Lugares que ya no están
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Es jefe de información en Imagen Noticias con Yuriria Sierra en Imagen Televisión. Ha colaborado en Nexos, Proyecto 40 y Dónde Ir.  IG y TW: @alanulisesniniz

Lugares que ya no están
Foto: Arturo Ordaz/La-Lista

Irreconocibles. Lugares irreconocibles. Ajenos. Era un restaurante, en la esquina de Medellín y Bajío, jamás comí ahí, siempre tuve curiosidad. Desde afuera se veía un lugar sumamente tradicional: mesas con manteles blancos, sillas de madera, como de película de los 70, con cojín color vino, meseros con filipina y moño. Pasé por ahí varias veces y jamás entré. Hoy ya no existe, ahora el local es ocupado por la sucursal de una franquicia de artículos para mascotas.

Otro lugar en la colonia Roma, una tienda de conveniencia que fue paso rumbo a la fiesta: comprar cigarros, un hot dog o las cervezas de la noche; también en una esquina, también hoy parte del pasado.

Un edificio sobre Baja California, en la planta baja albergó una tienda de pinturas, pero después del sismo de 2017 quedó inhabilitado, aunque hasta antes de la emergencia sanitaria su demolición no había comenzado. Hoy el sol ya entra por las ventanas del edificio de un costado y que por años permaneció en la sombra.

Uno más: se llamaban “Los Originales”, ubicados también en una esquina, era una taquería, su anuncio recordaba al de los Multicinemas, tenía jueves pozolero al 2×1. Hoy en ese lugar, en el que se asomaban sus marquesinas color azul, ya solo hay bardas blancas que protegen un terreno vacío. Solo algunos ejemplos de lo que me he encontrado al caminar por la ciudad, referencias de mi rutina que se fueron con los meses de pandemia.

Pasaron casi dos años para tener algunos días libres y en “libertad”, escrito así, entre comillas, porque ahora esa “libertad” la entiendo como la posibilidad de salir con más tranquilidad al saber que estoy vacunado, que la inmunización en la población general avanza y que los índices afirman que la posibilidad de un contagio grave se reducen considerablemente. Además, tengo el compromiso personal de seguirme cuidando: el cubrebocas seguirá como un accesorio que se toma junto a las llaves de casa al salir de ella. Y reencontrarme con esas zonas, algunas que son más bien referencias de personas, ha resultado un ejercicio muy curioso, porque las calles se sienten muy distintas. Recorrer las zonas a las que acostumbramos ir y que hoy ya no existen o establecimientos que se transformaron y ahora son atendidos por personas que ya no nos conocen, ya no hay nadie que nos llame por nombre y pregunte: “¿michelada Victoria?”. Solo están aquellas esquinas que se quedaron inmortales en Instagram, porque ahora son puntos huecos por las demoliciones o porque sus fachadas están llenas de letreros con anuncios de alquiler.

La pandemia también transformó nuestros espacios. Coincido con quienes creen que la zonas de restaurantes lucen mucho mejor con las calles llenas de mesas y no de autos; coincido también con que hoy la prioridad para reunirse con varias personas sea un lugar al aire libre; coincido con la sacudida de culpa al decir “no” a actividades sociales que hoy, después de estos meses de encierro, lucen tan innecesarias. Aunque mi bicicleta lleva años con las llantas ponchadas, coincido también con la conveniencia de carriles confinados. Más bicis, menos autos…

Pasamos un encierro, toca reencontrarnos con ese entorno y darles nuevos significados.