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Mi mamá me ama. Yo amo a mi mamá

Saraí Campech

Para quienes entre esos 218,000 y pico de fallecidos por Covid-19 perdieron a su mamá, toda la solidaridad y pronta tranquilidad. Es más, si les parece hagamos un pacto y quien encuentre un método para que duela menos, pasa el tip.

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Foto: Pixabay

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“Todo lo que soy, y espero ser, se lo debo a mi madre”, Abraham Lincoln.

Desde la primera vez que abrí los ojos ahí estabas. Desde entonces tu sola voz me reconfortaba, el brillo de esos ojos de capulín me impulsaba siempre a dar ese esfuerzo extra, todo ese amor que tuve tan a la mano y que desde hace cuatro meses, mis hermanas y yo evocamos a través del recuerdo, conforme abrimos cajones, maletas y rincones donde guardaste fotografías, diarios o esos dibujos que lo mismo trazabas en servilletas, pedacitos de hojas, facturas o lienzos.

Este será el primer Día de las madres que no estarás al otro lado del teléfono para decirte lo mucho que te quiero, que no organizaremos días antes cómo vamos a celebrar, ya que justo el 9 de mayo –de hace ya 44 años– nací, me decías que había sido tú regalo. Ahora sé que el regalo fue para mí al haber tenido la suerte de tenerte como mamá… vaya que es difícil pensar que no escucharé ese amoroso ¡feliz cumpleaños, mi flaquita!

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Al reflexionar sobre ser madre, me queda claro que desde el embarazo para muchas mujeres la vida da un giro de 180 grados. Es ser consciente de que a partir de ese momento alguien más se integrará a nuestras vidas para ser guiado y guiarnos. Por supuesto, también están quienes en una decisión muy personal y por cuestiones que van desde la situación económica, social, por violencia o por el simple hecho de que no es parte de su proyecto de vida, sencillamente no viven ese proceso de gestación, pero en muchas ocasiones, sin estar del todo consciente o sí, ejercen la maternidad de otra manera.

Lo pienso ahora con la pandemia, tiempo en el que muchos regresaron a casa a estar con sus “viejos”. De alguna manera cambió el rol y desde el regaño para que se quedaran en casa, cuidarles la dieta, ayudarlos a hacer su migración al mundo digital, hasta llevarles a la vacuna y esperarlos afuera, así como años antes hicieron mamá y papá afuera del colegio, la fiesta o al regreso de algún viaje, sin querer generalizar o romantizar demasiado, todas experimentaron eso que llamamos maternar, esa palabra que se transformó en verbo para enunciar esos lazos afectivos profundos.

En el caso de mi madre, Irma María Guzmán Cruz, esa idea de formar una familia comenzó entre envíos de orquídeas por parte de mi papá, salidas entre el trabajo y sus clases, el viaje con la abuela y tíos como chaperones a Cancún, pedida de mano en 1974, la boda en diciembre de 1975 y mi nacimiento en mayo de 1977. Ella supo que se perfilaba una vida en la que de alguna manera fue la capitana. Uno o dos años después de mi nacimiento se volvió a embarazar pero no se logró y hasta 1980 hizo acto de presencia mi hermana Samara, un año después Salef y en 1984, Sacil.

Durante mis primeros tres años, la vida transcurría entre la guardería, la casa de la abuela y nuestros escapadas con los amigxs de mis papás. Nació Samara y la cosa cambió, ya que tenía problemas respiratorios, sin embargo, mi mamá siguió chambeando en el Tribunal Superior de Justicia, eran largas jornadas, porque entre prepararnos para la guardería, su trabajo de oficina y luego por la noche organizar, lavar pañales de tela, apenas y dormía.

Mi papá empezó a trabajar hasta doble turno para poder sobrellevar los gastos de medicamentos y tratamientos de mi hermana, una vez que se supo embarazada de la tercera hija, renunció y estuvo un tiempo en casa, algo que tampoco le hacia demasiada ilusión ya que fue para la época una madre feminista. Recuerdo como no cocinaba, siempre íbamos a un restaurante y al dueño le decíamos el tío Luis. Cuando iba en el kínder, en un 10 de mayo decidieron que el regalo que se iban a dar las madres eran unas pantuflas hechas por ellas mismas, ajá, llegó el día y como se le hacia un absurdo que pidieran eso, fue al mercado compró unas plantillas, estambre, celofán y un moño, me dijo que las íbamos a hacer juntas, así que lo más que se nos ocurrió fue cruzar el estambre como una tache en las plantillas, luego las acomodamos en el celofán, su moño y así estaba yo en la ceremonia muy orgullosa de que “yo” le había hecho su regalo. Ya se imaginaran, fueron las pantuflas más feas y todas las maestras y mamás nos mal miraron, pero ella salió con esa sonrisa triunfadora.

