Beyoncé: <i>Renaissance</i> reseña, la gozosa banda sonora de un verano de chicas hot
'Desinhibida y juguetona'... Beyoncé. Foto: Mason Poole

Han pasado seis años desde el último lanzamiento en solitario de Beyoncé, propiamente dicho. Tras el asombroso álbum visual de 2016, Lemonade, la gigante del pop publicó un sólido, pero canónicamente olvidable álbum completo en colaboración con su esposo Jay-Z (con el nombre The Carters), además de The Gift de 2019, su animada banda sonora para el remake de Disney de El Rey León. La prolongada espera para su séptimo álbum da a su título, Renaissance, una multitud de significados, haciendo referencia al regreso de Beyoncé y también al rejuvenecimiento de la sociedad tras la pandemia. Como comentó a la revista Harper’s Bazaar en 2021: “Con todo el aislamiento y la injusticia del último año, creo que todos estamos preparados para escapar, viajar, amar y reír otra vez. Siento que está surgiendo un renacimiento, y quiero ser parte del fomento de esa evasión de cualquier manera posible”.

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Beyoncé: La portada del álbum Renaissance.

Beyoncé nunca iba a grabar un disco cursi estilo “vive, ríe, ama”, y su renacimiento la sitúa en el papel de sirena que nos atrae a la pista de baile. El sencillo principal, Break My Soul, resultó ser un bullicioso y eufórico tema diva house de los años 90, aunque no precisamente revolucionario. No obstante, su primer sencillo en el Top 10 de Estados Unidos en seis años también marcó su regreso a las emisiones de radio estadounidenses, así que evidentemente algo hizo bien. Sin embargo, Renaissance, en su mayor parte, se aventura más allá del pastiche hacia un territorio mucho más ecléctico y aventurero, una buena banda sonora para un verano salvaje de caos y alegría. El ritmo acelerado del bounce se mezcla con la brillante música disco inspirada en Diana Ross, con tintes de soul, con los sofocantes afrobeats y con el gqom; con torbellinos de trap, con la fanfarronería del house, con el Jersey Club, el New Jack Swing e incluso con el descarnado maximalismo (cortesía de AG Cook, de PC Music) en All Up in Your Mind, muchas veces en el espacio de una sola canción. Las canciones fluyen como una mezcla continua, en la que los cambios de ritmo imperan: Energy empieza en el mismo ámbito de bajos funky que la anterior Cuff It antes de entrar en el hedonismo del global house nocturno con el rapero jamaicano-estadounidense Beam; Church Girl pasa del gospel brillante al thot rap; la atrevida confianza en sí misma de Pure/Honey de pronto cede el paso a las armonías relajadas de las voces pop.

En ocasiones, estos audaces contrastes nos hacen pensar: Alien Superstar interpola el tema I’m Too Sexy de Right Said Fred y prácticamente sale airosa, precisamente porque no dura demasiado: las cuerdas que fluyen y los cantos susurrantes engendran el rap por encima del bajo; después, el sonido cósmico del glitching, las vibrantes guitarras y las amplias armonías sobre el amor sobrenatural. En otras ocasiones, no llegan a estar a la altura de su conjunto. Fue fascinante cuando Beyoncé hizo un riff sobre Love to Love You Baby de Donna Summer en Naughty Girl en 2004; en este caso, resulta decadente escucharla canturrear el coro de I Feel Love en Summer Renaissance –por muy irresistible que siga siendo ese riff mágico de Giorgio Moroder–, aunque quizás la decadencia es el objetivo.

