Diez maneras de afrontar la crisis climática sin perder la esperanza
Ilustración: Klawe Rzeczy/The Guardian

El mundo tal y como lo conocíamos está llegando a su fin, y depende de nosotros cómo termine y qué venga después. Es el fin de la era de los combustibles fósiles, pero si las corporaciones de los combustibles fósiles se salen con la suya, el final se retrasará todo lo posible, quemando la mayor cantidad de carbono posible. Si el resto de nosotros prevalece, reduciremos radicalmente nuestro uso de esos combustibles para el año 2030, y casi por completo para el 2050. Nos enfrentaremos al cambio climático con un cambio real, y derrotaremos a la industria de los combustibles fósiles en los próximos nueve años.

Si tenemos éxito, aquellos que nos sucedan contemplarán la era de los combustibles fósiles como una época de corrupción y veneno. Los nietos de quienes ahora son jóvenes escucharán historias de terror sobre cómo la gente quemaba grandes montañas de material venenoso extraído de las profundidades del subsuelo que hacía que los niños se enfermaran y los pájaros murieran y el aire se contaminara y el planeta se calentara.

Debemos reconstruir el mundo, y podemos reconstruirlo mejor. La pandemia de Covid-19 es la prueba de que, si nos tomamos en serio una crisis, podemos cambiar nuestra forma de vivir, casi de la noche a la mañana, de forma drástica, a nivel mundial, sacando grandes cantidades de dinero de la nada, como los tres billones de dólares que Estados Unidos destinó inicialmente para la pandemia.

La cumbre climática que acaba de concluir en Glasgow no nos condujo a ese punto, aunque ocurrieron muchas cosas buenas e incluso destacables. Esas personas, que en muchos casos apenas merecen el calificativo de “líderes”, fueron impulsadas por lo que exigían los activistas y los verdaderos líderes de los países vulnerables al cambio climático; fueron frenados por los intereses creados y su propio apego al statu quo y a las ganancias que se obtienen con la destrucción continua. Como dijo el siempre atinado David Roberts: “El hecho de que India elimine el carbón y la rapidez con la que lo haga no tiene nada que ver con lo que diga su diplomático en Glasgow y sí con todo lo que tenga que ver con la política interna india, que tiene su propia lógica y solo se ve levemente afectada por la política internacional”.

Hace seis meses, la Agencia Internacional de la Energía (AIE), generalmente prudente, pidió que se detuviera la inversión en nuevos proyectos de combustibles fósiles, declarando: “El mundo cuenta con un camino viable para construir un sector energético global con cero neto de emisiones para el año 2050, pero es estrecho y requiere una transformación sin precedentes en la forma en que se produce, transporta y utiliza la energía a nivel global”. La presión de los activistas empujó a la AIE hasta llegar a este punto, y 20 países se comprometieron en la COP26 a dejar de subvencionar proyectos de combustibles fósiles en el extranjero.

La cuota emocional de la crisis climática se ha convertido en una crisis de urgencia por sí misma. Creo que la mejor manera de afrontarla es basándose firmemente en los hechos y trabajando para conseguir un futuro digno, y reconociendo que hay motivos para sentir miedo, ansiedad y depresión tanto por las posibilidades inminentes como por la falta de acción institucional. A continuación les presento una serie de herramientas que me han parecido útiles tanto para la tarea interna de atender mi estado mental, como para la tarea externa de intentar hacer algo respecto a la crisis climática, que no son tareas necesariamente separadas.

Alimenta tus conocimientos con hechos

Cuidado con los conocimientos que no están basados en hechos. Me encuentro con muchas respuestas emocionales a análisis inexactos de la situación. En ocasiones no son más que respuestas a una vaga aprensión de que estamos condenados.

