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Zinemátika

Sobre la (in)utilidad de la crítica de cine

José Arrieta

¿Por qué debería seguir los consejos de alguien que no conozco para gozar de mi tiempo libre? Aquí una reflexión sobre los vicios, los perjuicios y la necesidad de este oficio

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Foto: Alfred Derks en Pixabay.

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Unos minutos antes de sentarme a escribir mi colaboración semanal, mientras lavaba los trastes y reflexionaba sobre Viuda Negra, la película más esperada de este fin de semana y la cual, honestamente, no he visto todavía como la gran mayoría de la gente, tuve una especie de epifanía: ¿a quién le importa la opinión de un crítico de cine?

El triunfo de las redes sociales y, de alguna manera, la democratización de los medios a través de internet, ha hecho que los opinadores se multipliquen exponencialmente. Aun así, como dijera el gran crítico de cine y director François Truffaut, “nadie ha salvado al mundo de las malas películas”. 

¿Qué sentido tiene, pues, sentarse a escribir o a leer la opinión de un ilustre desconocido, con sus filias y fobias, que no distraerán las ganas de nadie de ver Rápidos y Furiosos 29 o la nueva película de Eugenio Derbez, ni los obligará a abrazar las cintas de Apichatpong Weerasethakul en lugar de una modesta comedia para pasar el rato?

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Amar es conocer y conocer es comprender. Si las ves con atención, todas mis películas hablan de eso porque eso es el cine: un acto de amor”, me dijo hace algunos años el cineasta alemán Wim Wenders en una entrevista que realicé para el periódico Reforma, en ocasión del estreno de Los Hermosos Días de Aranjuez. Si no fuera tan cobarde para las agujas, quizá me habría tatuado la frase.

Los actos de amor no se explican, son espontáneos. Y aunque el cine no necesita explicación, sí requiere el consejo de alguien que nos va adentrando en sus entresijos, que nos ayuda a degustar sus imágenes y sus sonidos; los silencios delicados de Tarkovsky, las secuencias de acción de Emmerich o los mundos ideados por Lang requieren a alguien que, como Virgilio hiciera con Dante, nos lleve un poco –no mucho– de la mano para que nosotros elijamos libremente lo que nos guste.

El problema con los críticos es que creen en la verdad y su material es la fantasía”, me contó en otra ocasión Jean-Christophe Berjon, afamado especialista y en su momento director artístico de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes. Es cierto, a veces el crítico se convierte en un pequeño dictador que, detrás de un teclado, ejerce de juez severo para decir qué es malo y qué es bueno, cuáles son las películas que deben verse y cuáles evitarse… ¡y eso es realmente un error!

No he conocido a nadie que, por leer una opinión, haya dejado de ver alguna película. Quizá, eso sí, no presumirán de haberla visto en sus redes sociales, ni se comprarán los muchos –y a veces muy bonitos– artículos promocionales que suelen acompañar a los blockbusters: simplemente recordarán, quizá con una sonrisa, el momento en el que una trama absurdamente sencilla y edulcorada al gusto los apartó del mundo y sus problemas.

Allí entran opiniones más importantes, como la del teórico Roman Gubern, para quien el cine nos permite jugar a ser dioses por dos horas. No podemos hacer nada por salvar a los héroes de la pantalla, ni cambiar su destino fatal: solo podemos esperar, sentarnos cómodamente y mirar con atención lo que otros dioses mayores, llamados directores, guionistas y, en fin, artistas, nos dejaron al alcance de los ojos.

El ejercicio de la crítica es uno de esos oficios que requiere de tiempo, por eso, aunque pululan los jóvenes opinadores de redes sociales, la reflexión real siempre es una mezcla de conocimiento, tiempo y amor. El tiempo es indispensable pues, a diferencia de otras labores cuyo aprendizaje se puede dar de forma intensiva, nadie que se salte una película puede disfrutarla/explicarla debidamente. 

No existe tal cosa como un crítico de cine en edad adolescente o infantil porque, por desgracia y ventura, el cine no es algo que se pueda ingerir en píldoras inmediatas y le hará falta tiempo, humildad y buen ojo para aquella persona que quiera dedicarse honestamente a esta labor, satisfactoria sí, pero que a nadie ha hecho millonario… al menos que yo sepa.

Así, aunque en palabras del magnate de la prensa William Randolph Hearst la crítica es “el apéndice maldito del oficio más inútil del mundo: el periodismo”, como acto de amor contagioso es importante, puesto que puede inspirar a otras personas a asomarse a otras formas de ver el mundo, de contarlo a través del cine. Compartir, comprender, conocer y amar y volverlo a hacer en un ciclo interminable, parafraseando lo dicho por Wenders.

Ese pues, es el sentido de la crítica. Y esas son el tipo de reflexiones que provocan los trastes sucios en la cocina.

*José Arrieta colaboró durante 10 años con la columna “Las 10 Básicas”, en el periódico Reforma, fue crítico de cine en Mural por 5 años y, durante ese tiempo, escribió en “Reflector”, la publicación oficial del Festival Internacional de Cine en Guadalajara. Instagram: @zinematika

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