Hasta los judíos pronunciaban la palabra ‘judío’ en voz baja. Ahora está en lo alto
Jonathan Freedland en el teatro Royal Court en Londres. Foto: Alecsandra Raluca Drăgoi/The Guardian

Podría ser casi un sueño de ansiedad: tu nombre iluminado junto a la palabra “judíos”, resplandeciente en el exterior del teatro Royal Court de Londres. Y sin embargo, lo he visto una y otra vez y no lo he imaginado. Está ahí.

Dejando de lado el hecho de que nunca he escrito una obra de teatro, resulta una sorpresa ver esa combinación de palabras fuera de ese teatro en particular. Las relaciones entre el Royal Court y gran parte de la comunidad judía británica han sido tensas desde hace varias décadas. En 1987, el Royal Court se convirtió en el escenario de Perdition, una obra que alegaba la complicidad, nacida de una supuesta afinidad ideológica, entre el sionismo y el nazismo. En 2009, fue el escenario de Seven Jewish Children, una obra corta que tiene la distinción de ser la única obra de un teatro de gran producción que ha sido calificada por el crítico de teatro del Jewish Chronicle como antisemita (una acusación que negó la dramaturga, Caryl Churchill). Y el año pasado se anunció la existencia de Rare Earth Mettle, una nueva obra en el Court que presentaba a un capitalista multimillonario depredador cuyo nombre era ostentosamente judío, Hershel Fink. Al instante se acusó al teatro de repetir un estereotipo anticuado y antisemita.

Hasta los judíos pronunciaban la palabra 'judío' en voz baja. Ahora está en lo alto - judios-1
De izquierda a derecha: Jonathan Freedland, la codirectora Vicky Featherstone, el dramaturgo Tommo Fowler y la codirectora Audrey Sheffield. Foto: Manuel Harlan

De hecho, es al ficticio Sr. Fink a quien le debo agradecer mi debut como dramaturgo. La tormenta provocada por ese nombre planeado (tras las protestas, el personaje se convirtió en “Henry Finn”) llevó a la directora artística del Court, Vicky Featherstone, a llamarme. No buscó excusas ni se defendió. En cambio, en esa conversación y en otras más, dijo que ella y sus colegas se habían equivocado evidentemente. Quería saber más sobre el antisemitismo: cómo funcionaba, cómo pasaba desapercibido, cómo parecía estar al acecho incluso entre aquellos que, como el Royal Court, se enorgullecían de ser firmemente antirracistas.

Me contó que llevaba mucho tiempo hablando con la actriz Tracy-Ann Oberman sobre la posibilidad de encargar una obra de teatro sobre el antisemitismo en la izquierda. Durante el período en que Jeremy Corbyn fue líder del Partido Laborista, y cuando el antisemitismo dentro del partido se convirtió en un punto de polémica muchas veces amargo, un miembro de la junta directiva del Court ofreció una idea similar. Después de Hershel Fink, dijo Featherstone, la necesidad de tal proyecto no estaba en discusión. ¿Lo aceptaría yo?

Me sentía cauteloso. ¿Y si esto no era más que un gesto para sacar al teatro de un agujero de relaciones públicas? Sin embargo, me pareció que Featherstone era mucho más seria que eso. Además, en los últimos años, los judíos como yo habían pedido a los progresistas que tomaran con seriedad el tema del antisemitismo, que escucharan las preocupaciones judías. Y ahora aquí estaba una institución progresista, de gran prestigio, haciendo exactamente eso. Al menos tenía que darle una oportunidad.

Hasta los judíos pronunciaban la palabra 'judío' en voz baja. Ahora está en lo alto - jews-in-their-own-words
‘La visión siempre había sido la de una obra de teatro dinámica y entretenida’… El reparto de Jews. In Their Own Words en el ensayo. Foto: Manuel Harlan

También parecía el momento adecuado. El calor de aquellas guerras laboristas había disminuido un poco; existía la oportunidad de reflexionar sobre el fenómeno de forma más extensa y profunda, analizando no solo un partido político en un único periodo de cuatro años, sino la cultura más general y la larga historia de la compleja actitud del Reino Unido hacia su pequeña minoría judía, que ronda entre las 260 mil y las 290 mil personas.

La visión de Tracy-Ann siempre fue la de una obra de teatro dinámica y entretenida, completada con música, humor y canciones –y una dosis de lo que podríamos llamar ironía inglesa–, pero en la que el texto sería literal: aunque las palabras serían pronunciadas por los actores, serían extraídas en su totalidad de entrevistas. Queríamos escuchar no solo a aquellos que, ciertamente, cuentan con una plataforma, pero que rara vez tienen la oportunidad de hablar con franqueza sobre las experiencias que los formaron, sino también a aquellos judíos que rara vez son escuchados. Así que empecé a entrevistar a una docena de personas, entre ellas una trabajadora social, Victoria Hart, así como la parlamentaria laborista Margaret Hodge; una doctora, Tammy Rothenberg, además del periodista político Stephen Bush; un pintor y decorador, Phillip Abrahams, así como el novelista Howard Jacobson; una exdirigente estudiantil, Hannah Rose, y un experto en antisemitismo, Dave Rich, y también la propia Tracy-Ann.

