¿Qué es la COP27 y por qué es importante?
Un trabajador acondiciona la entrada a la 'zona verde' antes de la cumbre mundial de la ONU sobre la crisis climática en Sharm el-Sheikh, Egipto. Foto: Thomas Hartwell/AP

¿Qué es la COP27?

Durante casi tres décadas, los gobiernos del mundo se han reunido casi todos los años para forjar una respuesta global a la emergencia climática. Según la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) de 1992, todos los países están obligados por el tratado a “evitar el peligroso cambio climático” y a encontrar maneras de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial de forma equitativa.

Las siglas COP significan Conferencia de las Partes en el marco de la CMNUCC, y las reuniones anuales han fluctuado entre un ambiente díscolo y otro soporífero, intercalado con momentos de gran dramatismo y el triunfo ocasional (el acuerdo de París en 2015) y el desastre (Copenhague en 2009).

Este año será la 27ª edición, y promete ser una difícil continuación de la cumbre histórica del año pasado, la COP26 de Glasgow.

¿Cuándo comienza?

El gobierno egipcio será el anfitrión de la conferencia en Sharm el-Sheikh, que comenzará el 6 de noviembre. Durante dos días, el lunes 7 y el martes 8 de noviembre, los líderes mundiales se reunirán en una serie de reuniones privadas y darán instrucciones a sus funcionarios para que consigan el tipo de acuerdo necesario. Después se retirarán y dejarán las complejas negociaciones en manos de sus representantes, principalmente los ministros de Medio Ambiente o altos funcionarios similares.

Está previsto que las negociaciones concluyan a las 18:00 horas del viernes 18 de noviembre, no obstante, según la experiencia de las COPs, es probable que se prolonguen hasta el sábado e incluso hasta el domingo.

¿Por qué necesitamos una COP? ¿No tenemos ya el acuerdo de París?

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Como parte del acuerdo de París de 2015, los países se comprometieron a mantener el aumento de la temperatura global muy por debajo de los 2°C por encima de los niveles preindustriales. Foto: Anadolu Agency/Getty

Sí, en el marco del histórico acuerdo de París, firmado en 2015, los países se comprometieron a mantener el aumento de la temperatura global “muy por debajo” de los 2°C por encima de los niveles preindustriales, a la vez que “continuaban los esfuerzos” para limitar el calentamiento a 1.5°C. Estos objetivos son jurídicamente vinculantes y están consagrados en el tratado.

Sin embargo, para cumplir esos objetivos, los países también acordaron objetivos nacionales no vinculantes para reducir –o en el caso de los países en desarrollo para frenar– el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero a corto plazo, para el año 2030 en la mayoría de los casos.
Esos objetivos –conocidos como contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC)– fueron inadecuados para lograr que el mundo se mantuviera dentro de los objetivos de temperatura del acuerdo de París. En caso de cumplirse, provocarían un calentamiento de 3°C o más, lo cual resultaría desastroso.

Todos sabían en París que las NDC eran inadecuadas, por lo que los franceses incluyeron en el acuerdo un “mecanismo de trinquete” mediante el cual los países tendrían que volver a reunirse cada cinco años con nuevos compromisos. Esos cinco años terminaron el 31 de diciembre de 2020, y en la COP26 de noviembre de 2021, los países se reunieron para establecer nuevos objetivos.

¿No se solucionó todo esto en la COP26?

El avance más importante en la COP26 fue que los países acordaron concentrarse en el objetivo más estricto de 1.5°C del acuerdo de París, reconociendo que el objetivo de 2°C permitirá que se produzca una devastación masiva. Las investigaciones realizadas desde que se firmó el acuerdo de París demuestran que el aumento de la temperatura de 2°C por encima de los niveles preindustriales provocaría cambios en el sistema climático que serían, en muchos casos, catastróficos, y algunos de ellos serían irreversibles, por lo que el cambio de enfoque hacia un objetivo de 1.5°C constituye un progreso vital.

Numerosos países también actualizaron sus NDC en la COP26, y los países responsables de aproximadamente tres cuartas partes de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero establecieron objetivos a largo plazo para alcanzar el objetivo de cero neto de emisiones de carbono para aproximadamente mediados de siglo.

No obstante, para no sobrepasar los 1.5°C, el mundo no solo debe alcanzar el cero neto aproximadamente en 2050, sino también reducir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero, en comparación con los niveles de 2010, en esta década. Sin embargo, las promesas relativas a las emisiones que se hicieron en la COP26 no fueron suficientes para alcanzar ese objetivo.

