Ante la polarización, ¿es posible hacer política desde el centro del espectro?
Intringulis Legislativo

Maestra en Gobierno y Políticas Públicas por la Universidad Panamericana. Socia fundadora de InteligenciaMás, firma especializada en asuntos gubernamentales y análisis del entorno político nacional. Desempeñó cargos de alto nivel en la SHCP encabezando los equipos de negociación en el Congreso, asesora legal en la Comisión de Hacienda de Diputados y abogada especialista en amparo en la Procuraduría Fiscal de la Federación. Twitter: @jimena_ortiz

Ante la polarización, ¿es posible hacer política desde el centro del espectro?
Los integrantes del grupo parlamentario Plural. Foto: Especial

La Junta de Coordinación Política (Jucopo) del Senado reconoció formalmente al grupo parlamentario Grupo plural, integrado por cinco senadores que dejaron los grupos parlamentarios de Morena, PAN y PT más el senador independiente Emilio Álvarez Icaza.

El Grupo plural no goza de los mismo derechos y prerrogativas que otros grupos parlamentarios. En un acuerdo, la Jucopo detalló que los senadores de ese grupo podrán actuar única y exclusivamente en los trabajos legislativos que desarrolle el pleno del Senado, pero no tendrán participación en los órganos de gobierno interno ni en la Mesa directiva. Tampoco podrán acceder a los derechos y prerrogativas contenidos en las legislaciones correspondientes, otorgados a los grupos parlamentarios que fueron constituidos al inicio de la LXIV Legislatura, en días recientes, se les negó representación en la Comisión Permanente que funcionará en el receso de la presente legislatura.

No obstante, el Grupo plural tendrá carácter de invitado permanente sin voto en la Junta de Coordinación Política y en la Mesa directiva. Por lo anterior, y de acuerdo con la legislación electoral, este tipo de coaliciones no tienen fuerza legal, su aportación únicamente enriquecerá la discusión política de la Cámara, sin que su opinión sea vinculante. Entonces, ¿para qué hacer esta coalición con tintes bizarros?

De cara a la polarización que vivimos, al ínfimo nivel de debate parlamentario que atestiguamos recientemente, esta clase de grupos resultan necesarios o, cuando menos, interesantes. Son “prácticas”, en el sentido del filósofo Alasdair MacIntyre, de costumbres sociales que buscan evitar que la maquinaria de la democracia se destruya. Según Agustina Carriquiry, la historia no es cíclica ni se repite, pero a través de sus patrones nos alecciona. El aprendizaje que nos otorga la historia apunta a la comprensión que nos revelan los caminos recorridos por otras naciones. Con este objetivo en mente, los académicos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt buscan identificar también los comportamientos de políticos que ponen en riesgo nuestras democracias a través de su libro Cómo mueren las democracias.

En los últimos años, investigadores de todas partes del mundo indagaron sobre una preocupación latente: la crisis de las instituciones democráticas y el futuro de la democracia. Falta de interés en la política, decrecimiento del apoyo a la democracia como el mejor sistema de gobierno, caída de la confianza en instituciones democráticas y en políticos son algunos de los varios signos que reflejan la insatisfacción política de los ciudadanos.

Esta tendencia pareciera estar confirmada por estudios de The Economist Intelligence Unit (2018), Pew Research Center (2019) y Freedom in the World (2018) que documentan una disminución de la salud de la democracia. Si bien los estudios convienen en la existencia del deterioro de la confianza en el sistema y de desilusión hacia las instituciones políticas, también registran el aumento de la participación política de los ciudadanos. Con este paradójico panorama mundial, salvaguardar las democracias sigue siendo una opción, pero ¿cómo?