Ya en la primaria me acuerdo de primer año, tenía el pelo largo y la maestra Carmelita pedía que todas las niñas fuéramos con trenzas, mi mamá no sabía peinar, así que sus trenzas me quedaron chuecas. Al llegar, la maestra le dijo que cómo era posible, pidió un peine y me dejó con los ojos rasgados de tanto que me estiró el pelo, recuerdo como se me escurrían las lágrimas y al salir mi mamá me llevo a cortarme el pelo: no iba a permitir que nos volvieran a maltrataran así.

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Anécdotas tan curiosas y locas como el día que me pidieron un metro y como padres primerizos no supieron muy bien y me hicieron un metro con sus vagones y pasajeros dibujados en las ventanas, quedó hermoso, pero la tarea era un metro para conocer los milímetros y centímetros. A la hora del recreo la pasamos muy bien jugando con mi metro, pasando por los metros de mis compañeros como si fueran las vías. Para cuando mis hermanas entraron a la primaria y le dijeron que les habían pedido una “radiografía” de Miguel Hidalgo y su costilla, ya no cayó y compró la monografía.

En ese tiempo puso una boutique y nuestros fines de semana transcurrían en las bodegas de Izazaga y alrededores de Pino Suárez, en la Ciudad de México. A veces eran días divertidos y otros sumamente aburridos, de regalo nos compraba vestidos muy esponjosos, pero también petos y bermudas, sabía que lo nuestro era andar más cómodas para salir a patinar o en bicicleta.

Otro momento entrañable fue cuando empezaba a manejar y en una de esas me dijo: vamos a una zona más tranquila. Agarramos Churubusco y de repente estaba en la Central de Abasto, era súper despistada y me llevó a la boca del lobo, pero funcionó eso de andar entre trailers y microbuseros desesperados, ya que me dijo: estos no te van a dar el paso y menos por ser mujer, así que no sueltes el clutch y vamos.

Cuando les dije que iban a ser abuelos, su primera reacción fue decirme que eso no era motivo para que quisiera casarme, la desobedecí, pero luego rectifique el camino. Aun así me apoyó siempre y fue la mejor consejera, cómplice y abuela consentidora. Ya en mi vida profesional, siempre me aplicaba la de ‘no soy mamá cuervo’, y zaz, me enumerabas errores, hacías observaciones y, al final, siempre me decía que estaba tan orgullosa.

Me inspira tanto el momento en el que decidiste retomar la pintura, organizar tus exposiciones, hacerte de nuevas amigas para ir al cine, las clases de Tai chi, seguir en el camino, hasta la eternidad a tu flaco, ese pícaro que cuando te pretendía te caía tan gordo, que en algunas ocasiones te quebró el corazón, pero que muchas, muchas veces con lágrimas te juro amor infinito y sabías que era verdad y además le correspondías.

Ha sido un viaje entre tinieblas, sin embargo miro todos esos recuerdos y pienso en lo afortunadas que fuimos mis hermanas, papá y nietxs de contar con esa capacidad tuya de amarnos, procurarnos y dar lecciones de vida. Es terrible, una jodidez de la pandemia al acelerar tu muerte, sin una despedida, llena de miedo, ay mamá, cumpliste tu misión y nosotras te honramos.

Este será el segundo 10 de mayo en pandemia. Ahora se vivirá en unas condiciones menos estresantes, al menos el semáforo epidemiológico estará en amarillo, algo que a muchos nos alarma, ya que el coronavirus y sus variantes siguen en el aire, pero también gracias a las vacunas, sobre todo en adultos mayores, da cierta tranquilidad y ya es posible ir a ver a las jefas, también se les podrá llevar flores al panteón.

Para quienes entre esos 218,000 y pico de fallecidos por Covid-19 perdieron a su mamá, toda la solidaridad y pronta tranquilidad. Es más, si les parece hagamos un pacto y quien encuentre un método para que duela menos, pasa el tip. Una vez más gracias por su lectura y feliz Día de las madres.

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