Por ello, en la cumbre de Glasgow, los países también acordaron agilizar el mecanismo de trinquete, decretando que se deberían actualizar los avances en las NDC cada año, y se instó a los países a presentar este año, y tantas veces como sea necesario, nuevas NDC hasta que sean adecuadas.

¿Qué ha ocurrido desde entonces?

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Una plataforma petrolera de la empresa British Petroleum en el Mar del Norte. La guerra en Ucrania ha provocado que los precios aumenten. Foto: Andy Buchanan/AFP/Getty

Nadie en Glasgow el año pasado podría haber previsto el cambio de mundo en el que viviríamos actualmente. La invasión ilegal de Ucrania ordenada por Vladimir Putin en febrero no solo fue brutal, sino que ha provocado una gran conmoción en todo el mundo. La geopolítica ha cambiado, las alianzas y las relaciones se han redefinido y el mundo se ha sumido en una crisis.

Los precios de la energía ya estaban subiendo antes de la invasión de Putin, a medida que el mundo se recuperaba del impacto del Covid-19, sin embargo, la guerra en Ucrania ha disparado los precios del gas. Putin ha demostrado su voluntad de utilizar la dependencia de Europa del gas ruso como arma de guerra, cerrando las llaves de paso, amenazando con retirar el suministro, y después (casi con toda seguridad) saboteando el gasoducto Nord Stream.

El resultado ha sido un aumento todavía mayor de los precios del gas y una prosperidad para las empresas de combustibles fósiles, que han estado registrando ganancias récord.

Ante los elevados precios récord del gas, la Unión Europea ha adoptado una serie de medidas que incluyen una campaña de eficiencia energética, un impuesto extraordinario sobre las ganancias extraordinarias de las empresas de combustibles fósiles con el fin de intentar reducir los gastos de los hogares y el impulso masivo de las energías renovables.

Pero algunos países de la Unión también han regresado –temporalmente, insisten– a la generación de energía con carbón y se han embarcado en la búsqueda de nuevos suministros de combustibles fósiles, construyendo terminales de gas natural licuado y buscando acuerdos con países de África y otros lugares para explorar nuevos yacimientos de gas.

La Agencia Internacional de la Energía advirtió el año pasado que no se podían explotar nuevos yacimientos de combustibles fósiles si el mundo quería mantenerse dentro de los 1.5ºC. Si no se frenan rápidamente estos desarrollos, podrían ser desastrosos para las esperanzas de evitar los peores estragos del colapso climático.

Es una situación bastante difícil para Egipto

Y eso no es todo. Los precios de los alimentos también han aumentado debido a la invasión de Rusia contra Ucrania, ya que ambos países son productores masivos de cereales, aceite de girasol y otros productos básicos, así como por el aumento de los precios de los fertilizantes, Rusia y Ucrania son grandes productores de fertilizantes, e incluso los fertilizantes producidos en otros lugares son más caros, ya que su producción requiere una gran cantidad de energía.

Esto ha conducido a la amenaza de escasez de alimentos, en particular para los más vulnerables, y a una crisis del costo de la vida que envuelve a los países desarrollados y en desarrollo. Los pobres de muchas partes del mundo se enfrentan a nuevas dificultades económicas.

Por último, para agravar los problemas geopolíticos, las relaciones entre los dos mayores emisores del mundo, Estados Unidos y China, cayeron a un nuevo nivel, tras la visita de Nancy Pelosi, la tercera miembro de mayor rango del partido demócrata en el poder, a Taiwán este verano.

El año pasado, en la COP26, China y Estados Unidos sorprendieron a todos cuando firmaron un nuevo acuerdo bilateral para cooperar en la lucha contra la crisis climática. Este año, aunque técnicamente se supone que las negociaciones en materia de cambio climático están en una “burbuja” propia, no afectada por el contexto diplomático general, en realidad los países dejaron de dialogar también sobre este tema.

Sameh Shoukry, el ministro de Relaciones Exteriores egipcio que presidirá las negociaciones de la COP27, ofreció sus servicios como mediador entre Estados Unidos y China. Sin embargo, su tarea se verá dificultada por la tensa situación geopolítica, la posibilidad de que se produzcan paros como protesta por las acciones de Rusia y la postura de Egipto como aliado de los principales productores de petróleo, como Arabia Saudita.

¿No es Egipto una dictadura?

Sí, y existe poca libertad de prensa y prácticamente ninguna capacidad para protestar. El gobierno está acusado de innumerables y graves abusos cometidos en materia de derechos humanos, y las cárceles están llenas de presos políticos. Uno de ellos, el activista británico-egipcio Alaa Abd el-Fattah, mantiene una huelga de hambre y es objeto de negociaciones con el gobierno británico.

