¿El último asedio al Congreso?
Tácticas Parlamentarias

Analista y consultor político. Licenciado en Ciencia Política por el ITAM y maestro en Estudios Legislativos por la Universidad de Hull en Reino Unido. Es coordinador del Diplomado en Planeación y Operación Legislativa en el ITAM. Twitter: @FernandoDworak

¿El último asedio al Congreso?
El presidente Andrés Manuel López Obrador. Foto: EFE.

Dado que el poder no solo se ejerce a través de las leyes y las instituciones, sino además requiere de discursos, valores y mitos que lo legitimen, siempre será válido el adagio: “la percepción es más importante que la realidad”. Bajo este supuesto, un gobernante será influyente en tanto logre moldear las percepciones y débil si no es capaz de hacerlo. 

Llevamos años pensando que las acciones de nuestros presidentes deben llevar a un resultado concreto, especialmente si se tratan de “golpes de autoridad”, como encarcelar al principio del sexenio a alguna figura pública, acabar con un sindicato u otros actos que den la impresión que el gobernante tiene poder de decisión. Sin embargo, también teníamos claro que ese tipo de actos solo podían hacerse una vez, o de lo contrario el gobernante no tendría la fuerza que presumía tener. O como dijo una vez Margaret Thatcher, una mujer que tiene que decir en todo momento que es una dama, es porque no lo es.

Si tomamos en cuenta los dos adagios anteriores, entonces llama la atención darnos cuenta que el presidente ha pasado toda esta legislatura hostigando al Congreso con su agenda legislativa, aun sabiendo que no progresará porque no tiene los números. Así ha pasado con la reforma energética, la ampliación del tiempo para que las Fuerzas armadas participen en tareas de seguridad, y recientemente la reforma electoral. Si no tiene la fuerza política para aprobar incondicionalmente su agenda, ¿por qué sigue moldeando la percepción que su amenaza es real?

La respuesta se puede encontrar en otro adagio, formulado por Karl Von Clausewitz, militar prusiano que escribió uno de los manuales más importantes sobre el arte de la guerra: toda guerra tiene dos objetivos, uno real y otro declarado. Este es un principio básico de toda planificación estratégica, pues en temas públicos a menudo la intención verdadera nunca sería popular o ganaría muchas adhesiones. 

Por lo tanto, si hay un objetivo real no declarable, el presidente puede mantener una estrategia de ataque al Congreso mientras siga controlando la discusión pública y sus seguidores perciban que sus intenciones son buenas, aunque son detenidas por gente que solo desea defender sus privilegios. Si bien obtuvo lo que quiso con la reforma para las Fuerzas armadas, el que haya perdido la reforma eléctrica no le ha impedido medrar con el tema, hasta con Estados Unidos y Canadá. 

De la misma forma, presionar con un “plan B” más si no se aprueba su reforma electoral es una manera de mantener vivo el tema de aquí a marzo, que se renueven cuatro asientos del Consejo General del INE. Puede mantener los sentimientos al rojo vivo de aquí a mediados de diciembre con la reforma constitucional, la cual posiblemente muera en el Senado. A partir de ahí, el receso lo podría usar para su reforma a leyes secundarias, mientras la oposición se rasga las vestimentas diciendo que es inconstitucional. En el inter, abundarán las marchas y contramarchas. Podría mantener el INE un alto grado de aceptación, pero eso le permitirá a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) poner candidatos afines, pues son “honestos”.

¿Y la oposición? Podría desarticular al presidente si tuviese un plan alternativo, o hablara claramente sobre por qué hay temas que se deben proteger por el bien de toda la ciudadanía, como instituciones electorales confiables. También sería de gran utilidad hablar sobre las reformas que urgirían en materia de competitividad electoral o sanciones a infracciones a la normativa electoral. Sin embargo, no pueden o no desean hacerlo. ¿Y la ciudadanía? Esperando ser salvada por la élite política opositora que, por acto u omisión, fue corresponsable de la victoria de Morena en 2018.