Soy investigador de fraudes corporativos, no creerías la arrogancia de los superricos
'Embriagados con su propia genialidad, los planes se vuelven más grandiosos, los métodos más llamativos'. Foto: Malte Mueller/Getty Images/fStop

La sede de la empresa FTX, ahora lo sabemos, no era la típica. El CEO Sam Bankman-Fried dirigía su empresa desde un penthouse de 40 millones de dólares en las Bahamas llamado Orchid, que contaba con paredes de estuco veneciano y un piano de cola. La propiedad estaba ubicada junto a un campo de golf de campeonato y un puerto deportivo para megayates. Como Amazon no hace entregas en las Bahamas, los aviones privados se encargaban de hacerlo.

No era la típica sede corporativa, pero FTX tampoco es la típica empresa. Está en quiebra, hundida por sus propios abusos financieros, y su director ejecutivo se enfrenta a la cárcel. Aunque FTX ha acaparado los titulares, su historia no es tan insólita como podría pensarse.

Trabajo en investigación empresarial y mi trabajo consiste en detectar el fraude y la corrupción. En ocasiones es tan sutil como manipular el flujo de caja libre. A veces es tan descarado como manipular con Photoshop tus estados de cuenta.

El trabajo es variado. En general, busco señales de alarma: abusos contables, sí, pero también prácticas empresariales flagrantes, como no pagar a los proveedores. Queremos responder la pregunta: ¿la empresa está haciendo lo que dice que está haciendo, al nivel que debería? Y si no es así, ¿puede esa empresa valer realmente lo que el mercado cree que vale?

Para averiguarlo, utilizo varios métodos. Algunos son de esperar –informes financieros, registros locales, conjuntos de datos–, pero otros no, entre ellos las redes sociales. Hace poco indagué profundamente en la cuenta de Instagram de un CEO cuya empresa creemos que es un castillo de naipes. Contemplé durante mucho tiempo una foto de un miembro de su familia, posando en la escalera de un jet privado con una botella de champaña y una pistola. Si tuviera que pintar un retrato llamado “arrogancia”, se parecería bastante a esto.

La corrupción y su consecuencia, el fraude, tienen muchos orígenes. En ocasiones, a los ejecutivos les gustan demasiado sus jets y yates. O es posible que tengan conexiones con la mafia o los cárteles de drogas. O puede que simplemente hagan grandes promesas que no pueden cumplir. Lejos de ser una salida fácil, el fraude es una actividad arriesgada, las recompensas son altas y las sanciones, mayores. Por lo tanto, las empresas hacen todo lo posible por ocultarlo, amenazando de muerte a los denunciantes o colocando dispositivos de rastreo en los automóviles de los vendedores al descubierto.

Pero aunque los estafadores con los que me he encontrado suelen ser inteligentes –o al menos astutos–, tarde o temprano ocurre algo interesante: se dejan llevar. Embriagados de su propia genialidad, idean planes más grandiosos, métodos más llamativos. Otorgan grandes contratos a miembros de su familia, que a su vez son accionistas de la empresa. Despiden a su mejor auditor y contratan a una empresa sin renombre. En el caso de Sam Bankman-Fried, supuestamente participan en un chat grupal de la aplicación Signal llamado “Fraude electrónico”.

Las consecuencias de esta arrogancia pueden ser catastróficas. Los inversionistas corren el riesgo de perder dinero, por supuesto, pero las personas también corren el riesgo de perder sus vidas, quizás porque la empresa realizó recortes drásticos en los equipos que utiliza o vende para salvar vidas, o porque hizo trampa en sus propias pruebas de emisiones (Volkswagen), o porque fingió que podía monitorear el cáncer a partir de muestras de sangre (Theranos).

Existe algo único en nuestra era que anima a los charlatanes. Además de investigar empresas, también soy novelista, y creo que vivimos en la era del cuento de hadas empresarial: una tierra mágica llena de unicornios y crecimiento eterno. “¿Cuál es la historia?”, les gusta preguntar a los inversionistas sobre la última empresa emergente de moda, deseando que la narrativa sea cierta incluso cuando viven el mito de su propia racionalidad absoluta.

Elon Musk dijo en una ocasión: “La marca es solo una percepción, y la percepción coincidirá con la realidad con el tiempo”. Dicho de otro modo, si el emperador cree que viste ropa maravillosa, los demás empezarán a creerlo también. Cuando estaba investigando para mi primera novela, en la que la esposa de un tirano es juzgada por la corrupción de su esposo, encontré a otra persona que hacía una observación inquietantemente parecida a la de Musk. No se trataba de otro líder empresarial, sino de Imelda Marcos. “La percepción es real”, dijo la esposa del exdictador de Filipinas. “Y la verdad no lo es”.

Poder descontrolado

Uno de mis contactos se reunió con Elizabeth Holmes, de la empresa Theranos, en un momento en el que los inversionistas se desvivían por darle dinero. No podía entender cómo era posible el trabajo que hacía Theranos, comentó. Su empresa no invirtió, pero quedó marginado internamente por perderse la novedad. Cuando la empresa quebró, reivindicando su decisión, él ya había abandonado la empresa.