A los activistas les preocupa que los activistas de la sociedad civil sean excluidos de la conferencia de la COP27, o que no puedan manifestarse de manera efectiva. La ONU garantiza el derecho de participación de los grupos de la sociedad civil, y en una entrevista con The Guardian, Shoukry hizo hincapié en que los activistas serían bienvenidos y que se habían registrado 9 mil. No obstante, los grupos de la sociedad civil actúan con cautela, preocupados por el hecho de que cualquier trabajo que realicen con activistas locales en Egipto podría dejar a esas personas expuestas cuando se marche el circo de la COP27 de la ONU.

¿Y el Reino Unido?

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Activistas contra el cambio climático en el exterior de la COP26 en Glasgow el año pasado, donde pidieron un mayor apoyo financiero para los países en desarrollo. Foto: Alastair Grant/AP

El país anfitrión de la COP26 experimentó sus propios dramas el año pasado, tras haber pasado por tres primeros ministros, así como por la muerte de la reina y el ascenso del rey Carlos III.

Mientras Alok Sharma, presidente británico de la COP26, pasó el año intentando reforzar el “frágil” acuerdo alcanzado en Glasgow –advirtió en repetidas ocasiones que el objetivo de 1.5°C está “con soporte vital… su pulso es débil”–, sus colegas ministros parecen trabajar a menudo en su contra.

El Reino Unido propone explotar una nueva mina de carbón, promete “exprimir hasta la última gota” de petróleo y gas de los yacimientos existentes en el Mar del Norte y está concediendo más de 100 nuevas licencias de exploración de petróleo y gas.

Incluso la cuestión de quién asistirá a la COP27 ha sido polémica. El primer ministro del Reino Unido, Rishi Sunak, que asumió su cargo a mediados de octubre, dijo en un principio que no asistiría, un serio desaire para los anfitriones egipcios y otros líderes mundiales. Sería inusual que el líder de un país que albergó una COP exitosa no acudiera a la siguiente para entregar el relevo.

Los países desarrollados y en vías de desarrollo, e incluso algunos de sus propios diputados, criticaron duramente a Sunak por el desaire, mientras que organizaciones benéficas y activistas lo instaron a reconsiderar su decisión. The Observer reveló posteriormente que el exprimer ministro Boris Johnson tenía previsto acudir.

De pronto, pareció que Sunak podría encontrar tiempo en su apretada agenda después de todo. Pero incluso si lo hace, el primer ministro todavía parece estar decidido a no permitir que el nuevo monarca del Reino Unido, el rey Carlos, asista.

Esto resulta enormemente decepcionante para muchos países, ya que el rey ha sido una figura importante en anteriores COPs, entre ellas la cumbre de París de 2015 y la COP26, y goza de gran reconocimiento en todo el mundo por su trabajo en cuestiones medioambientales. También es el jefe de Estado de muchos países de la Commonwealth, de los cuales algunos se encuentran en la primera línea de la crisis climática, y que no pudieron opinar sobre si se le permitiría asistir.

¿Estamos cerca de cumplir el objetivo de 1.5°C por lo menos?

No. Incluso si se cumplieran todos los compromisos a corto y largo plazo asumidos en Glasgow, la temperatura aun así aumentaría aproximadamente 1.8ºC por encima de los niveles preindustriales, según la Agencia Internacional de la Energía, lo cual supone una gran mejora con respecto a los NDCs presentados en París, pero que aún dista mucho de la cifra en la que el mundo necesita estar.

Y lo que resulta peor, esos cálculos hacen mucho hincapié en el cumplimiento de objetivos a largo plazo para los cuales la mayoría de los países solo cuentan con los más mínimos planes, lo que los vuelve sumamente optimistas. Si solo se toman en cuenta los objetivos a corto plazo de los países –sus NDCs, que establecen recortes de emisiones hasta el final de esta década–, entonces, según la ONU, las temperaturas podrían aumentar hasta unos 2.5°C a finales de este siglo.

Esto hace que quede mucho por hacer en la COP27, y las señales no son buenas hasta el momento. Solo 24 países actualizaron sus NDC entre la COP26 y la COP27, una cifra muy inferior a la que se esperaba bajo el sistema de trinquete actualizado. De ellos, muchos marcarán poca diferencia. Australia destaca por haber realizado avances significativos en su NDC bajo su nuevo gobierno.

¿Por qué es tan importante el objetivo de 1.5°C?

