás al trabajo. Sin excepciones, a menos que tu trabajo lo decida. La emoción y el escalofrío. Así como un temor también. ¿Perderé la facilidad de compartir y la continuidad que tengo con mi pareja, en la que tenemos que llegar a conocer lo que cada uno hace en realidad cada día, así como los triunfos y los agobios de los trabajos que desempeñamos? ¿Será similar a ir en bicicleta o tendré que aprender nuevos códigos sociales? ¿Cómo se sentirá estar en la misma habitación que mi jefe, mis alumnos, mis compañeros de trabajo? ¿Cómo responderé a sus olores, a sus presencias y a una etiqueta de trabajo tan diferente de los límites flexibles del trabajo desde casa?

La primavera pasada, me contactaron algunos departamentos de RRHH de grandes empresas para que preparara seminarios para su personal sobre el regreso al trabajo. Curiosamente, nada surgió de las iniciativas. Sencillamente, no era lo suficientemente real como para que ocurriera, y la necesidad más apremiante era ayudar al personal con los cambios psicológicos -tanto los útiles como los difíciles- que estaban generando las escalas del Covid-19 para las nuevas geografías del trabajo. Era necesario abordar los dilemas actuales, no los futuros.

El trabajo era y es el lugar donde viven muchas personas, donde prosperan, donde tienen sus dificultades, donde reafirman o niegan sus identidades o alguna mezcla de ambas. Ahora que la orden de estar en la oficina realmente está sobre la mesa, los debates se centran más en los aspectos prácticos de evitar la hora pico o de volver a encontrar guarderías y en el nerviosismo de abandonar la casa, en cómo realizar la misma cantidad de trabajo que uno hacía cuando no tenía que viajar al trabajo, en cómo gestionar las expectativas del jefe, etc.

En las próximas semanas, la pasión que muchos lectores del Observer aportan al trabajo se reestructurará a medida que se reajuste el equilibrio entre la unión y la separación en el frente doméstico. Prevean confusión, alivio, satisfacciones y frustraciones. En otras palabras, la vida. La hacemos donde la encontramos, rara vez en condiciones que creamos nosotros mismos, pero que moldeamos como podemos para satisfacernos.

Compras

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“Los confinamientos convirtieron los electrodomésticos en moda rápida utilizada para adornar las oficinas en casa para las reuniones de trabajo en Zoom”. Zoe Wood

El comercio minorista entró tambaleándose a la pandemia y el mandato de trabajar desde casa provocó un terremoto en el comercio minorista. Las tiendas ya estaban cerrando y, dos años de agitación después, aceleró el cambio a las compras en línea y le costó al sector minorista miles de millones de libras en comercio. En febrero de 2020, las ventas en línea representaban alrededor de una quinta parte del gasto minorista, pero para esa Navidad serían el 37%. La relajación de las restricciones permitió que esa cifra se redujera al 28%, pero se trata de un cambio drástico en el equilibrio de poder que afectará la viabilidad financiera a largo plazo de algunos establecimientos minoristas.

El periodo de inactividad obligó a la gente a sustituir las salidas de compras por los clics y a comprar por internet todo tipo de productos, desde alimentos hasta novedades de vestuario (léase pants y pantuflas), pasando por artículos de tocador y carros.

Este cambio de rumbo, en el que pasamos tanto tiempo en nuestras casas y departamentos, también tuvo un drástico impacto en el perfil del gasto, ya que la gente desvió el dinero que gastaba en vacaciones en el extranjero y en socializar a la remodelación de sus habitaciones y proyectos de jardinería.

Con la vida social en pausa, se descartó el look para salir y se prefirió la comodidad. La tendencia se reflejó en el informe anual de compras de John Lewis, ya que creció la demanda de pantuflas, pijamas y batas, mientras que entre las víctimas se encontraban corbatas, portafolios, estuches de maquillaje y tangas.

Pero si la gente se preocupaba menos por su apariencia, ocurría lo contrario con sus hogares. Los confinamientos convirtieron los electrodomésticos en moda rápida utilizada para adornar las oficinas en casa para las reuniones de trabajo en Zoom. En 2021, esta atención a la casa y al hogar supuso un gasto adicional de 500 millones de libras en tiendas de artículos DIY, mientras que los 1.2 millones de nuevos jardineros del país gastaron 50 millones de libras adicionales en plantas, cobertizos y terrazas.

Esta inclinación hacia la red fue la última gota que derramó el vaso de las grandes cadenas comerciales minoristas, que ya se encontraban al borde del abismo, ya que Debenhams y Arcadia, de Sir Philip Green, cerraron todas sus tiendas, después de BHS.

House of Fraser y John Lewis siguen en pie, pero el modelo de los grandes centros comerciales, con sus mostradores de belleza perfumados y sus enormes extensiones de moda, se vio fuertemente sacudido por las restricciones que dificultaron la posibilidad de probarse la ropa o de oler los perfumes o, básicamente, de disfrutar las compras. Será difícil volver a meter al genio en la botella.

En cuanto a los restaurantes, los cafés y los bares, que suelen estar prohibidos, la pandemia también supuso grandes cambios para los supermercados. La gran compra semanal regresó con fuerza, mientras que otros consumidores, incluidos los de mayor edad, adoptaron por primera vez el servicio de entrega a domicilio. Después de pasar por el dolor inicial de crear cuentas, muchos son adeptos al servicio.

Con el número de tiendas vacías alcanzando un nivel récord, la pandemia dejó cicatrices en casi todos los establecimientos minoristas y centros comerciales. Pero, a pesar de la pesadumbre, todavía es demasiado pronto como para realizar la autopsia, ya que la situación vuelve a cambiar, como lo demuestran los informes de la semana pasada sobre la caída de los ganadores del confinamiento, Peloton, el fabricante de bicicletas estáticas de moda, y Netflix.

En el Reino Unido, Aldi está prescindiendo de los servicios de entrega de Deliveroo porque los compradores están regresando a sus tiendas. Es probable que esta sea una tendencia, ya que la crisis del costo de la vida hace que la gente busque tiendas más económicas. Tenemos el mercado minorista que nos merecemos, así que usémoslo o perdámoslo.