Saber, creer, desear
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

Saber, creer, desear
Foto: Especial

La semana pasada, conversando sobre el post mortem de la reforma eléctrica, me topé de nuevo con enunciados ya muy trillados que podrían resumirse en dos extremos y que seguramente continuarán siendo parte del debate en esta y la siguiente administración presidencial (y todo indica, las que le sigan):

  • Los empresarios privados son abusivos, solo la Comisión Federal de Electricidad (CFE) debe encargarse de la oferta eléctrica del país.
  • La CFE es ineficiente, solo los empresarios deben encargarse de la oferta eléctrica del país.

Entre ambos extremos hay, sin duda, muchos otros enunciados más moderados y con diferentes tonalidades de gris. Pero estos sirven para delimitar los términos de los argumentos más simples y, al parecer, más generalizado.

En ambos casos se presume dolo de una de las partes e incapacidad de la otra. En el primero, el supuesto implícito es que como el gobierno es incapaz de gobernar, controlar o regular con eficiencia y sin corrupción al sector privado, debe hacerse del control total de la industria eléctrica para beneficio de la ciudadanía (que el gobierno sea en efecto capaz de actuar de este modo es otro gran supuesto). En el segundo, como los ciudadanos son incapaces de controlar y evitar la corrupción de la empresa del Estado o al gobierno, es mejor que la industria sea privada y –ojalá– competitiva.

¿De dónde proviene el sustento de enunciados como estos? ¿Por qué tanta convicción de uno u otro extremo de la discusión? ¿Cuáles datos y cuál andamiaje lógico respaldan esas posiciones? ¿En realidad es todo esto tan claro?

Saber, creer y desear son tres verbos que recogen buena parte del origen de los argumentos.

Saber: Hay quienes simplemente saben por axioma o conforme a alguna lectura particular de la evidencia. Para algunos es obvio que los empresarios o el gobierno son malos o buenos. Punto. No hay más que discutir.

Para los proclives a la lectura de datos, la evidencia puede sugerir un sinfín de cosas según el observador. A veces indica patrones y lecciones generalizables; otras, apunta hacia saltos lógicos discutibles. La comparación es un lugar común: si los países de tal nivel de ingreso o región estructuran su sector así y con resultados favorables, nosotros deberíamos hacerlo también.

Creer: Otros no revisan la evidencia, pero creen que el mundo funciona de tal o cual forma porque tienen la corazonada o confían en los dichos de alguna voz con autoridad formal o moral –el gobernante, el científico, el místico–. Me has presentado unos datos, pero confío en la interpretación de alguien más, sospecho (quién sabe por qué) que son insuficientes, que pronto encontraré unos que te contradigan, o simplemente afirmo que tengo otros datos. Aquí conectan con el saber axiomático: no importa cuántos datos me presentes, yo sé lo que sé y por eso es verdad.

Desear: Otros más desean que el mundo funcione de una manera reconfortante para su forma de ser y sus preferencias: el presidente lo dijo, me cae bien el presidente, siente como yo, por lo tanto es cierto. O bien, pienso que el gobierno o el sector privado son la solución porque quisiera que así lo fueran (por la razón que sea), porque un pilar de mi identidad como mexicano descansa en que CFE y Petróleos Mexicanos (Pemex) sean monopolios del Estado.

Los datos, o lo que nos da por llamar “los hechos”, no solo motivan interpretaciones contrastantes, como ocurre con el vaso medio lleno o medio vacío. Esas interpretaciones reflejan creencias y deseos de quienes estamos intercambiando opiniones. Está bien, pero habría que hacerlo explícito si queremos avanzar en la discusión. Desear que CFE o las empresas privadas sean de una forma u otra –eficientes, bien intencionadas, etcétera– no quiere decir que así sean en la realidad. Y basar la discusión en deseos nos condenará a debates sin término y sin generación de conocimiento más allá de la identificación de las posiciones de los otros.

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