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Un pastor reúne a sus ovejas en una tierra árida en Náyaf, Irak. El país está luchando contra su peor sequía en décadas. Foto: Qassem al-Kaabi/AFP/Getty

Como parte del acuerdo de París, se encargó a la principal autoridad mundial en materia de ciencia climática –el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC)– que examinara minuciosamente lo que supondría para el planeta el aumento de la temperatura en 1.5°C. Descubrieron que existía una gran diferencia entre los daños causados por un calentamiento de 1.5°C y de 2°C, y concluyeron que la temperatura más baja era mucho más segura.

El aumento de 1.5°C seguiría provocando la subida del nivel del mar, el blanqueamiento de los arrecifes de coral y el incremento de las olas de calor, las sequías, las inundaciones, las tormentas más intensas y otras formas de fenómenos meteorológicos extremos, no obstante, serían mucho menos que los extremos asociados a un aumento de 2°C.

Otros resultados de los últimos informes del IPCC, publicados desde la COP26, han destacado estas advertencias y han llegado a la conclusión de que todavía existe una pequeña posibilidad de que el mundo se mantenga dentro del límite de 1.5°C, aunque para ello sería necesario realizar esfuerzos conjuntos. Y, fundamentalmente, también descubrieron que cada fracción de grado de aumento es importante.

¿Qué tan lejos tenemos que llegar?

Las temperaturas en todo el mundo ya se encuentran entre 1.1 y 1.2°C por encima de los niveles preindustriales, y las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando.

La producción de dióxido de carbono cayó drásticamente durante los confinamientos por Covid-19, no obstante, las emisiones repuntaron a medida que las economías se recuperaban. Para no sobrepasar los 1.5°C, se deben reducir las emisiones globales en un 7% anual durante esta década. Sin embargo, siguen aumentando.

¿Y qué pasa con el cero neto?

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La cría de ganado para la producción de carne, huevos y leche genera una parte importante de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Foto: JazzLove/Getty/iStockphoto

Para no superar los 1.5°C, debemos dejar de emitir dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero –procedentes de la quema de combustibles fósiles, de la agricultura y la ganadería –que generan metano–, de la tala de árboles y de determinados procesos industriales– casi por completo para mediados de siglo. Las emisiones residuales que queden para ese entonces, por ejemplo, las provenientes de procesos que no pueden ser modificados, deberán ser compensadas con el aumento de los sumideros de carbono del mundo, como los bosques, las turberas y los pantanos, que actúan como grandes almacenes de carbono. Este balance es lo que se conoce como cero neto.

Sin embargo, los objetivos a largo plazo no son suficientes. El clima reacciona a las emisiones acumuladas, y el dióxido de carbono permanece en la atmósfera durante aproximadamente un siglo después de su emisión, de manera que podríamos alcanzar el cero neto en 2050 pero, entretanto, habríamos emitido tantas cantidades que sobrepasaríamos irrevocablemente el límite de 1.5°C.

Por este motivo, los científicos consideran que la década de 2020 es crucial para el clima: si las emisiones alcanzan pronto su punto máximo y se reducen rápidamente, podremos evitar que las emisiones acumuladas aumenten de forma excesiva y seguir teniendo posibilidades de no superar el límite de 1.5ºC.

¿La COP27 trata únicamente sobre el objetivo de 1.5°C?

Las NDC son una parte central de las negociaciones, aunque, dados los trastornos geopolíticos que se han producido desde la COP26, es poco probable que se logren muchos más avances al respecto este año. Por ello, en la COP27 se hará mucho más hincapié en el financiamiento climático, la adaptación y las pérdidas y daños, temas de vital importancia para los países en desarrollo.

El financiamiento climático es el dinero que se proporciona a los países pobres, procedente de fuentes públicas y privadas, para ayudarlos a reducir las emisiones y hacer frente a los impactos de los fenómenos meteorológicos extremos. En la COP de Copenhague de 2009 se les prometió que recibirían 100 mil millones de dólares anuales hasta el año 2020.

Dicho objetivo se ha incumplido: un informe de la COP26 descubrió que el compromiso no se cumpliría sino hasta el año 2023. También existen problemas con la asignación del financiamiento climático: la mayor parte del dinero que fluye en la actualidad está destinado a los países de ingresos medios para el desarrollo de proyectos que reducen las emisiones, como la energía eólica o solar. Se destina una cantidad mucho menor a los países más pobres, y solo una parte del dinero se destina a ayudar a los países a adaptarse a los efectos inevitables de la crisis climática.

En la COP26, los países desarrollados acordaron duplicar la cantidad de financiamiento climático destinado a la adaptación. Los países pobres desearán ver un progreso significativo en este sentido en la COP27, y que se proporcione un mayor financiamiento en forma de subsidios en lugar de préstamos que pueden endeudar aún más a los países.

