Desigualdad, la piedra en el zapato
Contextos

Reportero egresado de la UNAM, formó parte de los equipos de Forbes México y La-Lista. Con experiencia en cobertura de derechos humanos, cultura y perspectiva de género. Actualmente está al frente de la Revista Danzoneros. Twitter: @arturoordaz_

Desigualdad, la piedra en el zapato
Foto: Pixabay

La identidad nacional es la construcción en el imaginario colectivo que forjaron acciones del Estado y diversos movimientos sociales para indicarnos qué es ser ciudadano de México. A pesar de los objetivos de unión, cuando nos toca definir qué es ser mexicano obtenemos diferentes respuestas que develan la gran división que hay en el territorio.

En la década de los años 50, Octavio Paz definió a los mexicanos a partir de la soledad, habló desde las “máscaras” que usamos día con día, de su desprecio hacia los pachucos (chicanos) por su comportamiento agresivo al no ser “ni de aquí ni de allá”, así como de los “hijos de la Malinche”, un pueblo avergonzado de ser hijo de una indígena violada por un español.

Por su parte, Samuel Ramos ejemplificó al mexicano a través de “el pelado”, un arquetipo principalmente de las clases bajas que siempre se comporta a la defensiva por un complejo de inferioridad. Con una mirada clasista y cargada de estereotipos, resaltó lo que para él era la definición de ser mexicano.

Ambos conceptos están escritos desde el palco académico con la mirada hacia abajo. ¿Realmente ellos también se sentirían identificados con esa radiografía?

La definición resulta no ser unificada para todos, ya que no se sienten identificados según en qué parte del territorio se sitúen y desde qué posición económica se encuentren. Aunque el objetivo de la identidad nacional es forjar un sentimiento de unidad, la desigualdad económica y social termina por polarizar (y de manera muy discreta) a la población.

Los investigadores Raúl Béjar y Héctor Rosales apuntaron en su ensayo Las identidades nacionales hoy. Desafíos teóricos y políticos que la globalización puso en jaque a la identidad a partir de la apertura económica. Esto tuvo repercusiones en la cultura, el comportamiento, las aspiraciones, los arquetipos y las metas de los ciudadanos. Sin embargo, también la personalidad se fortaleció más en un ámbito local o regional que a nivel nacional.

Aunque a partir de los años 80, cuando se impulsó la globalización, hubo una modificación más notoria a esta construcción de unidad del Estado, las desigualdades sociales y la amplitud del territorio ya habían comenzado a fracturar la misma identidad. El objetivo no es resaltar ni defender este imaginario colectivo de pertenecer a una tierra, sino develar la amplia división que hay en el país, desde los tiempos de Ramos o Paz, a partir de la autodefinición de qué es ser mexicano.

El eje principal es la desigualdad, lo cual se traduce en (falta de) oportunidades educativas, económicas y sociales. El desarrollo tan dispar a lo largo del país, el racismo y la violencia han sido fronteras que han dividido a la población. La identidad nacional, sobre todo del siglo XX a la fecha, se ha moldeado a beneficio del capital, el cual hizo una excelente mancuerna con el Estado.

“Si bien el capitalismo no inventa a los estados nacionales, sí se sirve de estos porque resultan funcionalmente útiles para delimitar fronteras y circunscribir territorios (…) los estados nacionales han cumplido funciones de control y disciplinamiento social, además de contar con aparatos ideológicos que se articulan para presentar la realidad capitalista como la única forma de sociedad legítima o posible. En las condiciones del capitalismo globalizado el capital no depende menos de los estados territoriales de lo que lo hizo siempre. El capital necesita estados que organicen el mundo”, explicaron Bejar y Rosales en su ensayo.

A 212 años de la gesta de independencia aún hay preocupantes rezagos de disparidad económica y social, tal como los había en la Nueva España: indígenas, mulatos, criollos y gachupines. La desigualdad sería el diagnóstico que encontraría para la división y la disparidad en las autodefiniciones de qué es ser mexicano.

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