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Columna Invitada

¿A quién le pertenece la música que tanto te gusta?

Carlos Hernández

Los fonogramas suelen pertenecerle en su mayoría a las productoras de fonogramas, y a menos que el contrato se negocie y se estipule lo contrario.

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Foto: Lorenzo Spoleti/Unsplash.com

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Cuando escuchamos una canción en alguna plataforma de streaming o leemos un libro, pocas veces nos detenemos a pensar en cuántas personas estuvieron involucradas para que esa obra llegara hasta nuestras manos u oídos. Simplemente nos enfocamos en quien escribe la obra, como si mágicamente ésta llegara a nosotros sin necesidad de toda una industria que la sostiene.

Y es que, sin duda, la música tiene sus propias reglas, por lo cual hay muchos aspectos que se deben tomar en cuenta, ya que el trabajo musical de un autor involucra a muchos actores externos, como quién o quiénes interpretan la obra, quién toca los instrumentos; la producción, técnicas y técnicos, estudios de grabación, promoción, marketing, bookers, managers, venta de boletos, producción de vinilos y una larga lista de talentos que contribuyeron a que esa pieza llegara hasta tus oídos.

Pero entonces, ¿quién se queda con el dinero que genera esa obra? Y más importante aún, ¿a quién le pertenece?

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), decretó que el 23 de abril se celebra el “Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor”; en este sentido, también la Ley Federal de Derecho de Autor de 1996 está dedicada a salvaguardar el acervo cultural de las y los autores y artistas interpretes y ejecutantes en México, para proteger sus derechos de propiedad intelectual sobre las obras que crean y/o interpretan o ejecutan.

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De esta forma, el Estado otorga su protección a nuestros autores, artistas intérpretes y ejecutantes y su patrimonio, lo que permite que ganen dinero del trabajo que crean y evitar plagios a través de organismos como el Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR), donde acuden para registrar sus obras y el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) donde acuden para defender sus obras ante infracciones a sus derechos.

Sin embargo, cuando se trata de las y los artistas interpretes, éstos suelen firmar contratos con disqueras o productoras de fonogramas para que velen por sus intereses, y muchas veces lo hacen sin la debida supervisión de un experto en propiedad intelectual que revise hasta el último detalle y así evitar problemas a futuro.

Para muestra basta revisar uno de los casos más famosos de venta de derechos en la historia, que atañe a la banda más conocida de todos los tiempos.

Los Beatles nunca fueron dueños de su catálogo de canciones, que sin duda ha generado millones de dólares en regalías. Michael Jackson adquirió en 1985 los derechos de reproducción de 260 canciones escritas entre 1964 y 1970 por 47 millones de dólares, después de que el cuarteto de Liverpool los perdiera en una batalla legal en 1969. Paul McCartney intentó comprar los derechos durante varios años, incluso alguna vez junto con Yoko Ono, pero no lo logró.

Pero, ¿cómo puede ser que un o una artista interprete no sea dueño de la propia música que crea e interpreta? En algunos casos, están enfocadas en crear, interpretar y grabar, y todo lo que implica ser un cantautor, cantante o parte de una banda en estos días, por lo que algunos temas administrativos y legales quedan en manos de representantes y disqueras.

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En Estados Unidos conocemos muchos casos de polémicas batallas sobre los derechos de obras de grandes estrellas como Kanye West o Taylor Swift, ya que los artistas son dueños de los derechos morales de sus composiciones al momento de escribirlas, pero no en sí de los fonogramas o masters, que son las grabaciones de dichas composiciones.

Los fonogramas suelen pertenecerle en su mayoría a las productoras de fonogramas, y a menos que el contrato se negocie y se estipule lo contrario.

Por eso, cuando compras una canción en tu formato o plataforma favorita, una parte de ese dinero se va al cantante, otra al autor de la obra, quien puede ser una persona totalmente distinta al artista intérprete, pero también se va al productor del fonograma.

Además, es éste quien posee el master y quien decidirá si la canción formará parte de un comercial, una película o evento, y si el autor y /o artista no lo negocia con anterioridad en el contrato, no tendrá decisión al respecto, y solamente recibirá su porcentaje por componer e interpretar la canción.

Finalmente, la tecnología ha avanzado tanto que la ley no ha podido ponerse al día con la industria musical. Hoy las y los artistas interpretes ya no necesitan de costosos estudios o managers para publicar sus obras, pues ahora pueden grabar sus discos y videos desde sus casas, como lo hace Billie Eilish, e interactuar con el público en Instagram, por este motivo la industria musical apuesta cada vez más por la libertad e independencia de los músicos, donde estos sean dueños de todos sus derechos sin necesidad de transferirlos. Sin embargo, la música es más democrática que nunca.

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