Igualmente importante será la cuestión de las pérdidas y los daños. Esto hace referencia a los estragos más devastadores de las condiciones meteorológicas extremas, tan grandes que ninguna adaptación puede ayudar al respecto. Los ejemplos incluyen huracanes y tifones, las devastadoras inundaciones que afectaron a Pakistán este verano, o las sequías que afligen amplias zonas de África. La recuperación de este tipo de devastación puede durar años, si es que se logra, y las infraestructuras de los países en desarrollo, los servicios como la salud y la educación, y sus posibilidades de mejorar la suerte de sus habitantes, pueden sufrir daños permanentes.

Los países más pobres del mundo, que son los que menos han contribuido a la crisis climática, son los que más riesgo corren. En el pasado, algunos expertos calificaron las pérdidas y los daños como una forma de compensación o reparación ofrecida por los países ricos a los países pobres. No obstante, esto era inaceptable para los países desarrollados y los grandes países en vías de desarrollo, que se negaron a firmar acuerdos legales que podrían hacerlos responsables de costos futuros ilimitados. Por lo tanto, el debate ha evolucionado hacia las pérdidas y los daños como una forma de rescate y rehabilitación para los países que más sufren, distinguiéndose del financiamiento climático en el sentido de que no se aplica a la reducción de emisiones y aborda cuestiones sociales y de desarrollo más generales, además de los impactos inmediatos de los fenómenos meteorológicos extremos.

Durante años se han producido pocos avances, pero por fin los países desarrollados señalaron que debatirán nuevos mecanismos de financiamiento para las pérdidas y los daños. Pocos esperan que la cuestión de las pérdidas y los daños se resuelva en la COP27, pero al menos deberían concretarse los primeros pasos hacia un nuevo acuerdo.

¿Y en el caso de China?

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El presidente de China, Xi Jinping. Los expertos creen que el país es capaz de hacer mucho más para reducir las emisiones. Foto: Greg Baker/AFP/Getty Images

El principal emisor del mundo, China, presentó sus NDC días antes del inicio de la COP26, sin embargo, los analistas dijeron que era decepcionante. China intentará que las emisiones alcancen su punto máximo en 2030, y alcanzar el cero neto en 2060, así como reducir la cantidad de carbono que produce por unidad de PIB en un 65%. No obstante, estos son los mismos compromisos que ya había asumido el gobierno, y los expertos creen que China es capaz de esforzarse mucho más, de alcanzar el pico de emisiones en 2025, lo que supondría un importante impulso para los esfuerzos mundiales de no superar los 1.5°C.

Climate Action Tracker, que analiza los objetivos mundiales, indicó que las NDC de China significaría que las temperaturas están en una trayectoria ascendente a 2.4°C, muy por encima incluso del objetivo superior del acuerdo de París.

Es poco probable que China actualice sus NDC antes de llegar a Sharm el-Sheikh, pero los expertos indicaron que el país está logrando buenos avances en el cambio a las energías renovables.

Esta es la 27ª edición de la COP. ¿Por qué se ha prolongado tanto?

Desde la revolución industrial, el mundo moderno funciona con combustibles fósiles. Vivimos en una era prometeica: casi toda nuestra prosperidad y tecnología han sido construidas a partir de la energía barata y de fácil acceso de los combustibles fósiles. Poner fin a su reinado exigirá enormes cambios en los sistemas energéticos, en el entorno construido, en el transporte, en nuestra conducta y en nuestra dieta.

Lograr que todos estén de acuerdo en un asunto tan complejo no ha sido fácil. Los países desarrollados no han querido asumir los costos, mientras que los países en desarrollo han exigido el derecho a seguir utilizando los combustibles fósiles para lograr su crecimiento económico. Se han producido disputas sobre la responsabilidad histórica, sobre el reparto de la carga, sobre los costos, sobre la ciencia, y la política se ha visto influenciada por los cambios de gobierno en países clave –Donald Trump, por ejemplo, retiró a Estados Unidos del acuerdo de París–.

En el lado positivo, el precio de las energías renovables y otras tecnologías verdes ha caído drásticamente en los últimos años, de modo que son más baratas que los combustibles fósiles en la mayor parte del mundo. La tecnología de los vehículos eléctricos también ha progresado con rapidez y se están desarrollando nuevos combustibles, como el hidrógeno. La crisis energética y los problemas económicos del año pasado podrían incluso convertir a la COP27 en un punto de inflexión hacia las energías limpias y hacia un futuro de bajas emisiones de carbono en el que los gobiernos ya no estén atados a los productores de combustibles fósiles, ahora que han visto a dónde puede conducir esto.

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