Una de las cosas curiosas sobre la crisis climática es que las personas desinformadas con frecuencia son más sombrías y fatalistas que los expertos en la materia: los científicos, los organizadores y los legisladores que conocen a fondo los datos y la política. A mucha gente le gusta difundir su desesperación, diciendo: “Es demasiado tarde” y “No hay nada que podamos hacer”. Estas son excusas para no hacer nada, y borran aquellas que hacen algo. Eso no es lo que dicen los expertos.

Todavía estamos a tiempo para elegir los mejores escenarios en lugar de los peores, aunque cuanto más tardemos más difícil será, y más dramáticas deberán ser las medidas. Sabemos lo que debemos hacer, y ese conocimiento cada vez se vuelve más refinado y preciso, pero también más creativo, todo el tiempo. Los únicos obstáculos son de tipo político e imaginativo.

Presta atención a lo que ya está ocurriendo

Otra queja que se escucha con frecuencia es “nadie está haciendo nada al respecto“. Pero esto lo dicen personas que no observan lo que tantos otros están haciendo con tanta pasión y en muchas ocasiones con efectividad. El movimiento climático ha crecido en poder, complejidad e inclusión, y ha ganado muchas batallas. He estado aquí el tiempo suficiente para recordar cuando el movimiento contra lo que entonces se llamaba “calentamiento global” era pequeño y moderado, predicando el evangelio de los Prius y los focos fluorescentes compactos, y siendo mayormente ignorado.

Una de las victorias del activismo climático, y de las consecuencias de los terribles fenómenos climáticos, es que hay mucha más gente preocupada por el clima que la que había hace unos años, desde ciudadanos comunes hasta políticos poderosos. El movimiento climático, que en realidad son miles de movimientos con miles de campañas en todo el mundo, ha tenido un enorme impacto.

En Estados Unidos, donde vivo, están ocurriendo muchas cosas a nivel local, estatal y federal. Aunque puede parecer que las medidas locales son insignificantes, con frecuencia adquieren mayor relevancia. Por ejemplo, hace unos años la ciudad californiana de Berkeley decidió prohibir la instalación de aparatos de gas en los edificios nuevos. Berkeley es una ciudad pequeña, por lo que sería fácil ignorar su impacto, pero ahora más de 50 municipios californianos han seguido su ejemplo, y el uso de la electricidad podría convertirse en una norma más allá del estado. En Reino Unido, el grupo Insulate Britain ha organizado bloqueos para exigir al gobierno que mejore las normas de aislamiento térmico de los edificios, algo por lo que nunca imaginé que la gente protestaría. Pero el aislamiento térmico es una cuestión de supervivencia y justicia en este próximo invierno de aumento del precio del combustible y escasez, además de un problema climático.

Existen organizaciones, iniciativas y legislaciones a diferentes escalas, y existe una escala adecuada para cada persona. A veces se trata de conseguir que tu universidad desinvierta, o que tu ciudad cambie las normas de construcción, o que tu estado adopte un plan agresivo de energía limpia (como lo hizo Oregón este verano) o prohíba el fracking (como hizo el estado de Nueva York hace unos años) o proteja un bosque antiguo.

Si resulta difícil apreciar algunas victorias del pasado, es porque no queda nada que ver: la central de carbón que nunca se construyó, el oleoducto que fue detenido, la perforación que fue prohibida, los árboles que no fueron talados. Como aconseja mi amigo Daniel Jubelirer, del Sunrise Project, si el volumen de datos y problemas te parece abrumador, únete, aprende sobre la marcha y tal vez elige un área de especialización.

Observa más allá de lo individual y encuentra gente buena

Cuando le pregunto a la gente qué está haciendo respecto a la crisis climática, suelen citar opciones de estilo de vida virtuosas, como ser vegano o no volar en avión. Son cosas buenas. También son relativamente insignificantes. El mundo debe cambiar, pero no lo hará porque una persona consuma o deje de consumir algo, y yo preferiría que no nos imagináramos principalmente como consumidores.

