Independencia económica para decidir

Karla Ruiz es licenciada en Periodismo por la Escuela Carlos Septién García y maestra en Periodismo sobre Políticas Públicas por el CIDE. Es supervisora de contenidos del Imco. Fue community manager en Deloitte y coordinadora de Estrategia Digital en México, ¿cómo vamos? Twitter: @KarlaRuAr

Independencia económica para decidir
Foto: Pixabay

El matrimonio está pasando de moda. Es imposible recitar la lista completa de motivos de este fenómeno, o establecer una relación causal como las que oímos los millennials decir a nuestros padres: “Las generaciones de hoy ya no se quieren casar porque todo es desechable”. El asunto es mucho más complejo que eso.

El matrimonio solía ser la base de la estructura económica en la sociedad, precedía incluso a la familia. Basta con leer a Jane Austen para recordar que era “una verdad universalmente reconocida que al hombre soltero, poseedor de fortuna cuantiosa, le hacía falta casarse”. Y como toda estructura económica, estaba cimentada en los roles de género canónicos: el hombre proveedor y la mujer cuidadora.

Doscientos años han pasado desde que la primera edición de Orgullo y Prejuicio se publicó en Inglaterra. Pero no hay que ir tan atrás, ni tan lejos, para ver cómo han cambiado las cosas. En la última década, México ha visto una caída considerable en la proporción de matrimonios. De 7.6 personas mayores de edad que se casaban por cada mil habitantes en 2012, en 2021 se casaron 5.1.

Mientras tanto, los divorcios son cada vez más comunes. En 2012 ocurrieron 12 divorcios por cada 100 matrimonios; en 2021, la cifra ascendió a 33. La tendencia continúa al alza. Las casi 150 mil disoluciones que sucedieron el año pasado fueron ligeramente menores que el pico observado en 2019 (de 160 mil 107) únicamente porque los juzgados familiares estuvieron cerrados durante la pandemia.

Hay un aspecto revelador en las características demográficas: la participación en el mercado laboral. Mientras que 55% de las mujeres casadas tuvieron un empleo remunerado en 2021, en el caso de las divorciadas aumentó a 68%. Para los hombres que se divorciaron en ese mismo año, el estado civil no hizo una diferencia: 94% de los hombres casados y 94% de los divorciados tuvieron un trabajo.

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La historia detrás de ese diferencial es intuitiva: una vez disuelto el vínculo del matrimonio, muchas mujeres deben buscar sustento propio. Coincidentemente, entre las mujeres, las divorciadas son las que más ganan, con un sueldo promedio de 9 mil 348 pesos al mes, comparado con 8 mil 549 mensuales que perciben las casadas y 7 mil 666 las solteras.

Generar ingresos propios le otorga a las mujeres un mayor poder de negociación en el hogar, e inclusive puede ser un factor decisivo al momento de extinguir la unión. Para muchas de ellas significa, inclusive, el boleto de salida de una situación de violencia de género. Garantizar las condiciones para que ellas no dependan de su cónyuge replantea las dinámicas de poder en las relaciones de pareja.

¿Llegará el punto en el que el matrimonio caduque como institución? Puede ser. Lo que sí es una certeza es que la independencia económica es cada vez más importante. Nos otorga algo que las jóvenes inglesas sobre las que escribía Jane Austen no tenían: la libertad para decidir. Sobre nuestras relaciones de pareja, sobre la maternidad, sobre nuestra trayectoria profesional. Ojalá que en el futuro, si las mujeres nos casamos, sea con la idea de ser libres. Independientemente de nuestro estado civil.

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