La infraestructura silenciosa que sostiene a México cuando tiembla

Lunes 5 de enero de 2026

Ingrid Motta
Ingrid Motta

Doctora en Comunicación y Pensamiento Estratégico. Dirige su empresa BrainGame Central. Consultoría en comunicación y mercadotecnia digital, especializada en tecnología y telecomunicaciones. Miembro del International Women’s Forum.

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La infraestructura silenciosa que sostiene a México cuando tiembla

En 1904, el país participó en la fundación de la Asociación Sismológica Internacional.

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México es, por definición, un país sísmico.

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Redes sociales

El viernes 2 de enero volvió a temblar, con fuerza. Y, como siempre, las redes sociales se llenaron de preguntas, reclamos, memes y teorías. Emergieron especialistas y nuevos supuestos expertos. Pero si algo deberíamos haber aprendido después de 1985 y 2017 es que el debate no debe centrarse en sí “sonó o no sonó” la alerta, sino en la infraestructura científica, tecnológica y de ingeniería que opera todos los días, incluso cuando no sentimos nada, para evitar que México repita sus tragedias.

México es, por definición, un país sísmico. Pero también ha construido, a lo largo de más de un siglo, uno de los ecosistemas de monitoreo y alerta temprana más avanzados del mundo. El problema es que casi nadie lo conoce. Y cuando no se conoce, se desconfía. Cuando se desconfía, se politiza. Y cuando se politiza, se pierde el mensaje que propone, la prevención. Esta columna busca regresar la conversación a donde realmente importa.

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La historia sísmica moderna de México no comenzó con una catástrofe, sino con base en la ciencia. En 1904, el país participó en la fundación de la Asociación Sismológica Internacional. Como parte de ese compromiso, se creó el Servicio Sismológico Nacional, que inauguró su primera estación en Tacubaya en 1910. Desde 1929 forma parte de la UNAM y, desde 1948, del Instituto de Geofísica. Hoy opera más de 60 estaciones de banda ancha, redes telemétricas y monitoreo continuo. Su función no es propiamente alertar, sino registrar, analizar y entender. Es la base científica sobre la cual se construye todo lo demás, reglamentos, mapas de riesgo, estudios de suelo y protocolos de protección civil. En un entorno donde el debate público suele reducirse a apps y alertas, conviene recordar que sin el Servicio Sismológico Nacional no habría alerta, ni ingeniería antisísmica, ni datos confiables.

En 1991, México se convirtió en pionero global al crear el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano, operado por el CIRES. Fue la primera alerta sísmica pública del mundo y sigue siendo una de las más robustas. El sistema opera con 96 sensores ubicados en la franja sísmica más activa del país, Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Puebla. Sus alertas benefician a más de 25 millones de personas en ciudades como Ciudad de México, Puebla, Morelia, Oaxaca, Acapulco, Chilpancingo, Toluca, Cuernavaca y Colima. Lo más relevante, más allá de su cobertura, está en la lógica científica que la sustenta. Para emitir una alerta, al menos dos estaciones deben detectar energía sísmica por encima de un umbral. Se evalúan la magnitud estimada, la distancia y la energía esperada para cada ciudad.

Los criterios que activan la alerta sísmica son específicos y se basan en la magnitud del sismo, su distancia y el nivel de energía que podría afectar a cada ciudad. Por ejemplo, se activa si ocurre un sismo fuerte relativamente cerca, o uno muy intenso, aunque esté más lejos. Todo ese cálculo sucede en cuestión de segundos gracias a un sistema que compara distintas señales que viajan desde el epicentro. Para eso, se utilizan tres métodos automáticos que estiman rápidamente la magnitud y ayudan a anticipar la intensidad con la que podría sentirse el temblor en diferentes zonas. No es una predicción, más bien una estimación veloz y técnica. La alerta sísmica es eso: ingeniería de precisión puesta al servicio de la población.

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Conviene recordar que la alerta solo sirve para ganar tiempo. La verdadera defensa frente a un sismo está en la ingeniería. El Instituto de Ingeniería de la UNAM opera mesas vibradoras capaces de recrear terremotos históricos y escenarios sintéticos. Ahí se prueban materiales, se evalúan estructuras, se simulan fallas y se generan datos que alimentan los reglamentos de construcción. Científicos de alto nivel trabajan de manera silenciosa, técnica y poco mediática, pero gracias a ellos muchos edificios modernos resistieron en 2017 lo que habría sido devastador en 1985. La ecuación es clara: alerta, más ingeniería, más educación, equivale a resiliencia. Si una falla, todo el sistema se rompe.

En la última década surgieron plataformas privadas como SkyAlert y SASSLA. Cada una con modelos propios, redes distintas, audiencias definidas y estrategias de comunicación agresivas. Su existencia diversifica los canales y presiona al sistema a modernizarse. El problema aparece cuando la conversación pública se convierte en una competencia por ver quién manda la notificación primero. La alerta sísmica no es una carrera de velocidad, sino un sistema de protección civil que debe ser coherente, verificable y responsable. México enfrenta aquí un reto urgente, integrar mejor a los actores privados sin sacrificar el rigor científico ni generar falsas expectativas.

Otros países también enfrentan amenazas sísmicas y han avanzado en la integración tecnológica y ciudadana. Japón incorpora su alerta directamente en los sistemas operativos móviles. Estados Unidos opera ShakeAlert en la costa oeste. Chile combina monitoreo intensivo con cultura de simulacros. México no está rezagado en tecnología. De hecho, fue pionero en alerta temprana. Donde sí vamos detrás es en la cobertura nacional completa, en la educación pública que explique qué esperar y qué no de una alerta, en la integración real de sistemas privados bajo criterios unificados y en una comunicación clara, científica y despolitizada. La tecnología está, pero la gobernanza no está a su altura.

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Cada vez que tiembla, la conversación se desliza hacia lo superficial. Pero si realmente queremos un país más seguro, deberíamos exigir presupuesto estable para el Servicio Sismológico Nacional, el CIRES y los laboratorios de ingeniería, actualización constante de los reglamentos de construcción, cobertura ampliada de sensores y redundancia en las comunicaciones, educación pública efectiva sobre cómo funciona la alerta y por qué no predice sismos, y una coordinación real entre el Estado, la academia y el sector privado. Ahí es donde debe estar la conversación.

Tembló el viernes. Ha seguido temblando. Volverá a temblar. Lo único que podemos controlar es la calidad de nuestra infraestructura, la claridad de nuestra comunicación y la seriedad con la que abordamos un tema que define la vida en este país. México ya no es un país que solo reacciona a los sismos. Es un país que ha construido, con ciencia, ingeniería y tecnología, un sistema que el mundo estudia.

Ahora falta que lo entendamos nosotros.

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