Como ciudadanos de la Tierra, tenemos la responsabilidad de participar. Como ciudadanos agrupados, tenemos el poder de influir en el cambio, y solo a esa escala se puede producir un cambio suficiente. Las decisiones individuales pueden aumentar lentamente, o en ocasiones convertirse en catalizadores, pero se nos acabó el tiempo para lo lento. No son las cosas que nos abstenemos de hacer, sino las que hacemos con pasión, y juntos, son las que más contarán. Y el cambio personal no está separado del cambio colectivo: en un municipio abastecido con energía limpia, por ejemplo, todo el mundo es un consumidor de energía limpia.

Si vives a base de una dieta de noticias convencionales, que se centran en las celebridades y los políticos electos, y reservan el término “poderoso” para los individuos de alto perfil y ricos, te dirán de mil maneras que no juegas ningún papel en el destino de la Tierra, más allá de tus elecciones de consumo.

Los movimientos, las campañas, las organizaciones, las alianzas y las redes son la forma en que la gente común se vuelve poderosa, tan poderosa que puedes ver cómo inspiran terror en las élites, los gobiernos y las corporaciones por igual, que se empeñan en intentar sofocarlas y socavarlas. Pero en estos lugares también encuentras a soñadores, idealistas y altruistas, gente que cree en vivir de acuerdo con sus principios. Conoces a gente esperanzada, o incluso más que esperanzada: los grandes movimientos suelen comenzar con personas que luchan por cosas que parecen casi imposibles al principio, ya sea el fin de la esclavitud, el voto para las mujeres o los derechos para las personas LGTBQ+.

Los valores y las emociones son contagiosos, y eso se aplica tanto si te juntas con los zapatistas como con las Kardashians. Muchas veces me he encontrado con gente que piensa que el tiempo que he pasado alrededor de los movimientos progresistas era pura obligación o un pago de cuotas, cuando en realidad era una recompensa en sí mismo, porque encontrar el idealismo en medio de la indiferencia y el cinismo es así de estupendo.

El futuro aún no está escrito

La gente que proclama con autoridad lo que va a suceder o no, solo refuerza su propio sentido de sí mismo y sabotea tu creencia en lo que es posible. Según la sabiduría convencional, nunca iba a existir la igualdad matrimonial en Irlanda o España, ni un presidente estadounidense que honre el día de la visibilidad trans, ni que Canadá cediera el 20% de su masa terrestre al gobierno autónomo indígena como Nunavut, ni que Gran Bretaña deje de funcionar con carbón, ni que Costa Rica se acerque al 100% de energía limpia. Los antecedentes históricos nos dicen que lo inesperado ocurre con regularidad, y por inesperado quiero decir inesperado para la gente que creía saber lo que iba a pasar.

En 2015, Christiana Figueres condujo a 192 naciones hacia un exitoso tratado climático global en París. Pero cuando le pidieron por primera vez que asumiera el trabajo, espetó que era imposible. Lo asumió de todos modos, y la noche antes de que se anunciara el tratado, la gente a mi alrededor seguía diciendo que era imposible y se preparaba para el fracaso. Entonces triunfó, no en terminar el trabajo, sino en hacerlo avanzar.

El futuro aún no está escrito. Lo estamos escribiendo en este momento.

Una turbina eólica cerca de Wolfsburgo, Alemania. Foto: Felipe Trueba/EPA

Las consecuencias indirectas importan

En septiembre, la Universidad de Harvard anunció que dejaría de utilizar combustibles fósiles. Los organizadores tardaron 10 años en lograrlo. Durante más de nueve años se podría haber considerado que la campaña había fracasado, a pesar de que formaba parte de un movimiento mundial que retiró billones de dólares de las inversiones en combustibles fósiles, que redefinió la industria de los combustibles fósiles como criminal y que planteó cuestiones éticas que todos los inversionistas debían considerar. Este mes, Bloomberg News informó que el “costo del capital” para los proyectos de combustibles fósiles y de energía renovable solía ser comparable, pero que gracias, en gran medida, a los accionistas y a los activistas de la desinversión, el costo de los proyectos fósiles ahora es de aproximadamente el 20%, mientras que el de las energías renovables se encuentra entre el 3% y el 5%.

