Tres mujeres de otra tierra
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

Tres mujeres de otra tierra
Foto: Guillermina Ortega, Lhkuyat (fragmento de videoinstalación), 2012-2013, barro, pétalos de cempoazuchitl, romero y ruda.

Lo que soy, lo que recuerdo. 

Una libertad que retoza y no se ha hecho fea.

La sensibilidad de un loro que habla,

soy la niña que se le caen las cocadas y no las levanta,

un huevo de gallina negra me recorre y despierta. 

[…]

Soy una resina que lloró San Vicente.

Soy un alcaraván que ahogó su canto en otro idioma. 

Natalia Toledo

Teresa

El cielo parecía rasgarse y dejar ver fragmentos violáceos del espacio exterior; cada vez que los relámpagos anunciaban la furia metálica de un trueno, Teresa se cimbraba y se persignaba tres o cuatro veces con el cuerpo tenso. Le temía a las tormentas eléctricas porque, a uno de sus siete hermanos, le cayó un rayo estando sentado en un muro que él mismo había levantado para cercar las tierras secas y polvorientas que sus padres les dejaron, en una orilla del Estado de México. Teresa dice algunas cosas en otomí mientras echa tortillas en el comal y asa una sábila para aliviar el empacho del mal del cuerpo. Yo le pido que me enseñe, que quiero aprender y quiero que ella sepa leer y escribir. Ella ríe y sigue pasándome un huevo por la frente, contándome que nació en un lugar con la tierra muerta, sembrada de piedras estériles y donde, aunque llueva, no crece nada más que frijol, a duras penas suficiente para comer. Cuando la suerte daba tortillas, Teresa iba al monte con su padre a buscar chiles para hacer taquitos con piquín. Así fue como, un día, el hombre vio que la niña llevaba la enagua manchada de sangre y la corrió de la casa, porque ahora era impura y no la quería ahí. Teresa volvió al jacal y tomó su petate para irse al cuarto de sus hermanas grandes, con piso de tierra y un sólo sarape para las tres que eran. Por la noche escuchaban que algo en la tierra se movía y veían, con los ojos pelones, como se abrían pequeños agujeros en el aplanado rojizo del suelo, por donde salían “viboritas” negras, decía ella. Entonces le gritaban a la madre que corría a cubrir los hoyos con tortilla quemada y semillas de chile. Las víboras dejaban de salir en secas, pero entonces el hambre apretaba porque no había ni frijol viejo en el rescoldo del fogón, así que las niñas hurgaban con los deditos escuálidos los restos de tortilla quemada y semilla del suelo para comer al menos eso y alimentar a los hermanitos, porque a la madre se le había ido la leche con el viento malo de los difuntos recién enterrados, por hambre y tristeza. Entonces Teresa se hacía al río, uno que quedaba en el pueblo vecino y se metía para sacar víboras de agua, ella que tanto les temía, pero así comería carne su familia. Hacía tres semanas que el padre no llegaba. Decían las vecinas que andaba en el pueblo con otros hombres, empapados todos de llanto y aguardiente: ya luego se jurarían con la Virgen y regresarían. Pero para la madre era mucho tiempo, mucha hambre y muchas bocas, así que decidió entregar a Teresa, de 10 años, con una señora que tenía una casa grande con patio al centro en Toluca, para que le entretuviera a los niños pequeños mientras ella atendía su mercería. Teresa se ganaba 20 pesos a la semana, que iba religiosamente a dejarle a la madre cada quince días. Así fue que comenzó a trabajar de una casa a otra, regresando al pueblo a llevar dinero y a enterrar a sus padres y hermanos, a veces de a dos por año. Cada Día de Todos los Santos, Teresa se va al pueblo y regresa afónica, sin poder decirme la pena de muerte que la aqueja, con la reuma enfriada por los ventarrones secos de la vida triste que ha cubierto de nubes su mirada. 