En otro caso, hablé con un denunciante que fue objeto de llamadas telefónicas silenciosas y ataques de phishing (manipulación para que revelara información personal confidencial). También creía que lo seguían. Justo antes de que lo despidieran, intentaron enviarlo de viaje de negocios a un país en vías de desarrollo. Él llamó a su jefe, que estaba al tanto de su denuncia. “Me dijo que si iba, no regresaría”.

Este tipo de comportamiento solo es posible cuando se permite que las personas que ostentan el poder actúen de manera descontrolada. “Nunca en mi carrera he visto un fracaso tan absoluto de los controles corporativos”, escribió John Ray III, el nuevo CEO de FTX, en un escrito presentado ante el tribunal de quiebras, mientras que el cofundador de Ethereum, Vitalik Buterin, acusó a la empresa de actuar como “dictadores de la década de 1930”. Un dictador es, en cierto modo, el CEO de un país, y a medida que el culto a la personalidad de Silicon Valley se infla y extiende, el CEO se convierte en dictador.

Markus Braun, exdirector ejecutivo de Wirecard, la respuesta de Alemania a PayPal, fue un supuesto visionario cuya empresa quebró estrepitosamente en 2020. Actualmente está en juicio, mientras que su jefe de operaciones figura en la lista de los más buscados de Interpol. En 2019, el CEO de Renault Nissan, Carlos Ghosn, huyó de los cargos a los que se enfrentaba en Japón saliendo de contrabando dentro de un estuche de instrumentos musicales. Yo solía ser reportero de negocios en la agencia de noticias Reuters y los banqueros me hablaban elogiosamente de sus tácticas de dictadores, de cómo la empresa se derrumbaría sin ellos. El problema es que, con demasiada frecuencia, resulta que estos emperadores no tienen nada.

Esto no quiere decir que el fraude siempre comienza de forma deliberada. Por ejemplo, si en un trimestre no se alcanza el objetivo, se modifican un poco las cifras para compensar la situación. Al trimestre siguiente otra vez no se logra el objetivo. Vuelves a corregir los números, pero como ya se abrió un hueco, tienes que modificarlos un poco más. Antes de que te des cuenta, ya estás demasiado metido. No puedes decir la verdad, porque eso supondría confesar tus pecados pasados. Tu única opción es seguir adentrándote en la madriguera del conejo. Las personas creen que los números no mienten, pero las cuentas de una empresa no son ni más ni menos que una historia forjada en cifras. Se inflan los márgenes, se redondean los fondos. Los agujeros negros desaparecen.

Una vez que se emprende este camino, es difícil detenerse. Necesitas algo para distraer a la gente y conseguir que dejen de hacer preguntas inoportunas. Las herramientas para ello suelen ser más sencillas de lo que se cree: todos somos susceptibles al encanto y a su hermana fea, la mentira. La imagen, por ejemplo, es clave. Tanto Holmes, de la empresa Theranos, como Braun, de la empresa Wirecard, usaban un suéter negro de cuello de tortuga: las referencias a Steve Jobs eran deliberadas. Como dice Musk, la percepción coincidirá con la realidad con el tiempo.

Salvo, por supuesto, que el mundo no funciona así. Solo un niño o un loco creen que las fantasías que hay en su cabeza se pueden hacer realidad. Y tales delirios son tan fáciles de desbaratar si se les somete al interrogatorio adecuado. En la época en que la compañía Enron comenzó a vender futuros meteorológicos, un analista se propuso responder una pregunta absurdamente sencilla: “¿Cómo gana dinero Enron?”.

No obstante, es difícil hacer las denominadas preguntas tontas. He perdido la cuenta de las veces que he escuchado a ejecutivos engañar a sus propios accionistas con un lenguaje complejo o sutilmente absurdo. Se necesita fuerza para replicar. “Disculpe”, interrumpió un ronco acento escocés en una reunión sobre beneficios, en medio de un mar de tranquilos tonos estadounidenses. “Pero nada de lo que está diciendo tiene sentido”. Yo quería aplaudir.

¿Están aumentando las irregularidades en las empresas? Las estadísticas sin duda eso sugieren. El último informe anual de la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos sobre su programa de denuncia de irregularidades reveló que en 2021 se proporcionó la cifra récord de 12 mil 210 denuncias, lo que supone un aumento del 76% en comparación con 2020, año en el que también se registró un récord. La comisión también concedió más indemnizaciones económicas a los denunciantes que en todos los años anteriores juntos; en otras palabras, la información facilitada era real y lo suficientemente relevante como para generar consecuencias reales.

En los últimos años, las bajas tasas de interés han propiciado una corriente económica que ha levantado todos los barcos, independientemente de cuán agujerados estén. Sin embargo, después del Covid-19, el entorno macroeconómico está cambiando y, por naturaleza humana, son las pérdidas, en lugar de las ganancias, las que nos incitan a hacernos preguntas. Quizás FTX sea un ejemplo espectacular, pero no será el último. Como dijo Warren Buffet en una ocasión: “Solo cuando baja la marea se ve quién ha estado nadando desnudo”.

La primera novela de Freya Berry, The Dictator’s Wife, (Headline Review) estará disponible el 2 de febrero en edición de bolsillo, ebook y audio.