Esto afecta al tipo de proyectos que se financian y a los que resultan rentables.

La campaña contra el oleoducto Keystone XL fue, durante muchos años, un revoltijo de victorias y derrotas y estancamientos y retrocesos, y finalmente el oleoducto fue suspendido por completo cuando Joe Biden llegó a la presidencia. Esto no fue un regalo de Biden; fue una deuda que se pagó a los activistas climáticos que lo convirtieron en un objetivo importante. La paciencia cuenta, y el cambio no es lineal. Se expande hacia el exterior como las ondas de una piedra arrojada a un estanque. Importa en formas que nadie prevé. Las consecuencias indirectas pueden ser algunas de las más importantes.

La campaña contra Keystone XL fue larga y difícil, y los héroes que lucharon contra ella consiguieron muchas cosas además de detener un oleoducto. Hicieron que las arenas de petróleo de Alberta, una de las explotaciones de combustibles fósiles más sucias de la Tierra, fueran reconocidas en mayor medida como una atrocidad medioambiental y una bomba climática mundial que era necesario desactivar. Los organizadores crearon bellas coaliciones entre agricultores, terratenientes nativos, comunidades locales y un movimiento internacional. Nos enseñaron por qué los oleoductos son un punto de presión, e inspiraron a la gente a luchar y ganar muchas otras batallas contra los oleoductos.

La campaña contra Keystone XL pudo haber contribuido a inspirar a los líderes lakotas de Standing Rock que se levantaron contra el oleoducto Dakota Access en 2016. Esa lucha no detuvo el oleoducto, pero aún puede hacerlo.

No ha terminado. Y logró mucho más. Un amigo de Standing Rock me dijo que le dio esperanza a los jóvenes nativos de ese y otros lugares, y un sentido de su propia actuación y valor que importaba. Condujo a muchas cosas extraordinarias, entre ellas una enorme reunión entre tribus y la curación de viejas heridas, especialmente cuando cientos de antiguos soldados estadounidenses se arrodillaron para pedir perdón por lo que el ejército estadounidense le hizo a los nativos americanos.

Y también inspiró a una joven, que había viajado desde Nueva York con sus amigos, para decidir postularse como candidata. Entonces no habrías escuchado sobre ella, pero ahora sí: Alexandria Ocasio-Cortez. Como congresista, contribuyó mucho a amplificar la necesidad de un New Deal ecológico. El acuerdo no ha sido aprobado en el Congreso, pero cambió el sentido de lo que es posible, y deshizo la vieja y falsa división entre empleos y medio ambiente. Parece haber moldeado el énfasis de la administración de Biden en los empleos ecológicos como parte de una transición energética, y en ese sentido ahora se encuentra en el mundo en la forma del plan legislativo Build Back Better.

Si sigues las ondas desde Standing Rock, hasta la decisión de una joven de postularse para el Congreso, y el apoyo del Sunrise Movement para un nuevo marco de acción climática, puedes ver el cambio indirecto, el cual demuestra que nuestras acciones frecuentemente importan, incluso cuando no logramos nuestro objetivo principal de forma inmediata. E incluso si lo hacemos, el impacto puede ser mucho más complejo de lo que habíamos previsto.

La imaginación es un superpoder

En el origen de esta crisis se encuentra un triste fracaso de la imaginación. Una incapacidad para percibir tanto lo terrible como lo maravilloso. Una incapacidad para imaginar cómo se conectan todas estas cosas, cómo lo que quemamos en nuestras centrales eléctricas y en los motores de los carros bombea dióxido de carbono que sube al cielo. Algunos no pueden ver que el mundo, que ha sido tan estable durante 10,000 años, ahora está desestabilizado y lleno de nuevos riesgos y peligrosos bucles de retroalimentación. Otros no pueden imaginar que en realidad podemos hacer lo que es necesario, que no es otra cosa más que construir un mundo nuevo y mejor.

