‘Una espera de cinco días por 5 mil dólares’: el hombre que hace fila para los superricos
Robert Samuel, cuyo trabajo consiste en formarse por otras personas. Foto: Adam Gabbatt/The Guardian

A las 5 de la mañana, no hay más oscuridad que en cualquier otro momento en Times Square, donde los enormes anuncios digitales nunca dejan de proyectar luz hacia el cielo, iluminando las calles del centro de la ciudad.

La plaza es una de las atracciones turísticas más visitadas de la ciudad de Nueva York, pero a esta hora se encuentra desierta, a excepción de cinco personas que se encuentran de pie frente al Winter Garden Theatre.

Aquí es donde The Guardian encuentra a Robert Samuel, un exvendedor de teléfonos celulares de 46 años, cuyo trabajo ahora consiste en formarse por otras personas, en su mayoría adineradas. Se trata de una profesión extraña, pero una que le ha proporcionado a Samuel un asiento en primera fila en algunos de los principales eventos culturales de la última década, y un trabajo que tal vez resume el estado del capitalismo, y la desigualdad, en 2022.

El trabajo implica que Samuel esté sentado, o parado, o en ocasiones durmiendo, en las filas: esperando para obtener boletos de teatro, lanzamientos de iPhone, y en una ocasión para que alguien muriera como parte de una macabra exposición de arte francés. Dependiendo del espectáculo, Samuel cede después su lugar a su cliente o le compra boletos para espectáculos de gran demanda.

En este frío jueves de abril, a pesar de la hora, Samuel se muestra alegre y enérgico. Vistiendo una sudadera y una gorra de béisbol, saca una pequeña tienda de campaña y una silla de camping, y se acomoda para lo que será una espera de muchas horas para comprar dos boletos para The Music Man.

Se trata del espectáculo más popular de la ciudad, sobre todo porque Hugh Jackman interpreta el papel principal del profesor Harold Hill, y para conseguir un lugar, los fanáticos tienen que llegar temprano. O pagarle a Samuel, que lleva nueve años dedicándose a esto en tiempo completo.

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Samuel esperó en la fila para conseguir boletos para The Music Man. Foto: Adam Gabbatt/The Guardian

La temperatura es de 8°C, pero no se compara para nada con lo que Samuel denomina, con una mezcla de temor y veneración, “la fila Hamilton”.

“Un día estábamos a cero grados”, cuenta Samuel. “Y el interior de mi tienda estaba congelado por la escarcha. Podía rascar y escribir líneas. Creo que esa fue la vez que más frío pasé mientras esperaba“.

Pero valió la pena, porque Hamilton, el tremendamente popular musical de Lin-Manuel Miranda que ha roto récords desde que se estrenó en febrero de 2015, es realmente lo que hizo que Samuel se dedicara a formarse en las filas.

“Siento que tengo que darle un cheque en concepto de comisión”, comenta. Recuerda esos días con cariño.

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Lin-Manuel Miranda en la reapertura de Hamilton el año pasado después del confinamiento por Covid-19. Foto: Craig Ruttle/AP

Hamilton rápidamente se convirtió en una gallina de huevos de oro para Samuel, pero cuando Miranda anunció su salida del espectáculo, la situación alcanzó otro nivel completamente distinto. Samuel tuvo que contratar a personas, en un principio amigos y conocidos, para que esperaran en la fila junto con él, mientras los aficionados al teatro se apresuraban para ver las últimas actuaciones de Manuel.

Tienes a esos puristas del teatro que tienen que ver el reparto original, sin importar el costo“, comenta Samuel.

Los boletos de reventa estaban disponibles en internet, pero por 15 mil dólares o más. El método de Samuel significaba que sus clientes obtenían boletos de último momento, muchas veces en asientos de primera categoría, que salían a la venta la mañana del espectáculo. Los boletos tenían un precio reducido, pero el trabajo de Samuel no.

La espera era de cuatro, tal vez cinco, días. Cobrábamos 5 mil dólares por conseguir dos boletos. Pero comparado con la compra de un boleto de reventa, éramos la mejor oferta de la ciudad”.

Al principio de las funciones de Hamilton, Samuel compraba dos boletos, la cantidad máxima permitida, y se los entregaba a los clientes.

Sin embargo, el teatro no tardó en cambiar su política y exigir al comprador de los boletos que viera el espectáculo él mismo. “Les decía amablemente: ‘Hola, vas a tener una cita‘”, explica Samuel. Esto no parecía molestar a los clientes de Samuel, que le encargaban a él o a su equipo que compraran dos boletos y los invitaran a ver el espectáculo.

“Uno de los beneficios de formarse en las filas, para mí, ha sido redescubrir mi amor por el teatro“, comenta Samuel.

Creció en Brooklyn, al otro lado de East River, y un viaje a Broadway, en Manhattan, suponía un raro placer cuando era niño; su primer espectáculo fue Evita, que vio con su madre, sin embargo, ha visto Hamilton 10 veces y rara vez se pierde las obras y los musicales más comentados.

Hamilton recaudó decenas de miles de dólares para Samuel, que con el tiempo formó su propia empresa llamada Same Ole Line Dudes.

Esta no sería la única ola de cultura pop en la que participó. Gracias a su trabajo, Samuel ha estado presente en algunos de los momentos comerciales y culturales más importantes del milenio.

Cuando el iPhone se convirtió en el artículo de consumo más popular del planeta, Samuel estuvo ahí, esperando en la fila afuera de la tienda insignia de la empresa en Nueva York.

