Purgar, sanar y volver a sembrar
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

Purgar, sanar y volver a sembrar
Kimsooja, Bottari Truck. Migrateurs, impresión fotográfica en caja de luz, 2007 a 2009.

Escribir el miedo es escribir

despacio, con letra 

pequeña y líneas separadas,

describir lo próximo, los 

humores,

la próxima inocencia 

de lo vivo, las familiares

dependencias carnosas, la piel

sonrosada, sanguínea, las venas,

venillas, capilares

Olvido García Valdés

Me gustaría no tener nada que decir al respecto. No saber de qué se trata, tenerlo cerca tan sólo de oídas porque ocurrió por allá, lejos, esporádicamente, a la amiga de una amiga que no conocí bien a bien. El ideal sería que no ocurriera jamás, como tampoco deberían tener cabida la miseria, el hambre, el abuso infantil, las guerras, las malditas guerras que marcan los siglos, trazan ciclos ideológicos, económicos y hasta estéticos. Las malditas guerras que derrumban civilizaciones enteras, desertifican las tierras y las inteligencias, dejan huérfanos marcados de por vida, padres sin apelativo porque les fueron arrebatados sus hijos, muñones en los cuerpos de los individuos y en los espíritus de los pueblos. Las malditas guerras que están tan fuera, como dentro, tanto entre la arbitrariedad geopolítica de los países, como entre las personas, incluso entre las que se aman y, peor aún, en el interior de las almas que se mortifican por el horror a los otros y a un sí mismo que no encaja con la otredad. A eso se deben estas líneas, lamentos frente a un hórrido sistema imperante en casi todas las coordenadas del orbe, en prácticamente cualquier estrato social y cultural, impuesto desde hace siglos, si no es que milenios, donde el odio tiene un objetivo común en la mira: la mujer que nació mujer, la que se asume mujer, la que eligió ser mujer, la que vive como mujer, la que luce como mujer, la que ha construido su logos desde el hecho fundamental de ser mujer. 

Nunca sabremos bien a bien el momento en que ocurrió el salto cuántico de pasar de ser sociedades primigenias con un sistema matriarcal, a sociedades bastante más estratificadas, con sistemas teocráticos o, incluso, incipientemente monárquicos o democráticos, pero donde ya operaba una fuerte lógica heteropatriarcal, donde las mujeres habían quedado absolutamente relegadas de cualquier tipo de derecho, cuanto y más si eran pobres o esclavas, sin padres o cónyuges ennoblecidos, pues no calificarían ni siquiera como ciudadanas. Poco menos que cabezas de ganado valiosas por su utilidad, meros instrumentos de reproducción o satisfacción temporal. Ya en la propia filosofía platónica se alcanzaba a adivinar el fundamento de estas ideas: las mujeres precisaban recibir la misma férrea educación que nos hombres, pues ellas eran, según el filósofo, más débiles; ahora bien, cada cual, mujer y hombre, debía cumplir con las funciones para las que fuera más apto según su naturaleza y, la naturaleza de las mujeres, distinta a la de los hombres, tenía más que ver con ser guardianas que con desempeñar alguna acción un tanto más social o pública. Jamás se tomaba en cuenta lo que mujeres u hombres desearan, quisieran o anhelaran hacer, sino lo que sus naturalezas les habían vuelto aptos para desempeñar. Si bien eso ya situaba a las mujeres como seres primordialmente gestantes, dadoras de vida, cuidadoras y educadoras dentro del hogar al servicio de todos los demás miembros del núcleo, prevalecía la posibilidad de que hubiera naturalezas femeninas aptas para desempeñar alguna otra labor, sobre todo de índole política si su alta clase social lo permitía. Con Aristóteles la cosa se tuerce bastante más, porque apunta a que el cuerpo femenino ha sido diseñado por Natura para los trabajos prácticamente exclusivos de procrear y nutrir; asimismo, es la figura masculina quien debería guiar, comandar y liderar a la mujer: él es el gobernante y ella es gobernada por él. Si se piensa de que de estos fundamentos se desprendería no sólo el derecho occidental, sino por entero la cosmovisión de Occidente y del mundo moderno, ya podemos notar que la cosa no venía bien desde un pasado remoto, casi insondable para quien hoy ve, con claridad y justicia, la necesidad de corregir el rumbo de las hegemonías sociales, romper pactos anquilosados, añejos y solidificados, visibilizar el mal, dejar de normalizar juicios y cánones inoperantes: romperlo todo y volverlo a erigir de una manera más justa, sana y absolutamente necesaria. 