Esta es una de las cosas más notables de esta crisis: aunque el primer movimiento climático enfatizó la austeridad, mucho de lo que tenemos que abandonar es el veneno, la destrucción, la injusticia y la devastación. El mundo podría ser mucho más rico en muchos aspectos si hacemos lo que esta catástrofe nos exige. Si no lo hacemos, catástrofes como las violentas inundaciones que recientemente dejaron sin servicio al mayor puerto de Canadá y dejaron varada a la ciudad de Vancouver son un recordatorio de que el costo de enfrentarnos a la crisis se ve reducido por el costo de no hacerlo.

Comprueba los hechos (y ten cuidado con los mentirosos)

Pensar en el futuro requiere imaginación, pero también precisión. Olas de mentiras sobre el clima han azotado a la población durante décadas. La era de la negación de la realidad climática ha terminado en gran medida, sucedida por distorsiones más sutiles de los hechos y por falsas soluciones de aquellos que buscan beneficiarse de la inercia.

Las empresas petroleras están gastando mucho en publicidad que incluye mentiras directas y la exageración de proyectos menores o falsas soluciones. Estas mentiras pretenden impedir lo que debe suceder, es decir, que el carbono debe permanecer en el suelo y que todo, desde la producción de alimentos hasta el transporte, debe cambiar.

Existe un gran alboroto respecto a las tecnologías de captura de carbono, y un viejo chiste muy simpático que dice que la mejor tecnología de captura de carbono de todas se llama árbol. La tecnología inexistente de captura de carbono a gran escala, creada por el hombre, suele ser mencionada para sugerir que podemos seguir produciendo esas emisiones. No podemos. La geoingeniería es otra distracción muy querida por los tecnócratas, aparentemente porque pueden imaginar una innovación tecnológica grande y centralizada, pero no el impacto de innumerables cambios pequeños y localizados.

En 2017, Mark Jacobson, del Solutions Project de la Universidad de Stanford, llegó a la conclusión de que casi todos los países de la Tierra ya disponen de los recursos naturales necesarios para realizar su transición a las energías renovables. “Tenemos las soluciones” se leía en un cartel en la gran marcha climática de Nueva York de 2014, y desde entonces no han hecho más que aumentar su eficacia.

Una manifestación de apoyo en la Huelga Climática Global en la ciudad de Quezón, Filipinas, 2019. Foto: Rolex dela Peña/EPA

La historia nos puede guiar

La izquierda estadounidense, le dijo una vez a un amigo mío, es mala para celebrar sus victorias. (Es posible que lo mismo ocurra con la izquierda de otros países). Tenemos victorias. Algunas son muy grandes, y son la razón por la que tu vida tiene la forma que tiene. Las victorias son recordatorios de que no somos impotentes y de que nuestro trabajo no es inútil. El futuro aún no está escrito, pero al leer el pasado, vemos patrones que pueden ayudarnos a moldear ese futuro.

Recordar que las cosas fueron diferentes, y cómo fueron modificadas, significa estar equipados para realizar el cambio, y tener esperanza, porque la esperanza radica en la posibilidad de que las cosas sean diferentes. La desesperanza y la depresión suelen provenir del sentimiento de que nada va a cambiar, o de que no tenemos capacidad para lograr ese cambio.

En ocasiones, ayuda a comprender que este mismo momento es asombroso. A principios de este siglo, no teníamos ninguna alternativa adecuada para los combustibles fósiles. La energía eólica y la solar eran relativamente costosas e ineficientes, y la tecnología de las baterías todavía se encontraba en sus inicios. La revolución más desapercibida de nuestra era es una revolución energética: los precios de la energía solar y la eólica han disminuido a medida que se han inventado nuevos diseños más eficientes, y ahora se considera que son más que adecuados para impulsar nuestro futuro.

