En muchas ocasiones desde la academia nos hemos hecho la pregunta de cuál será el ritmo que tomará cada administración federal (y local) desde el momento en que da comienzo y que empieza a dar las primeras señales de los objetivos que va a perseguir. Sin duda, las administraciones del presidente López Obrador y de la presidenta Sheinbaum se han caracterizado por los ambiciosos planes de cambio que han manifestado incluso desde antes de iniciar y por lo vertiginoso que ha sido el ritmo no solo para establecerlos en las normas, sino para buscar implementarlos.
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No obstante, es claro que para un país del tamaño y con las complejidades que plantea el nuestro, estos pasos acelerados colisionan a menudo con la realidad, ya sea la impuesta desde su interior de manera voluntaria e involuntaria, o ya sea la que se presenta desde fuera de nuestras fronteras.
A lo largo de estos más de 7 años en que con un apoyo popular inédito en tiempos modernos llegó la conocida como “Cuarta Transformación”, hemos sido testigos de una gran cantidad de cambios que han reconfigurado no solo la estructura del poder público en México, sino de un vuelco en el discurso que se escucha de manera cotidiana y que, definitivamente, ya ha permeado en buena parte de la población.
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En el día a día hemos visto cómo se plantean cambios que en no pocas ocasiones han soslayado lo que pueda opinar la oposición y en los que, a pesar de promoverse espacios de diálogo para escuchar a todas las voces, lo cierto es que los proyectos originales se mantienen prácticamente intocados. Ello además de demeritar la deliberación democrática mínima indispensable, hace que la calidad de las decisiones que se toman sea ampliamente mejorable.
Si bien es cierto que el sistema político mexicano por mucho tiempo se resistió a plantear reformas verdaderamente profundas y esto llevó al país a muy amplias pausas que generaron atrasos en temas fundamentales, también lo es que a juzgar por los golpes de timón legislativos que hemos observado, las muy serias fallas que se han ido presentando en diversas obras de infraestructura y, el desgaste interno que ha sufrido el grupo en el poder, la prisa por transformar al país ya ha acarreado tanto consecuencias positivas como negativas.
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De esta manera, desde la academia hoy podemos contestar nuestra pregunta inicial y saber que estamos ante un ritmo vertiginoso que debemos analizar de manera paralela.
Buena parte de lo visto hasta ahora tendrá que venir seguido de una serie de reformas en todo nivel normativo, lo cual requerirá de esfuerzos extraordinarios en aras de buscar un orden jurídico y una estructura institucional a la altura de los retos planteados en la actualidad, siendo primordial su debida implementación para que todo lo que nos ha costado mucho esfuerzo construir no solo sobreviva, sino que sea mejorado.
Lo mejor en este 2026 para todas y para todos.