¿Estrategia Digital Nacional o de la Decepción Nacional?
Entre nodos

Periodista especializado en Tecnología con especial interés en la privacidad, el espionaje, la ciberseguridad y los derechos en la esfera digital. Observador de realidades, a veces provocador y defensor de la igualdad, la inclusión y el libre albedrío.
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¿Estrategia Digital Nacional o de la Decepción Nacional?
Foto: Glenn Carstens-Peters / Unsplash.

Discreta, silenciosa (quizás demasiado) y sin aspavientos: así fue la llegada de la nueva Estrategia Digital Nacional (EDN) el pasado 16 de agosto. Se trata de un documento de 16 cuartillas suscrito por Emiliano Calderón, coordinador de la EDN de la Oficina de la Presidencia de la República, sobre la política pública transversal que debería marcar el camino hacia un desarrollo basado en las tecnologías. Y esto ocurre en la mitad del sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador.

El contraste con la primera EDN que tuvo nuestro país en el sexenio de Enrique Peña Nieto es evidente. En ese entonces –noviembre de 2013– hubo un lanzamiento con bombo y platillo encabezado por su entonces coordinadora, hoy senadora del Partido Verde, Alejandra Lagunes. La segunda estrategia del país, ahora morenista, solo mereció una discreta publicación en el portal de la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria para cumplir con el trámite y prácticamente ninguna intención de socializarla entre la población. Basta revisar el documento para entender las razones de la escasa publicidad.

El documento tiene cinco principios: austeridad, combate a la corrupción, eficiencia en los procesos digitales, seguridad de la información y soberanía tecnológica. Pero al enumerarlos no se hace más que una retórica carente de análisis sobre la realidad de la que parte cada uno de ellos. 

Habla de disminución del gasto, pero no menciona cómo ni cuánto; habla de prácticas injustas y leoninas, pero no ofrece un plan específico para combatirlas; habla de eficiencia, pero no especifica en cuáles procesos hay áreas de oportunidad; habla de estabilidad, protección y certidumbre de la información, pero no hace referencia a los riesgos y amenazas que se deben combatir; habla de soberanía, pero no dice cómo crear alianzas con comunidades de software libre para impulsar el desarrollo y depender cada vez menos de las grandes tecnológicas extranjeras… vamos, hacer una red social de la 4T dista mucho de esto.

¿Dónde está la ruta para impulsar las habilidades digitales, la profesionalización y el desarrollo software libre que pueda fomentar la innovación, en lugar de seguir alimentando a los gigantes tecnológicos con onerosos contratos y licencias, menoscabando además la neutralidad tecnológica? Esto es necesario para apuntalar el principio de soberanía.

Quizás era muy ambicioso pensar que la segunda EDN del país incluiría programas de desarrollo de tecnologías como la robótica, el blockchain, la inteligencia artificial y el big data. Mucho menos pensar que en el eje de seguridad se contemple el enfoque ciudadano hacia la integridad de sus datos personales y sensibles, los controles en la vigilancia de las comunicaciones y el espionaje electrónico o, al menos, una mención al Manual Administrativo de Aplicación General en Materia de Tecnologías de la Información (MAAGTICSI).

Recordemos que fue precisamente el espionaje electrónico, la corrupción, la opacidad gubernamental y lo tardío de su diseño lo que truncó la ejecución de la Estrategia Nacional de Ciberseguridad, que estaba a cargo de Víctor Lagunes Soto Ruiz, CIO de la presidencia (y hermano de Alejandra) a finales del sexenio pasado.

En este momento quizás alguien diga: la nueva EDN sí tiene objetivos específicos, de hecho son nueve. Y sí, pero los objetivos específicos de toda estrategia deben cumplir ciertos requisitos, incluyendo que sean cuantificables o medibles, que se establezca un determinado tiempo para el alcance de cada uno de ellos y que sean realistas. En el documento solo cumplen con la característica de que inician con un verbo en infinitivo.

Ninguno de los objetivos tiene una fecha límite para cumplirse, tampoco establecen un indicador que permita medir su impacto o alcance y hay algunos que carecen de realismo como el número 8: “promover el despliegue de internet a todas las zonas sin cobertura, para lograr la cobertura universal de internet a la población”.

¿Por qué digo que este objetivo no es realista? Porque la EDN no menciona algún punto inicial, medible, del cuál partir para cumplir el objetivo de conectividad. Lo único que hay es una interpretación, de nuevo, retórica sobre la realidad: “es prioritario cerrar la brecha de acceso a internet, pues una proporción muy grande de la población mexicana aún no cuenta con este servicio. Este segmento marginado de la población no resulta atractivo para la inversión privada y se encuentra en las zonas periféricas urbanas y en las comunidades rurales más alejadas y pobres del país”.

Este párrafo en especial llama la atención porque teniendo datos confiables, como los de la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH), elaborada conjuntamente por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), la EDN simplemente los ignora. Abro paréntesis: esto dice mucho del desprecio del actual gobierno hacia los órganos autónomos, a pesar del valor que generan en nuestra sociedad, en este caso, el de la información. Cierro.

Con esta crítica no quiero decir que la primera EDN fue lo mejor que tuvimos y, mucho menos, exitosa. Al momento de su lanzamiento, la estrategia de Peña Nieto tenía objetivos poco claros, además de que carecía de indicadores y plazos para cumplir las metas. La única fecha definida era 2018, el fin de su gobierno, cuando se aspiraba a ser el país latinoamericano líder de la OCDE en cuanto a digitalización, un objetivo que no se cumplió.

Esta versaba sobre cinco ejes más globales: transformación gubernamental, economía digital, educación de calidad, salud universal y efectiva, y seguridad ciudadana. Mencionaba ciertos habilitadores como la conectividad, la inclusión de habilidades digitales, la interoperabilidad tecnológica, el marco jurídico y una política de datos abiertos. Siendo justos, de esa estrategia, la ciudadanía puede aprovechar una deficiente red wifi en edificios públicos (a costa de proporcionar datos personales), la ventanilla única del gobierno federal (el portal gob.mx) y el acta de nacimiento digital. 

Pero al igual que su antecesora, la nueva EDN adolece de una ausencia de objetivos cuantificables, fechas específicas, metas claras, presupuesto etiquetado para su ejecución e indicadores que permitan evaluar su cumplimiento. Aquí no hay un horizonte claro al cual se quiera llegar en 2024, solo adornos al discurso de la austeridad.

Uno esperaría que, a raíz de la pandemia por Covid-19 que nos llevó a migrar hacia ambientes digitales, el gobierno hubiera articulado una política pública concreta, con planes detallados, con presupuestos asignados y con metas dignas. Es imprescindible redoblar los esfuerzos para erradicar la brecha digital, y garantizar los derechos como el de la información y la libertad de expresión, así como el acceso a los servicios sobre todo en tiempos en que salir de nuestras casas representa un riesgo sanitario mayor. Pero la EDN resultó ser solo una decepción.

Las y los mexicanos merecemos una verdadera Estrategia Digital Nacional, una política pública digital que nivele el piso ante las desigualdades y nos haga competitivos con el desarrollo de habilidades digitales, que nos garantice la seguridad en ambientes físicos e informáticos y no nos condene a la obsolescencia frente al mundo. De lo contrario, la austeridad digital puede salirnos cara.