La escala del cambio en los últimos 50 años es una prueba del poder de los movimientos. La nación en la que nací hace 60 años contaba con pequeños movimientos por los derechos de las lesbianas y los homosexuales, nada parecido a un movimiento feminista, un movimiento por los derechos civiles liderado por los negros cuyas victorias en su mayoría estaban por llegar, y un pequeño movimiento por la conservación que aún no se transformaba en un movimiento por el medio ambiente, y pocos reconocían las interdependencias sistémicas en el centro del ecologismo. Quedaban muchos supuestos por desmantelar; muchas alternativas por nacer.

Recordar a los antecesores

Somos las primeras generaciones que se enfrentan a una catástrofe del alcance, la escala y la duración del cambio climático. Pero no somos en absoluto los primeros en vivir bajo algún tipo de amenaza, o en temer lo que está por venir. Con frecuencia pienso en aquellos que fueron valientes y rectos en los campos de exterminio de la Alemania nazi. Pienso en mis vecinos latinoamericanos, algunos de los cuales afrontaron migraciones aterradoras, atravesando el desierto durante días para escapar de los escuadrones de la muerte, las dictaduras y la catástrofe climática. Pienso en los pueblos indígenas de las Américas, que ya vivieron el fin de sus mundos cuando sus tierras fueron robadas, sus poblaciones diezmadas y la dominación colonial perturbó sus vidas y culturas de todas las formas posibles. Lo que se necesitó para perseverar en esas condiciones es casi inimaginable, y también a nuestro alrededor.

El liderazgo indígena ha sido extremadamente importante para el movimiento climático, en campañas específicas y como testimonio continuo de que existen otras formas de pensar en el tiempo, la naturaleza, el valor, la riqueza y los roles humanos. Un informe que se publicó este verano demostró lo poderoso y crucial que ha sido el liderazgo indígena para el movimiento climático: “La resistencia indígena ha detenido o retrasado la contaminación por gases de efecto invernadero equivalente a al menos una cuarta parte de las emisiones anuales de Estados Unidos y Canadá”.

No descuides la belleza

El caos climático nos hace temer que perderemos lo que es bello en este mundo. Quiero decir que dentro de 50 años, y dentro de 100 años, la luna saldrá, y será hermosa, y brillará con su luz plateada sobre el mar, aunque la costa no esté donde solía estar. Dentro de 50 años, la luz sobre las montañas y la forma en que cada gota de lluvia sobre una hoja de hierba refracta la luz seguirán siendo hermosas. Las flores florecerán y serán hermosas; los niños nacerán y ellos también serán hermosos.

Solo cuando se acabe veremos realmente la fealdad de esta era de combustibles fósiles y desigualdad económica desenfrenada. Una parte de aquello por lo que luchamos es la belleza, y esto significa prestar atención a la belleza en el presente. Si olvidas por qué estás luchando, te puedes volver miserable, amargado y perdido.

Durante mucho tiempo hemos contado historias de terror sobre el hielo y los arrecifes de coral y los fenómenos meteorológicos violentos para intentar despertar a la gente sobre el hecho de que el clima está cambiando. Ahora tengo un temor diferente: que este caos llegue a parecer inevitable, e incluso normal, como ocurre con la guerra para alguien que ha vivido su vida en tiempos de guerra.

Creo que ahora tenemos que contar historias sobre lo hermosa, rica y armoniosa que era la Tierra que heredamos, sobre lo bellos que eran sus patrones, y que en algunas épocas y lugares todavía lo son, y sobre lo mucho que podemos hacer para restaurarla y proteger lo que sobrevive. Tomar esa belleza como una confianza sagrada, y celebrar su memoria. De lo contrario, podríamos olvidar por qué estamos luchando.