Juan Gabriel, crónica de un luto nacional
Contextos

Reportero egresado de la UNAM. Durante los últimos dos años cubrió la fuente de educación, Ciudad de México y Derechos Humanos. También siguió el inicio y desarrollo de la pandemia de Covid-19 en la capital del país, así como sus repercusiones económicas y sociales. Actualmente está al frente de una publicación digital e independiente, la cual está dedicada a promover el danzón a partir de material periodístico. Twitter: @arturoordaz_

Juan Gabriel, crónica de un luto nacional
El Divo de Juárez. Foto: Cortesía / www.gob.mx

El 28 de agosto de 2016 fue domingo. Esa tarde, me encontré con una nota en redes sociales sobre la muerte de Juan Gabriel. La di por falsa y comencé a buscar más información; no encontré indicios sobre el fallecimiento del cantante. Cinco minutos después explotó la bomba mediática, todos los portales confirmaron el deceso del Divo de Juárez.

La música de Alberto Aguilera Valadez formó parte de mi vida desde la adolescencia. Aquella noche, el extraño sentimiento de ausencia me trasladó a la Plaza de Garibaldi. Apenas una docena de personas se habían reunido en la estatua del artista para cantarle sus canciones. Las caras de dolor y desconcierto se fueron multiplicando. El coro de “Amor Eterno” se hizo más fuerte que la voz del grupo de mariachis que le fue a cantar, sin cobrar, al autor de más de 1,800 canciones. “Él nos dió de comer por muchos años, es lo menos que podemos hacer”, me confesó uno de ellos.

La mancha de gente alrededor de la figura de Juan Gabriel fue creciendo. Varios vasos de plástico comenzaron a circular entre la gente para juntar dinero y que los músicos siguieran tocando. No faltó el espléndido que “pichó” una hora de canciones. Las copas de alcohol también comenzaron a circular. No importó que los reunidos ahí jamás nos hayamos visto antes, el dolor y la “cuba” se compartieron.

Como fiesta patronal, un conjunto de luces de colores comenzaron a explotar sobre el oscuro cielo. A lo lejos, se podía observar como avanzó una horda de nuevo dolientes cargando arreglos florales de casi dos metros de altura. A su paso, mientras los fuegos artificiales salían como serpientes desde el centro de la tierra, otro conjunto de mariachis estaba al final de la cola.

Desde la esquina, un grupo de patrulleros se miraban unos a otros con caras confundidas. Para esa hora, la masa de gente los multiplicaba por mucho. Las cámaras de las televisoras también se hicieron presentes. En tanto, un altar de veladoras, flores y carteles ya se había montado en el perímetro más cercano al monumento de bronce del autor de “Costumbres”.

Al siguiente día, una conferencia de prensa en una sala del Palacio de Bellas Artes me obligó a atravesar la ciudad. De varios carros estacionados bajo luz roja de Paseo de la Reforma salían varios éxitos del Divo, mientras los pregoneros de la información paseaban la noticia del duelo nacional entre los espejos de los automóviles.

Al filo del mediodía, un pequeño conjunto de no más de 10 personas exigían afuera del mítico edificio de mármol blanco que las cenizas del cantante regresaran a donde cantó por primera vez en mayo de 1990. Una semana después, esas peticiones se hicieron realidad.

El lunes cinco de septiembre a las 10 de la mañana, era kilométrica la fila afuera del Palacio de Bellas Artes. Las vallas de acceso obligaban a los interesados en ver los restos del cantautor a formarse casi desde la salida del Metro Hidalgo. De varios camiones foráneos, comenzaron a descender decenas de grupos de fans con bocinas, carteles y playeras del mismo diseño.

Sobre la Alameda Central se estableció un río de casi 700 mil imitadores y admiradores que le quisieron dar el último adiós al ser atrevió a vestir un traje de charro color rosa mexicano. En la pequeña explanada de la catedral de las artes escénicas en México se montó un escenario para los artistas que le cantaron al luto nacional. A un costado, un corral para medios nacionales e internacionales que reportaron la cuarta y última visita de Juan Gabriel a Bellas Artes.

La circulación de Avenida Juárez y Eje Central avanzaron con normalidad, mientras la gente esperaba ansiosas la llegada de las cenizas que provenían de Ciudad Juárez. Cuando la carroza llegó a la intersección, los automóviles de ambas vías no tuvieron opción más que detenerse por la cantidad de personas que se lanzaron contra el vehículo que transportaba los restos del Divo. El tumulto provocó que la entrada al recinto fuera cada vez más lenta.

“Adultos mayores y personas discapacitadas primero”, esa fue la indicación que nos dieron a todos los que por más de cuatro horas esperamos que comenzara la ceremonía. Mientras los descendientes del cantante sostenían una pequeña urna color café, a los costados el mariachi entonó “el recuerdo más triste de Acapulco”.

Tal como una peregrinación a la Basílica de Guadalupe, durante dos días miles de seguidores esperaron una larga fila para observar por apenas 10 segundos la urna con las cenizas de quien le escribió canciones a más de 200 artistas.

Se ha cumplido el primer lustro de un mundo sin Juan Gabriel. Durante 45 años se dedicó a formar un patrimonio y una memoria eterna. Aunque era considerado un showman y tenía un poderoso timbre vocal, su mayor virtud fueron las letras, según confesó alguna vez. No todas sus composiciones son excelentes, pero logró retratar en palabras tan sencillas sentimientos muy difíciles. Un traductor del alma para los enamorados, los taciturnos y quienes le quieren dar gracias a la vida. “Gracias por cantar mis canciones”, fue uno de sus últimos pregones. Y las seguiremos cantando.