Nos hablan del “nuevo orden mundial” como si fuera una ruptura histórica, una era inédita nacida de crisis recientes, guerras comerciales y tensiones geopolíticas. Pero en política “lo nuevo” siempre ha sido la constante. Lo que estamos viendo hoy es, en realidad, el regreso de lo más viejo: la lógica del poder duro: aranceles, ejércitos y bloques geopolíticos.
Durante años se sostuvo la ficción de un mundo cooperativo, regulado por organismos internacionales, tratados y consensos globales. Pero desde hace décadas vivimos en un orden distinto al que prometía el multilateralismo posterior a la Guerra Fría. En los hechos, nada cambió.
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El premier de Canadá, Mark Carney lo entendió todo: “si no estás sentado a la mesa, estás en el menú. Estamos regresando a un mundo bipolar, con Washington y Pekín como polos de poder real. No solo se trata de berrinches o discursos, es la fuerza militar, el control de cadenas de suministro, tecnología, energía, influencia regional y narrativa global. El resto de los países vuelve a quedar atrapado entre alinearse (o subordinarse), negociar o resistir.
En el “nuevo” orden no hay novedad: es el viejo juego de las potencias, actualizado con IA, datos y mercados. La diferencia es que ahora ya no se disfraza, hoy el poder volvió a mostrarse sin maquillaje.
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