Hasta hace algunas décadas estábamos acostumbrados a que un golpe de Estado violento fuera el comienzo de la muerte –en algunos casos agónica y en otros más rápida– de la democracia. Sin embargo, no existe una única forma de destruir una democracia. Levitsky y Ziblatt identifican otras formas de desmantelar una democracia que, siendo igualmente destructivas, son más utilizadas en la actualidad. Los casos analizados por los autores reafirman lo que Daniel Innerarity concluye en su libro La política en tiempos de indignación: la mejor forma de destruir una democracia es hacerlo democráticamente. Mientras antes se trataba mayoritariamente de dictaduras militares, hoy las democracias mueren en las manos de líderes electos que hacen uso del poder para subvertir los mecanismos democráticos a través de los cuales fueron elegidos. Sin embargo, la historia revela que, dentro de las varias formas a través de las cuales autoritarios acceden al poder, se reitera la del ascenso de aquellos que ya se encuentran dentro del sistema político. Así, el pacto de alianzas políticas gubernamentales o electorales, y la legitimación de determinadas figuras por parte de reconocidos políticos, puede exaltar y alimentar la creación de destructores de la democracia.

Un ejemplo que presentan los autores es el del expresidente Rafael Caldera en Venezuela. Debido al descenso de su popularidad y a la proximidad de las elecciones, en 1993 Caldera pronunció un discurso que se montaba en el mensaje antisistémico del entonces militar y golpista Hugo Chávez. Si bien ese discurso impulsó la candidatura de Caldera que gobernó Venezuela nuevamente, también legitimó la figura de Chávez, quien posteriormente fue electo como presidente de Venezuela. En lugar de denunciar a Chávez como un líder autoritario, las intervenciones públicas de Caldera no hicieron más que abrirle a Chávez las puertas a la política.

En este sentido, los partidos políticos tienen el rol de frenar el crecimiento de figuras autoritarias, ser los guardianes de la democracia, los principales responsables de actuar como catalizadores o inhibidores de autócratas. Sin embargo, muchas veces salvar una democracia y evitar el ascenso de candidatos autoritarios significa renunciar al éxito del propio partido político o a las prerrogativas atadas a la pertenencia al partido, algo a lo que no todos están dispuestos. Recientes casos prueban ambos, el éxito de coaliciones que se formaron para confrontar a líderes autoritarios y el fracaso electoral en el que autócratas llegan al poder a causa de la inacción de los partidos. Por ejemplo, en el caso de los primeros, la formación de la coalición puede darse incluso entre partidos políticos con orientaciones ideológicas muy diferentes y hasta contrarias. Sin embargo, la coalición se pacta a sabiendas de que los pactantes actúan por un bien mayor. En estos casos, los pactantes también son conscientes de que la coalición conlleva arriesgar el triunfo de determinado partido y hasta perder representación parlamentaria.

Se puede ver, por ejemplo, en las coaliciones electorales o gubernamentales que realizan los partidos políticos. En 2019, los españoles tuvieron que votar en abril y en noviembre, pues no se conseguía una mayoría para gobernar. Entre otras cosas, esto condujo a que los españoles tuvieron que concurrir a las urnas cuatro veces en los últimos cuatro años. En Uruguay, la segunda vuelta acaba de disputarse entre el partido de gobierno, la coalición Frente Amplio, y una coalición de partidos encabezada por el Partido Nacional.

En México, la mayoría del partido Morena y sus aliados representan una unidad absoluta a la voluntad del Ejecutivo federal. Si bien la difícil coalición de partidos de oposición mostró cierta eficacia en las elecciones intermedias, la complicada trama que sembró el Ejecutivo federal con su iniciativa de reforma constitucional energética ha puesto en jaque a más de un priista de la coalición y, con ello, ha cimbrado sus frágiles cimientos. El surgimiento del Grupo plural es claramente síntoma de esta crisis de partidos. Críticos como Fernando Dworak afirman que este intento nació fracasado y terminará igual. Otros, lo consideran como un intento valioso para correr la agenda hacia el centro del espectro político como lo lograron hacer en sus transiciones Chile, España o Alemania. Lo cierto es que algo hay que hacer con tanta polarización que nulifica los procesos parlamentarios. Al menos otorguemos el beneficio de la duda.

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