Ahora bien, ni Sócrates, Platón, Aristóteles o incluso el horrorosamente misógino Schopenhauer, tienen la culpa de que hoy se mate o violente a mujeres igual en el Estado de México que en España, China, África o el mundo árabe. De eso tienen la culpa los sistemas heteropatriarcales y colonialistas dominantes transmitidos de generación en generación en el reducto de la vida privada, la misoginia promovida, el machismo a ultranza tolerado y, a uno de los  males más terribles por pasar desapercibido, normalizado y disfrazarse de cuidado, amor y caballerosidad: el machismo sutil. Son los individuos quienes eligen maltratar verbalmente, celar, restringir económicamente, discriminar profesionalmente, espiar, humillar, minimizar, menospreciar, acosar verbal y sexualmente, forzar a la intimidad, amedrentar, violar, golpear, forzar, desaparecer y asesinar a mujeres, por el simple hecho de serlo y aparecer en el imaginario colectivo como seres frágiles, vulnerables, incapaces, incompetentes, menores, prescindibles, desechables. Receptáculos del coraje, el odio, la ira, la frustración y las inseguridades del otro, un otro que sabe que sus acciones pasarán por crimen pasional, burlarán al aparato de justicia y, finalmente, quedarán impunes y serán olvidadas por un sistema cómplice, corrupto, machista. Me gustaría no saber nada al respecto pero todas hemos sido víctimas, de una o varias maneras. Basta ya de callarlo. 

Mujer, mulier del latín, blanda y moldeable, molusco o mollera de recién nacido: estaba todo dicho desde que la palabra fue impuesta, más que arbitrariamente, como un sino, una condena. La fémina, lo femenino: tan sólo lo fecundo, la posibilidad fisiológica de engendrar y parir, más que alumbrar al mundo. Lo blando que pare, lo aún informe que es fecundado: la violenta insistencia en minimizar y poseer, reducir a la milésima expresión del utilitarismo para aniquilar al ser trascendente. Estamos ahora sentadas, como la Nómada de la artista surcoreana Kimsooja, sobre los atados de todas esas estructuras estructurantes antagónicas a la voluntad femenina que de tan sedimentadas, están listas para ser demolidas y pulverizadas. Para cada prejuicio, odio, método de agresión, normalización, exclusión, separación y ocultamiento de lo femenino, un bulto entelado con un color distinto. Son miles de fardos voluminosos, tolerados, fomentados y alimentados por una antediluviana historia social machista. Ahora, sobre ellos, contemplamos el horizonte que está en nosotras construir y esculpir, según nuestros deseos de justicia elemental. No permitamos que, otra vez, alguien elija por nosotras porque, mañosamente, “es lo mejor para todos”, porque nosotras “no tenemos experiencia” (“a penas hace unas décadas obtuvimos la categoría de ciudadanas, así que no sabemos qué es eso de los derechos y la democracia”) y porque la intención es “protegernos”. Esos caminos ya sabemos que no llevarán a Roma, sino al mismo mal, disfrazado de bien, lobo en piel de oveja que se las ingeniará para reacomodar el mismo sistema unívoco, vertical y, por ende, violento. Bien veían Foucault y Deleuze en Las mallas del poder que si un sistema ideológico y social es arrasado, pero luego se imponen otros actores en los mismos andamios, puestos y jerarquías, nuevamente devendrá el fracaso absoluto. Lo que debemos cambiar es el armazón entero: deshacer el entuerto de los atados violentos, discriminantes, opresores e injustos de dentro hacia afuera, de nosotras y nuestros núcleos, hacia el exterior, para entonces levantar una nueva configuración basada en el amor, el respeto, la justicia y la igualdad. Purgar la plaga, sanar la tierra y volver a sembrar el germen de una sociedad libre de violencia hacia las mujeres, las infancias y todas las mal llamadas minorías. Hoy, en la coyuntura del Día de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer; diariamente, en todos los ámbitos, sin ceder un ápice lo que no deseemos, bueno, bello y verdadero para nosotras: al sonoro rugir del amor.