Eufemia

Por las mañanas llega con las tortillas perfectas que hace su esposo en la tortillería donde trabaja. Si hay suerte, saca de su bolsa unos tamalitos envueltos en hoja de plátano, con salsa verde y carne de cerdo deshebrada. No hay tamales que superen  a los de Eufemia. Tampoco hay otra sonrisa como la suya. Detrás de sus dientes se esconden palabras, mitad en mixteco, mitad en español, que ella no dice sino que  canta. Con un poquito de aguja que uno meta, Eufemia saca el hilo entero de su vida de niña en la Presa Temascal, en San Miguel Soyaltepec. Su Oaxaca es el paraíso: los campos llenos de piñas, guayabas y naranjas, mangos, zapotes y plátanos, maíces  de todos los colores y tamaños. Me cuenta de cómo el café florea y da frutos durante unos años, pero luego se cansa y se muere como la gente, sin que haya nada que hacer más que aceptarlo. Ríe mientras lo dice. Le gustan las flores porque de niña corría entre ellas con sus hermanas. Entonces, nada pasaba y hacían carreritas desde la parada del camión hasta su pueblo, donde ya no había camino ni llegaba el agua, pero ni falta que hacía porque cerquita estaba la presa y un par de ríos de agua fresca. No le temían a nada más que al loco del pueblo, un teporocho que rondaba los caminos y que, al verlo, pegaban la carrera atacadas de risa, viéndolo quedarse atrás, tirado a la vera del camino. Pero lo que daban las tierras a penas se vendía y no había doctores para curar al padre enfermo de las vísceras, así que Eufemia y sus hermanas tuvieron que rentar un cuarto en Tlalnepantla y hacer una nueva vida, añorando el paraíso. Eufemia es feliz aunque a veces el gas no alcance y se bañe con agua fría a las 6 de la mañana, aunque un camión haya atropellado a su nieto y dejado diezmada del alma a su tristísima hija. Ella dice que es feliz porque está viva y es fuerte, porque siempre tiene trabajo y cuando regresa a su casa ve sus macetas con violetas, malvones y begonias, flores de azúcar de pétalos rojo y blanco. La admiro tanto. Venero su fortaleza y la dulzura de su trato. La escucho y recuerdo la obra de Guillermina Ortega donde el cuerpo femenino es decolonizado y devuelto a la naturaleza como una vasija de barro crudo, lleno de flores naranjas y violetas. Eufemia es libre porque su alma y su cuerpo planean como un gavilán de Oaxaca. Aprendo de ella y se lo digo, aunque nunca me lo crea. 

Paula

Paula y yo somos iguales. Exactamente iguales. Pero no, ella es poderosa y sabia. También tiene 37 años y es madre. Es tan fuerte, con el cuerpo recio y piernas como tronco de rosal maduro. Ella todo lo puede. Sale a correr cuando el sol aún no despunta y al amanecer ya va con sus niñas a tomar el transporte para llevarlas a la escuela y luego irse a su primer trabajo; para las 7 de la noche ya terminó la segunda jornada y va rumbo a su casa, en el colectivo repleto. Nada la turba porque siempre viaja con los audífonos puestos, escuchando a Vicente Fernández o Jenny Rivera. A veces lee. Pide libros prestados en las casas donde trabaja porque quiere aprender cosas nuevas que contarles a las niñas al llegar a casa y bañarlas. Me dice que quiere que se sientan orgullosas de ella, aunque no haya estudiado más que la mitad de la primaria antes de salir de Veracruz. Los domingos no trabaja porque lava la ropa desde temprano, la tiende en la azotea y se lleva a sus chiquillas a conocer las cosas importantes de la ciudad, como el Castillo de Chapultepec o la Torre Latino y, después, comerse juntas un taquito en la banqueta. Vuelven contentas porque lo han visto todo y son libres: son ellas. Paula habla con frecuencia de las montañas en su tierra, ahí donde todo es verde y ella alcanzaba a ver por las mañanas el Pico de Orizaba. Repite que allá se da todo, que su familia tiene tierras donde se puede cultivar pero no hay dinero para sembrar y cosechar, mucho menos ahora que la delincuencia tiene el control de la zona. Antes eran felices, porque de niños no había eso: se bañaban en el río y nadie los miraba mal por hablar en náhuatl y jugar todos revueltos, niñas y niños, a las carreras, trepando los árboles para lanzarles piedritas a los que se quedaban abajo. Prefieren dejar las tierras así sin cosecha, con la tierra removida porque no quieren acabar asesinados como tantos otros, esos mismos con los que jugaba de niña. Por eso ella, sus hermanos y su padre, migraron al Estado de México, donde compraron un terrenito para todos, que ahora les quieren arrebatar porque resultó ser ejidal. Paula deja de trabajar algunas veces porque va al Palacio Municipal a defender lo que con tanto esfuerzo pagaron, poniéndose con licenciados y síndicos, dándose un quien vive con gente que ya le advirtieron es del hampa, que se ande con cuidado porque con ellos no se juega. Pero Paula sabe que esos terrenos un día serán de sus hijas y si las enseña a defenderse, lograrán lo que sea. Paula puede con esa y todas las batallas. La miro con admiración y sorpresa cada vez que comemos mangos y aguacate con sal, algunos sábados a media mañana. 

A ellas tres va dedicada esta columna, a ellas y todas las mujeres indígenas de México, las que tuvieron que emigrar y las que no, las que hablan su lengua originaria y las que nunca la aprendieron, las que este país se niega a ver de frente pero le dan vida a lo que nos queda de patria, profundamente herida y ajada. Las que estoy siendo porque se me quedaron dentro.