¿Democracia directa o representativa?
Medios Políticos

Es un periodista especializado en el análisis de medios y elecciones. Tiene posgrado en Derecho y TIC, obtuvo el premio alemán de periodismo Walter Reuter en 2007, fue conductor en IMER y durante 12 años asesor electoral en el IFE e INE, editor, articulista y comentarista invitado en diversos diarios, revistas y espacios informativos. Twitter: @lmcarriedo

<strong>¿Democracia directa o representativa?</strong>
Foto de Marc Sendra Martorell en Unsplash

Un dilema que con frecuencia abordan corrientes académicas cuando estudian modelos de democracia en el mundo, es la tensión entre democracia representativa y democracia directa, como si se tratara de antítesis irreconciliables, polos opuestos, en lugar de instrumentos compatibles entre sí que apuntan a un mismo objetivo. Ambos pueden ser efectivos, positivos o negativos a partir de su contexto de aplicación.

Por ejemplo, una asamblea ciudadana para deliberar y decidir con lógica horizontal el rumbo de alguna política de Estado no sería algo malo, pero ese método, decidir de forma directa en plazas públicas, sería inmanejable si la población convocada con derecho a voz y a voto es de millones. Hasta ahí todo bien con la alternativa representativa, en donde un parlamento o gobierno decide porque se supone que representa, al menos en teoría, el mandato de muchas más personas (de un distrito, una entidad, una región o todo el país). 

El problema es que suele asumirse lo representativo como sinónimo de sabiduría infinita en una élite privilegiada, única capaz de entender lo que las personas comunes no podríamos, al momento de tomar decisión sobre temas de relevancia nacional o mundial. Ahí hay una trampa en contra del directismo, que es una alternativa que debiera practicarse más y estigmatizarse menos.

Un estudio de Mogens Hanken publicado a principios de los 90, muestra que la democracia ateniense de los siglos IV y V, no era tan simple o primigenia como algunos afirman, tenía complejidad normativa y mantiene, concluye Hanken, pertinencia cuando en nuestro tiempo cuando de retomar su esencia de participación directa en la toma de decisiones se trata. 

Es decir, una cosa es reconocer lo representativo como como modelo eficaz para hacer valer, lo mejor posible, la postura de miles o millones que apoyan cierta visión y confían periódicamente en las urnas a un legislador o gobernante concretarla, pero otra cosa es imprimir como verdad implícita en lo representativo una lógica discriminatoria que se asume ese modelo como la esencia de la modernidad pura, evolución frente al directismo de la antigua Atenas, iluminismo encarnado, fórmula donde no “cualquiera” opina o decide, solo representantes de élite capacitadas y capacitados integralmente para esa labor de liderazgo, quienes ejercen en exclusiva el privilegio de tomar decisiones igual políticas que técnicas sobre cualquier asunto.

Deciden así quienes son electas y electos, no necesariamente las y los mejores, no siempre quienes están más preparadas y preparados en todo aunque sobre todo tienen que decidir y más cuando se niegan alternativas de democracia directa abierta al conjunto representado.

Es lógico, legítimo y deseable que un cuerpo representativo de toda la sociedad no sea un club cerrado exclusivo, solo reservado para un sector de la élite intelectual o económica (esta última tiene siempre más oportunidades para prepararse, aunque eso no es garantía de sensibilidad social o asertividad). Hasta ahí todo bien con la asimetría de conocimientos (más en unos temas, menos en otros), en la diversidad y pluralidad de perfiles deseable entre quienes nos representan en una democracia “moderna”.

¿Pero en verdad es siempre mejor que todo esté mediado por representantes y evitar instrumentos de democracia directa no mediada? ¿La decisión, cuando se toma en un cuerpo de representantes se llena de sabiduría por encima del promedio y se aleja de la emoción irracional que podría definir el voto abierto a la totalidad del pueblo representado? ¿Es un ejercicio de toma de decisiones abierto a las urnas, a todo el electorado, un acto de populismo y demagogia? No, o si se quiere, no siempre, de hecho, es más demagogia rechazar cualquier expresión de directismo con la idea de que es por nuestro bien dejarle las decisiones a representantes que siempre sabrán decidir con ética y mejor que urnas abiertas (salvo que sea para darles ese poder de representar).

¿En verdad es la clase política del mundo un ejemplo de sabiduría? ¿Son las y los diputados o gobernantes una especie intelectualmente superior al resto de la población y por ello la única instancia con derecho a decidir sobre todos los temas públicos?  

La opción “representativa” no garantiza que un selecto grupo de delegados de la voluntad popular decidan mejor que millones de votos de quienes se supone representan, porque eso es pretender que los parlamentos y gobiernos se integran por sabias y sabios que están en el cargo porque saben mucho más que el promedio, saben lo que es mejor para el conjunto de toda la ciudadanía, la cual, con esa lógica, es siempre incapaz de tomar decisiones propias, colectivas, directas, salvo cuando se trate de delegarle esa función a una “clase política” que una y otra vez tropieza, incluso abusa de la confianza, pero lo hace por nuestro bien, se piensa llamada a la abundancia en el uso del poder, a la verticalidad, a mandar al pueblo, no a obedecerlo.

Por eso es frecuente encontrar descalificación a la democracia participativa como si fuera de forma irremediable y en todas sus expresiones, estratagema de eso que ahora se llama “populismo”. En cambio, presenciar la defensa a ultranza que abraza cualquier método de decisión representativa como ejemplo de democracia, cualquier modelo mediado por delegados (“representantes”) de la voluntad general como mejor que el directismo, sujeto al aplauso, al casillero de lo racional, de lo moderno alejado de la demagogia, de lo científico.

México es una república representativa y qué bueno, pero las vías de participación directa debieran crecer ¿no sería mejor confiar más en las urnas abiertas antes que en el voto exclusivo de una clase política que se aleja de sus representadas y representados constantemente? ¿son en verdad tan malas las consultas populares u otros instrumentos de democracia directa y es siempre mejor dejarle todo, o lo más, al juicio de las y los sabios que, desde una clase política privilegiada, enquistada, siempre prometen decidir mejor, protegernos de nuestro propio juicio potencialmente equivocado, iluminar con su liderazgo el camino a seguir por todas y todos?