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Materiales críticos

Aldo Flores Quiroga

Se les llama así porque sus reservas y producción actual se concentra en pocos países y porque son esenciales -con la tecnología actual- para los equipos de generación de electricidad eólica y solar, los vehículos eléctricos, los teléfonos móviles y una larga serie de aplicaciones modernas.

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paneles solares- energía solar
EFE/Elvis González/Archivo

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Dicen que la historia no se repite, pero rima. Y sí, a veces da la impresión de que hemos visitado el mismo conjunto de sílabas una y otra vez en el vasto poema épico de la seguridad energética mundial.

Para muestra basta el botón más reciente: la preocupación con la disponibilidad de los “materiales críticos” para la construcción de la economía digital y la transición energética. Se les llama así porque sus reservas y producción actual se concentran en pocos países y porque son esenciales –con la tecnología actual– para los equipos de generación de electricidad eólica y solar, los vehículos eléctricos, los teléfonos móviles y una larga serie de aplicaciones modernas. Figuran en la manufactura de baterías, imanes permanentes, paneles fotovoltaicos, pantallas de teléfonos y televisiones, focos eficientes, aplicaciones médicas. También destacan en equipos militares de última generación.

La lista de materiales críticos incluye nombres de metales conocidos como el cobalto, grafito, litio, manganeso o níquel, y de otros minerales no precisamente comunes en una charla de café fuera de las facultades universitarias de ciencias, centros de investigación y empresas de tecnología avanzada, como el cerio, diprosio, europio, neodimio, itrio, lantano, neodimio, terbio, telurio, o praseodimio. El gobierno de Estados Unidos y la Unión Europea han publicado listas de más de 30 de este tipo de materiales que consideran críticos.

Hoy se habla genéricamente de ellos en la prensa desde una óptica que sugiere un riesgo grave de suministro. El detonador de esta narrativa fue que China, productora de 80% de minerales raros, impuso a Japón en 2010 el equivalente de un embargo –de corta duración– en la exportación de litio como parte de su disputa por las islas Diaoyu, así como cuotas a la exportación al resto del mundo, activando alertas en las economías y mandos militares de Estados Unidos y Europa. Desde entonces, y especialmente a partir del creciente interés por promover las energías renovables para disminuir la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera, se habla de su escasez potencial y de la restricción que puede implicar para las agendas de transición energética y crecimiento.

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La narrativa recuerda a las preocupaciones periódicas con el suministro de petróleo crudo. En 2008 se hablaba de que habíamos llegado al pico de su producción y que sería muy caro aumentarla. En 1990, la invasión de Irak a Kuwait puso en riesgo a 6% de la oferta mundial y evocó acontecimientos clave de los años 70, como el embargo petrolero y la guerra entre Irán e Irak, que redujeron la oferta mundial de crudo debido a conflictos militares o geopolíticos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el control de reservas de crudo en Azerbaiyán, Indonesia o Texas se volvió en una parte medular de las estrategias militares de Alemania, Rusia, Japón y Estados Unidos.

Ninguna de las predicciones ligadas a estas preocupaciones, que dibujaban un futuro ominoso para la oferta de crudo, se materializó. Más bien ocurrió lo contrario: la oferta de aumentó y se diversificó al mismo tiempo que la demanda se moderó. Como podría esperarse del modelo básico de oferta y demanda, los empresarios encontraron en el alto precio del crudo –y la narrativa de su escasez– el incentivo para encontrar nuevas reservas, desarrollar tecnologías de exploración y extracción, mejorar sus cadenas logísticas; y los consumidores elevaron el almacenamiento y la eficiencia en el uso de derivados del petróleo en el transporte, las fábricas, las plantas de generación eléctrica, los hogares.

¿Será distinta la geopolítica de los materiales críticos a la del petróleo? La geografía de la oferta ciertamente lo es. Estamos acostumbrados a pensar en Medio Oriente como la principal fuente de reservas de crudo y gas, pero la realidad es que hoy están más diversificadas que hace cinco décadas. Las reservas (no la producción) de Venezuela alcanzan el 20% del total mundial, las de Arabia Saudita 17%, las de Canadá 11%. En contraste, la concentración de reservas actuales de materiales críticos es mayor y se ubica en otras regiones. Las de cobalto en la República Democrática del Congo suman 49% del total mundial; Chile posee el 47% del litio (China otro 20%), Sudáfrica el 91% del platino y 29% del manganeso (Ucrania otro 21%). Hay más ejemplos. Para varios de estos materiales basta con dos países para cubrir al menos el 50% de las reservas mundiales.

Podemos esperar una reorientación de esfuerzos diplomáticos y militares para acercar con más énfasis a los países productores de materiales críticos a la agenda energética mundial y las conversaciones sobre seguridad de acceso. Pero no está claro que el ejército de Estados Unidos vaya a aplicar algo parecido a la Doctrina Carter, que afirmaba la intervención militar en el Golfo Pérsico en caso de que cualquier potencia enemiga intentara hacerse del control de las reservas de esa región.

Lo que sí es un hecho es que, como en otras épocas de preocupación, Estados Unidos, Europa y demás países productores de alta tecnología han iniciado la búsqueda de nuevas fuentes tanto en sus territorios y como en otras latitudes. Y la prognosis es aceptable: los minerales raros no lo son tanto, abundan en la corteza terrestre; falta transformarlos de recursos en reservas y eventualmente en producción. Más aun, son reciclables, a diferencia de los combustibles fósiles.

El desafío principal para los mercados de materiales críticos se asemeja al del naciente mercado de crudo. Era pequeño, poco líquido (sin un gran número de transacciones de compra-venta), opaco. Un proceso de años fue preciso para desarrollar la infraestructura física, de transporte, regulatoria, informativa y los acuerdos internacionales que permitieron agilizar y transparentar al mercado. Como resultado, el mercado de crudo de hoy es mucho más transparente y resiliente gracias a su participación en mercados organizados como las bolsas de valores, a las que acuden muchos compradores y vendedores, y las enormes inversiones que se han llevado a cabo para crear redundancia y reducir la incertidumbre en toda su cadena de valor.

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Si el pasado es prólogo, algo parecido debería ocurrir en los mercados de materiales críticos. La clave será, como de costumbre, que las políticas públicas sean sostenidas y congruentes en el largo plazo.

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