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Juan Carlos Baker
Sin arancel

El nuevo pacto trasatlántico

Juan Carlos Baker

A partir del encuentro del G7 y la convención entre EU y Rusia en Ginebra, hay nuevos acuerdos para abordar una gran preocupación: China.

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Joe Biden G7
El primer ministro británico, Boris Johnson (derecha), y su esposa Carrie (derecha) saludan al presidente estadounidense, Joe Biden, y a la primera dama, Jill, durante la cumbre del G7 en Carbis Bay, Cornwall, Gran Bretaña. Foto: Phil Noble/EFE

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Para William, que jamás lo presume, pero siempre ha sido el mejor padre.

Si en la época de la Guerra Fría (e incluso previamente, cuando el enemigo a vencer era el fascismo), Europa y Estados Unidos se veían a sí mismos como el dique que resguardaba al mundo occidental, hoy parecería ser que el tejido del nuevo pacto trasatlántico entre Europa y Estados Unidos está sujeto a la realidad geopolítica, donde China representa un reto formidable. Para enfrentar este reto, Joe Biden está reclutando a los socios tradicionales de Estados Unidos, aquellos que se alejaron durante la presidencia de Donald Trump.

La semana pasada comentamos acerca del renovado impulso que el G7 obtuvo con la participación del presidente Joe Biden. Igualmente, adelantamos que uno de los temas que se abordarían sería qué harían los países del G7 respecto de China. Efectivamente, el G7 emitió duros comentarios contra dicho país, tocando temas que son fundamentales para Beijing, como es la situación de Taiwán, el respeto a los derechos humanos en Hong Kong y las prácticas comerciales de China. Comentarios similares fueron incorporados en el comunicado de la Cumbre Unión Europea–Estados Unidos. Pero al margen de que exista una coincidencia de opiniones en ciertos temas, Europa y otros aliados estadounidenses –entre los cuales se pueden contar con matices a Japón e India– tratarán de obtener algo a cambio de apoyar la agenda estadounidense.

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Teniendo esto en mente, Estados Unidos ha utilizado todas las herramientas con las que cuenta. A manera de ejemplo, vemos que el país vecino pactó con la Unión Europea una solución respecto del caso comercial que estuvo abierto por casi 20 años, que involucraba subsidios otorgados a Boeing y a Airbus y por el cual ambos bandos se habían impuesto sanciones comerciales. Adicionalmente, se estableció un Comité de Comercio y Tecnología, con el objetivo de incrementar el comercio e inversión en ese rubro, evitando nuevas barreras técnicas innecesarias al comercio, facilitando y coordinando, cuando sea posible, la política regulatoria en el sector, para promover la innovación y el liderazgo de compañías estadounidenses y europeas. Al ver estos objetivos, no podemos dejar de pensar en la rivalidad tecnológica en la carrera por el desarrollo del 5G, donde China lleva claramente la delantera.

En su encuentro bilateral, tanto Estados Unidos como la Unión Europea reiteraron el compromiso de fortalecer el sistema comercial multilateral basado en reglas, lo cual se traduce en un apoyo tácito a la Organización Mundial del Comercio (OMC). No obstante, también dejaron en claro que es fundamental cambiar la manera en la que funciona la organización, haciéndola más ágil y con un conjunto de reglas más modernas que le permita atender las preocupaciones que ambas potencias tienen sobre temas como subsidios, la operación de las empresas del estado y otras prácticas que distorsionan al comercio internacional. China es el principal país acusado de seguir este tipo de patrones comerciales.

Esto también implica que Estados Unidos se someterá a las reglas de la OMC y se alejará del agresivo proteccionismo comercial que caracterizó a Donald Trump; de manera muy importante, la Unión Europea logró un compromiso para trabajar en la eliminación este año de los aranceles al acero y aluminio que Estados Unidos impuso por supuestas amenazas a la seguridad nacional. De manera interesante, en este contexto, se señaló la necesidad de que Estados Unidos y la Unión Europea trabajen en atender el problema de fondo de la industria, que es el exceso de capacidad generado por China.

Todos estos temas –comercio, tecnología, cambio climático, derechos humanos, promoción de la democracia, etc.– que hoy incorpora el nuevo pacto trasatlántico son importantes en sí mismos, pero todos adquieren una dimensión adicional al verlos a través del cristal chino, que para algunos países al interior del pacto es de competencia, pero para otros es de una rivalidad casi existencial.

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Indudablemente, todos los países del mundo tienen sus propias preocupaciones, intereses y necesidades respecto de China, y no necesariamente hay una posición homogénea en todas las capitales del viejo continente. Por ejemplo, en algunos lados, seguramente se pensará que el reto chino es mucho más imaginario que real. Pero no cabe duda de que el impulso estadounidense hará que casi todos los países europeos, al menos, reflexionen sobre si la actitud que tienen hacia China es acorde a los retos económicos y políticos que acarrea la relación con este país.

@JCBakerMX

El autor es socio fundador de Consultores Internacionales Ansley –despacho especializado en asesorar a empresas y gobiernos en temas comerciales y económicos–, y académico de la Universidad Panamericana. Durante veinte años, trabajó en el gobierno federal, en diferentes encargos al frente de la agenda de negociaciones comerciales internacionales de México.

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