Hasta los judíos pronunciaban la palabra 'judío' en voz baja. Ahora está en lo alto - jews-in-their-own-words-tracy-ann-
Una inspiración clave para la obra… la actriz Tracy-Ann Oberman. Foto: Dan Wooller/REX/Shutterstock

El resultado es, espero, una mezcla de historias y perspectivas que nunca antes se han escuchado en el escenario londinense. Entre ellas, el testimonio personal de un judío jasídico ultraortodoxo, que recordó el día en que fue violentamente golpeado en una calle inglesa. O la odisea de Edwin Shuker, quien huyó a este país en 1971 como refugiado del Irak de Saddam Hussein. O la exparlamentaria Luciana Berger, que ofrece el relato más completo hasta la fecha del camino que recorrió desde que era una joven idealista laborista hasta que se convirtió en el blanco de una avalancha diaria de abusos racistas, misóginos y amenazas mortales, antes de perder el trabajo que “vivía, respiraba y amaba”.

Por supuesto, no todos quedarán contentos con la elección de los entrevistados. Algunos esperarán que una obra de teatro funcione como una encuesta, representativa de todos los rincones de la opinión judía británica. Pero ninguna obra podría hacer eso. Además, como señala Bush, el desacuerdo entre los judíos británicos durante esos años tan duros de 2015 a 2019 fue mucho menor de lo que se podría suponer, al menos si los programas de debate de televisión fueran su guía. Una y otra vez, dos judíos opuestos salían a debatir sobre el antisemitismo en la izquierda, como si los judíos estuvieran divididos a la mitad en el asunto. De hecho, los datos de las encuestas sugieren un sorprendente nivel de unanimidad: el 86% de los judíos británicos consideraban a Jeremy Corbyn como antisemita, según un estudio realizado por Survation en septiembre de 2018, y solo el 8% estaba en desacuerdo. Por pura cuestión de números, explica Bush, “las posiciones de los judíos pro-Corbyn quedaron cubiertas en exceso” en ese período. No había ninguna necesidad de repetir ese error.

Las doce entrevistas dieron lugar a todo tipo de sorpresas. No le hice las mismas preguntas a todos los entrevistados, excepto una. Quería que cada uno de ellos me dijera de dónde eran sus abuelos o bisabuelos. Las respuestas –Bielorrusia, Ucrania, Lituania, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Alemania, Holanda, Rusia, Irak y otros– confirmaron hasta qué punto el judaísmo británico sigue siendo una comunidad de inmigrantes o de descendientes de inmigrantes. Cuando le planteé esa pregunta a Hodge, hizo surgir una historia familiar que constituye lo que podría ser uno de los pasajes más conmovedores de la obra. Después de que la hayan escuchado, entenderán por qué el padre de Hodge le aconsejaba tener siempre una maleta preparada junto a la puerta principal, y puede que se estremezcan cuando recuerden el modo en que se burlaron de esa experiencia formativa suya cuando la recordó durante una fase especialmente rencorosa en la guerra civil laborista.

También me sorprendió la manera en que incluso aquellos que no tenían una conexión directa con el Holocausto fueron marcados por él. Rothenberg habla de un “trauma heredado”, y varias de las otras personas hablaron sobre la huella psicológica que ese acontecimiento les había dejado, la manera en que los había dejado alertas a las señales de peligro en formas que, según ellas, la sociedad en general –incluyendo a los autodenominados progresistas– apenas comprendía.

También resultaba impresionante el modo en que incluso los motivos y temas históricos y centenarios del antisemitismo se inmiscuían en la vida cotidiana, incluso íntima, de estos judíos. Tomemos, como un solo ejemplo, los rancios mitos que rodean a los judíos y el dinero. Hart recordó el día en que una colega, una trabajadora social orgullosamente antirracista, le habló sobre su renuencia a ayudar a una mujer judía en situación de necesidad: esta colega estaba segura de que la mujer en cuestión tenía dinero, pero que lo estaba ocultando. “Sé que debe estar mintiendo porque todos tienen dinero”, declaró.

Las historias seguían surgiendo: ideas sobre los judíos que uno encontraría en los libros de historia medieval –algunas de ellas con casi mil años de antigüedad– irrumpiendo en la vida de los judíos que vivían en Gran Bretaña en 2022. Pronto se volvió evidente que una cuestión que se debatía con frecuencia en las páginas de los periódicos o en los estudios de televisión o en las redes sociales, muchas veces en términos de una discusión abstracta y teórica sobre el lenguaje y sus repercusiones, era demasiado real y demasiado concreta para las personas de las que se hablaba.

