Si Trump parece fascista y se porta como fascista, entonces tal vez lo sea
Foto: JIM LO SCALZO/EFE.

La seguridad de que el “fascismo no puede llegar aquí” siempre es atractiva en los países anglosajones que piensan que son inmunes porque  “eso” nunca llegó. EU y Reino Unido no experimentaron el nazismo y el comunismo en el siglo XX y la ignorancia que fomentaron nuestra historias de éxito debilitan nuestras defensas en el siglo XXI.

Incluso después de lo que pasó en Washington, todavía hay voces aparentemente serias que insisten en que no podemos comparar a Trump con ninguna clase de fascista. Los conservadores normalmente dicen que los liberales le dicen fascista a todo lo que no les gusta pero se olvidan de la moraleja de la fábula de Esopo en la que el niño que grita lobo, tiene razón al final. Se burlaban del “trastorno mental de Trump” que se extiende por etapas como un cáncer hasta que los que lo padecen “no pueden distinguir la fantasía de la realidad”. Se tuvieron que morder la lengua ahora que la realidad del trumpismo es la de las multitudes que quieren acabar con la democracia.

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Este silencio se rompió la semana pasada  cuando el historiador del nazismo, Richard Evans, quien con la habilidad que confiere un profesorado en Cambridge para no ver el punto, decidió que ya era momento de denunciar a sus colegas Timothy Snyder y Sarah Churchwell. Podrán comparar a Trump y a los movimientos fascistas pero “pocos de los que han llamado fascista a Trump son realmente expertos en el tema”, escribió en The New Statesman. “Los verdaderos especialistas”, como, puesto que preguntan , yo, están de acuerdo en que “puede ser todo lo que digan, pero Trump no es fascista”.

Pero antes de pasar al porqué importa el argumento, tengo que decir que New Statesman necesita hacer crecer su departamento de verificación de datos. Snyder, cuyo trabajo sobre el cómo las democracias se convirtieron en dictaduras es lectura indispensable, y no dice que el movimiento de Trump sea “fascista”. Escribe que “la posverdad es prefascista y Trump es presidente de la posverdad. Los estudios increíbles de Churchwell sobre los alemanes nazis y los blancos supremacistas de EU y cómo se alimentaron uno al otro son una revelación. (Yo soy de la vieja izquierda y pensaba que había aprendido todo de lo que estaba mal en EU en los brazos de mi madre). Cuando le preguntan, dice que es muy cuidadosa e indica que el movimiento de Trump es “neofascista”.

El uso de “fascismo” en el debate político es un llamado a las armas y una declaración de guerra. Porque cuando dices que estás combatiendo el fascismo ya no puede haber vuelta atrás. Al hablar de “prefacismo” o de “neofascismo” te das cuenta de que la palabra fascismo no es una bomba que tengas que detonar con cuidado, y también te das cuenta de la gravedad del momento.

Las alternativas parecen eufemismos de sociedades que antes estaban a salvo y que como Calibán, no toleran ver su cara en el espejo. El culto al liderazgo de Trump, los ataques a cualquier fuente de información que el líder no autorice, las teorías racistas de la conspiración, los medios serviles que amplifican  las mentiras del líder no son “conservadores” en ningún sentido de la palabra. ¿Qué tal populista? Hoy en día puede ser cualquier cosa. El populismo es apoyar a la gente en contra de la élite. Pero ¿qué podría ser más elitista que negar el resultado del voto de la gente con una gran mentira, la mentira de Joseph Goebbels, que Trump ganó la elección que perdió y después incitó a sus seguidores que tienen el cerebro lavado a atacar las instituciones democráticas? Seguidores que incluían hombres vestidos con playeras con la leyenda “Camp Auschwitz” y con banderas confederadas y los que son soldados wannabe que gritaban “sieg heil” y “muerte total a los negros”. “Extrema derecha” y “ultra derecha” no sirven de nada. Sólo son formas educadas de decir neofacista.

En The Anatomy of  Fascism, Robert Paxton, la autoridad preeminente de esta ideología, escribió que el Ku Klux Klan en 1867 antes que las squadristi de Mussolini en 1920 podría ser considerado el primer movimiento fascista. Al igual que con el partido nazi, los oficiales amargados de un ejercito derrotado formaron el Klan. Lloraban la derrota de la Confederación y no aceptaban la legitimidad del gobierno de EU. Tenían uniformes, batas blancas en lugar de chaquetas de cuero, y fantasías de supremacía racial y recurrieron al terror para mantener sometidos a los afroamericanos. La semana pasada fuentes policiales dijeron a The Washington Post que estaban impresionados porque vieron entre la multitud de Washington a “expolicías, personal del ejército y a ejecutivos importantes”. Si hubieran conocido la historia del ejército y de la burguesía que apoya al fascismo, tal vez no se habrían sorprendido tanto. No siempre tienen el respaldo de los que “se quedan atrás”.

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Paxton dijo la semana pasada que había “resistido durante mucho tiempo aplicarle la etiqueta de fascista a Donald J Trump”, pero el incitar a la invasión del Capitolio “le retira mi objeción a la etiqueta fascista”.

Los republicanos le temen al asesinato si votan por enjuiciar a Trump. Los medios de Rupert Murdoch están haciendo amenazas veladas de insurrección con violencia si los demócratas continúan con el proceso de destitución. “Estamos viendo lo que pasa en el país, cómo están bajo amenaza 50 casas el día de la toma de posesión”, advirtió uno. “Esto es lo último que quieres que suceda”.

Puedo considerar tres objeciones para llamar prefacista a una gran parte del partido republicano. La primera se desvanece con un simple tronar de dedos ya que proviene de una derecha que tiene que fingir que no tiene el control de una enfermedad arraigada, no sólo en EU. La segunda es el viejo argumento excepcionalista del oeste anglosajón de que “no puede pasar aquí” y que tiene que entender que EU y Reino Unido son excepcionales en el siglo XXI por todas las razones equivocadas. La tercera suena inteligente pero es la más tonta. No puedes llamar a Trump o a ningún otro líder pre o neo fascista o ningún tipo de fascista hasta que no haya llegado al extremo de transformar su sociedad en una máquina de guerra totalitaria.

El ejemplo de las etapas del cáncer, que tanto aman los que creen en el síndrome del trastorno mental de Trump, explica esta tontería. Imagina que eres un doctor que busca células precancerosas o cualquier tipo de cáncer que no haya invadido un tejido. La puerta se abre y un coro de presentadores de Fox News y de profesores de Cambridge gritan que “los verdaderos expertos en el campo” están de acuerdo en que no se puede llamar cáncer hasta que es metástasis y se encuentra en todo el cuerpo. Un doctor competente insistiría en llamar por  su nombre verdadero a la enfermedad y no abandonaría el tratamiento sino hasta que fuera demasiado tarde para hacerlo. Ustedes deberían hacer lo mismo.

Nick Cohen es columnista de The Observer.