Este enfoque desinhibido y juguetón respecto al género se ve reflejado en el hecho de que Beyoncé insta a los oyentes a disfrutar plenamente del placer: hay “chicas de la iglesia que se comportan de forma libertina”; el exuberante y lascivo brillo de Virgo’s Groove, decorado con Beyoncé ordenándole a su hombre que “me pruebe / esa parte carnosa / grito tan fuerte”; la respiración carnal de Thique (“pensó que me estaba amando bien / le dije que lo hiciera más fuerte”). Cuff It subvierte una línea de bajo clásicamente melosa de Nile Rodgers con su deseo caprichoso y autocrítico de “joder algo”. La satisfacción personal es lo más importante: “No necesitamos la aceptación del mundo, son demasiado duros conmigo / Son demasiado duros contigo, chico”, canta en el resplandeciente neo-soul de Plastic Off the Sofa, aparentemente en referencia a las inagotables conjeturas públicas sobre su matrimonio con Jay-Z. Al igual que con el disco de Drake, Honestly, centrado en la música club, Nevermind (también aparece aquí, aunque imperceptiblemente, en Heated), Beyoncé cambia la narrativa concreta de su álbum homónimo de 2013 y de Lemonade por puras vibraciones: vagos aforismos sobre la autorrealización, el sexo y el amor que sustentan la vaga filosofía de su propio verano de chicas calientes. Lo vende (sin duda mejor que Drake) gracias a su convincente poder vocal: un bello melisma en Virgo’s Groove, imponente en Move, canalizando sus raíces de Houston en compases rápidos en el feroz y estimulante desenlace de Heated.

La naturaleza cada vez más politizada del trabajo de Beyoncé a lo largo de la última década ha generado ciertas expectativas sobre este álbum. La letra de Break My Soul, que alienta a los oyentes a “liberar tu trabajo”, resuena con el espíritu de la gran renuncia; cuando compartió la lista de canciones de Renaissance antes del lanzamiento, muchos supusieron que America Has a Problem proporcionaría una exposición bastante literal de su título. Sin embargo, resulta que su nombre proviene del tema de rap de Atlanta del que toma referencias, trastocando la letra de Kilo Ali sobre la cocaína para utilizar las drogas como una alegoría (no muy imaginativa) del amor. Como ocurre con Mr Morale and the Big Steppers, de Kendrick Lamar, se percibe que Beyoncé rechaza el manto que la cultura ha colocado sobre ella como perfeccionista y vocera. Aunque al principio muchas personas se sintieron desconcertadas por el espíritu anticapitalista de Break My Soul, dada la empresa evidentemente muy comercial de Beyoncé, su afirmación de que “acabo de dejar mi trabajo ” encuentra aquí su contexto.

A pesar de que hay frases mordaces como “los Karens acaban de convertirse en terroristas” y reflexiones sobre la forma en que Beyoncé personifica “esta vida no estadounidense”, en su mayoría Renaissance encuentra su política en el júbilo afroamericano. En otro eco de su título, también reafirma las raíces afroamericanas de la cultura club, haciendo referencia a los pioneros del bounce de Nueva Orleans y contando con la producción de creadores como la DJ y productora afroamericana transgénero Honey Dijon. Aparecen frecuentes referencias a los salones de baile, a las ingeniosas comunidades clandestinas que les proporcionaron a las personas queer familias elegidas y un refugio para la celebración. La cantante utiliza como referencia a la artista drag de los 90 Moi Renee, se autodefine como una “perra mala” en Alien Superstar, y utiliza un staccato afectado en Pure/Honey. Lo hace de forma consciente, su orden “consigue tu dinero, cunty hunty” apenas llega a ser caricaturesco en lugar de humorístico. Tal vez existan preguntas sobre una mujer rica, cis y heterosexual personificando esta cultura, aunque es un homenaje al hermano de su madre –su “madrina y la primera persona que me expuso a gran parte de la música y la cultura que sirvieron como inspiración para este álbum”, comentó– que murió de una enfermedad relacionada con el SIDA: “El tío Johnny hizo mi vestido / ‘Ese Spandex barato / Parece un desastre'”, canta en Heated, reivindicando la crítica como un motivo de orgullo.

Anunciado como el primer acto de una trilogía confirmada, Renaissance no logra ser el mejor álbum de Beyoncé, sin embargo, cumple con sus objetivos libertarios. Se trata de una celebración de la vida en abundancia y ajena a las expectativas de los demás, y actúa como un recordatorio de cuán poco frecuente es ser testigo de esta artista hiperdisciplinada simplemente divirtiéndose en sus propios términos. Su sentido de la libertad resulta palpable en todo momento y es un estímulo contagioso para la acción.