Finalmente, tuve ante mí 12 transcripciones que contenían alrededor de 180 mil palabras. Las leí y volví a leerlas, marcando pasajes y anotando los temas recurrentes entre estos 12 individuos. Y aunque yo mismo había pensado en este tema durante muchos años, poco a poco lo fui viendo con una nueva claridad, la que me había proporcionado el escuchar a esa docena de personas.

Los antisemitas llevan consigo una versión imaginaria de la persona judía. Puede ser una pintura renacentista de Judas Iscariote, con su bolsa repleta de plata, o podría ser los supuestos manipuladores de la casa de Rothschild. Podría ser el avaro Shylock de Shakespeare o el avaro Fagin de Dickens. Podrían ser los lagartos extraterrestres que imaginó David Icke o los malvados manipuladores del tiempo, blandiendo su “láser espacial judío”, que soñó la congresista republicana Marjorie Taylor-Greene. Incluso podría ser un depredador capitalista llamado Hershel Fink. Las fantasías sobre los judíos se adaptan a cada época, y pueden encontrar un hogar en la derecha y en la izquierda. Sin embargo, la presencia de estos judíos fantásticos y diabólicos en el imaginario mundial –a menudo tan arraigados en la cultura que difícilmente los percibimos– es una constante.

Hasta los judíos pronunciaban la palabra 'judío' en voz baja. Ahora está en lo alto - jews-in-their-own-words-mp
Luciana Berger en una protesta contra el antisemitismo en el partido laborista en 2018. Foto: Yui Mok/PA Wire/PA Images

Y el impacto lo sienten los judíos reales que intentan vivir vidas reales. Su destino ha de ser visto a través de un lente empañado por siglos de mitos y fantasías, y como ilustran las historias contadas en esta obra, las consecuencias pueden ser dolorosas, e incluso sangrientas.

A pesar de todo, el proceso de creación de esta obra no ha sido sombrío. “Se sintió como una gran validación”, me dijo Rothenberg, al ser escuchada y “saber que alguien, en algún lugar, está tomando esto con mucha seriedad”. Para Hart: “Ha sido catártico hablar abiertamente sobre el antisemitismo. Las personas de ‘la izquierda’ siempre han sido ‘mi gente’ hasta que de repente dejaron de serlo. Y eso ha sido muy duro de soportar”. Una de las integrantes del reparto, íntegramente judío, comenta que todo el proyecto le ha parecido “liberador”.

De hecho, varios han comentado el carácter novedoso de trabajar en una producción en la que muchos de los que participan, tanto entre bastidores como en el escenario, son compañeros judíos, en la que no son los únicos, en la que no necesitan ser embajadores de todos los demás. “Casi no me he permitido ser judío, cuando actuaba, hasta ahora”, comenta el actor de origen turco Hemi Yeroham. También señala la poca frecuencia con la que se escuchan historias como la suya –de judíos no askenazíes y no europeos–: “La mayor parte del teatro judío gira en torno a la cultura asquenazí. La parte mizrají o sefardí de la historia judía es casi inexistente”. Ahora interpreta a Shuker, un hombre que, como él, pertenece a una comunidad judía que perduró durante siglos, pero de cuya historia apenas se habla.

Por mi parte, encuentro dos fuentes de optimismo en esta empresa. La primera comienza con el hecho de que la comunidad judía británica creyó durante muchos años que, por su propia seguridad, debía mantener su cabeza colectiva agachada. Como escuchamos en la obra, incluso ahora muchos judíos dudan antes de revelar que son judíos, recelosos de la respuesta: lo piensan mucho antes de hacerlo, sopesando los riesgos. Sin embargo, aquí hay un grupo de 12 judíos que han estado dispuestos a hablar con franqueza y de forma muy personal, compartiendo sentimientos que muchos habían enterrado hace mucho tiempo, y a hacerlo de forma pública. Esto confirma una tendencia que fue visible durante el período 2015-2019, cuando los judíos eligieron defenderse en voz alta y con orgullo, liberándose de un pasado de quietud y miedo. Antes, incluso los propios judíos solo pronunciaban la palabra “judío” en un susurro. Ahora está en alto en forma de luces.

Está ahí no solo porque los judíos estaban dispuestos a hablar, sino porque una institución que antes era considerada cerrada a las preocupaciones judías estaba dispuesta a escuchar. No sé cuántas mentalidades cambiarán gracias a esta obra, ni cuántas barreras se derribarán. Pero el hecho de que en una época de polarización, guerras culturales y divisiones insuperables, se haya producido esta obra, podría ser simplemente un motivo de celebración.