Lula ungido
Perístasis

Director del Seminario de Derecho Administrativo de la Facultad de Derecho de la UNAM, socio de la firma Zeind & Zeind y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Twitter: @antoniozeind

Lula ungido
Luiz Inácio Lula da Silva pronuncia un discurso tras su triunfo en la segunda vuelta de las elecciones, en Sao Paulo. Foto: Sebastiao Moreira/EFE

El pasado domingo se celebró finalmente la segunda vuelta de la elección presidencial en Brasil en una jornada cuyos resultados fueron impredecibles hasta el último momento. La muy cerrada competencia entre dos candidatos verdaderamente lejanos en ideología uno del otro dejó ver lo polarizada que se encuentra la sociedad brasileña.

En este definitivo ejercicio, Lula Da Silva terminó siendo el ganador por más de 2 millones de votos, en un ejercicio que contó con la participación de cerca del 80% de las personas votantes.

La alta participación suscitada el pasado domingo es prueba clara de la existencia de un voto en contra de Bolsonaro, con su radicalización creciente, su desdén por los procesos democráticos y su red de apoyo sustentada en buena parte en las Fuerzas Armadas. Asimismo, la naturaleza pragmática de un animal político como es Lula quedó patente una vez más al tomar decisiones estratégicas (mereciendo cuestionamientos desde amplios sectores de la izquierda), como sumar a su proyecto a Fernando Cardoso o hacer que su compañero de fórmula fuera el centroderechista Geraldo Alckmin, atrayendo así a buena parte de ese sector de las personas votantes.

A pesar de lo anterior, el triunfo de Lula fue apenas 2 puntos porcentuales superior al porcentaje de votos obtenidos por Bolsonaro, quedando demostrado que esos más de 58 millones de sufragios emitidos en favor de la ultraderecha se dedicarán eventualmente a dinamitar el trabajo de Lula. 

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Como ya se señaló en una anterior entrega sobre este tema, la complejidad que hoy entraña el ejercicio del poder se ha incrementado súbitamente al ser comparada con la que implicaba hacerlo a inicios del siglo que corre (en que Lula gobernó durante sus dos primeros periodos), pues actualmente se tiene una sociedad brasileña más exigente, una estructura institucional con mayores controles, una mayor atomización del Poder Legislativo, unas Fuerzas Armadas más poderosas política y económicamente y, una situación financiera más complicada alrededor del orbe y en Brasil, específicamente.

Aquel dato de que más del 80% de Latinoamérica se encuentra hoy gobernada por líderes de izquierda es muy relativo, pues hoy se tiene en muchos casos una izquierda que en varios aspectos se parece a la derecha, aunado al hecho de que si bien los poderes ejecutivos se encuentren encabezados por políticos que se dicen de izquierda, en no pocos casos los contrapesos internos se encuentran controlados por opositores. Esto conlleva un reto sin precedentes para proyectos que históricamente han sido críticos de la clase gobernante y que, en los últimos años, han sido considerados dignos de ser portadores de la confianza de buena parte de las sociedades latinoamericanas, dándoles el acceso a los lugares que desde hace mucho tiempo han reclamado. Ello a veces con páginas de luces y en otras ocasiones convirtiéndose en estruendosos fracasos.

Lo cierto es que actualmente la izquierda ejercerá buena parte del poder público en América Latina en una oportunidad histórica difícil de repetirse, por lo esta debe ser bien aprovechada demostrando a la par la viabilidad de proyectos que han sido tildados precisamente de inviables y que, indubitablemente, deberán tener como máxima la inclusión de las clases desfavorecidas en los proyectos de Nación.

Con las próximas elecciones intermedias en los Estados Unidos y después con las elecciones generales en México, tanto la democracia como el régimen de libertades serán puestos a prueba y, con ello, tres de las más grandes potencias económicas de América trazarán buena parte del futuro también político de sus países hermanos.

Lamentablemente, se ha hecho costumbre que en la actualidad las sociedades deban decidir entre proyectos desgastados y en algunos casos impresentables, demostrando así la necesidad de proyectos y rostros que se encuentren a la altura de los crecientes retos legados por proyectos que, como ha quedado claro, son muy mejorables.