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Los clientes se forman para comprar iPhones afuera de la Apple Store ubicada en la Quinta Avenida de Nueva York. Foto: Peter Foley/EPA

Mientras la marca de moda urbana Supreme creaba un culto a través de sus ediciones limitadas, Samuel se encontraba en su tienda SoHo comprando playeras y sudaderas recién lanzadas. (Sus trabajos en Supreme propiciaron el único intento de Samuel de comprar productos codiciados y revenderlos en internet. “Perdí dinero“, explica, sacudiendo su cabeza. “Y me dije: ‘Esto no es para mí, déjenme quedarme haciendo fila‘”).

¿El cronut? Samuel era una presencia habitual afuera de la panadería Dominique Ansel que creaba la exquisitez portmanteau antes de que el lote de ese día se agotara. ¿Saturday Night Live? Samuel también trabajó en eso.

Cuando Omega, la marca de relojes de lujo, se volvió muy popular y comenzó a incursionar en el mundo de las ediciones limitadas, Samuel estuvo ahí para recogerlas para los clientes que tenían miles de dólares para gastar, pero que no tenían tiempo ni ganas de hacer el trabajo sucio.

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Robert Samuel se ha formado para todo, desde cronuts hasta relojes lujosos. Foto: Adam Gabbatt/The Guardian

Sin embargo, los trabajos no siempre consisten en hacer feliz a las personas. Y este trabajo, especialmente en los últimos tiempos, ha suscitado algunos dilemas morales.

A Samuel le pagaron dos organizaciones de noticias diferentes para que apartara un lugar en la fila durante el juicio de Ghislaine Maxwell, que duró varias semanas y que culminó con la condena de la exsocia de Jeffrey Epstein por tráfico sexual en diciembre de 2021. Y cuando llegó la pandemia de Covid-19, Samuel hizo fila para las vacunas, lo que permitió que los clientes radicados en Nueva York –que con frecuencia no vivían en la zona donde se administraban las vacunas– se abalanzaran para vacunarse.

Antes de la pandemia, este trabajo le permitía a Samuel ganar hasta 80 mil dólares al año. No obstante, el trabajo ha expuesto algunos de los lados más feos de la sociedad. Samuel comenta que la peor parte del trabajo es el racismo que él y su equipo, formado en su mayoría por afroamericanos y latinos, han experimentado.

Samuel recuerda cómo uno de sus colegas comenzó a conversar con una mujer y su hija pequeña mientras todos esperaban los boletos para Hamilton. La hija le preguntó a Samuel cuál había sido el último espectáculo que había visto.

Oh, no seas tonta, ellos no van a ver espectáculos“, intervino la madre.

En otra ocasión, un colega estaba esperando para comprar boletos para Macbeth. Se puso a hablar con un hombre blanco que estaba en la fila y le contó sobre el servicio de formarse en las filas.

“Él dijo: ‘Gran idea, es increíble. Pero, ¿hay algún blanco que haga esto?“, recuerda Samuel.

Eso ocurrió antes de que Donald Trump fuera elegido. Después de eso, comentó Samuel, “simplemente lo agravó a un nivel completamente diferente”.

“Muchos turistas vienen de estados republicanos. Y traen esas actitudes con ellos. Y es como: ‘Bueno. Este es un estado demócrata. Esta es una ciudad demócrata. Simplemente tienes que callarte‘”.

Aun así, Samuel está contento con su trabajo y –antes de la pandemia– tenía un buen sueldo. Pero en un país en el que la desigualdad económica ha superado los extremos de la década de 1920 y la economía gig ha creado condiciones laborales precarias para muchas personas, el papel de Samuel es otro ejemplo de cómo los ricos ejercen su poder financiero.

Para Sarah Damaske, profesora de sociología y de relaciones laborales y de empleo en la Universidad de Penn State, la dinámica evoca “formas de trabajo muy antiguas“.

“Cuando observamos una desigualdad de ingresos realmente extrema, esta capacidad de tercerizar las tareas personales se vuelve más posible. Se hace más posible para una persona que se encuentra en un extremo comprar la fuerza de trabajo de otra persona que se encuentra en el otro extremo cuando el salario mínimo está estancado durante tanto tiempo como lo ha estado”, señaló Damaske.

“Por esta razón, me hace pensar en aquellos días del pasado en los que las personas tenían oportunidades mediante el derecho natural, en una especie de forma señorial”.

La mayor parte del trabajo de Samuel se desarrolla en la ciudad de Nueva York, pero su cargo le ha permitido viajar. En julio de 2018 fue contratado por los artistas David Brognon y Stéphanie Rollin para su muestra titulada Until Then. Una exploración de las actitudes respecto a la eutanasia, la exposición involucró a Samuel, a quien los artistas encontraron en internet, sentado, solo, en una iglesia del siglo XI en Francia.

Samuel se sentó en la iglesia, esperando, durante 26 días, el periodo de tiempo que transcurrió desde que un paciente anónimo en Bélgica les informó a sus médicos que quería morir, hasta que realmente murió. En el momento en que el paciente murió, Samuel se levantó y salió de la iglesia.

“Se me hincharon los ojos, y cuando salí de esa iglesia, aunque no conocía a esa persona, el hecho de saber que la estaba esperando para que terminara su vida, me conmovió de una manera que nunca hubiera imaginado“, comenta.

La experiencia sigue conmoviendo a Samuel, “Todavía me pongo un poco emotivo cuando lo recuerdo“, dice, con los ojos ligeramente llorosos. En cuanto a su trabajo habitual, es decir, formarse para comprar boletos, artefactos y ropa, Samuel simplemente lo considera parte de una “comodidad que se ha apoderado de la sociedad“.

Puedes hacer que la gente haga literalmente todo por ti“, comenta.

“Pueden cuidar a tus hijos, pueden cuidar a tus mascotas. Pueden limpiar tu casa, ya sabes, pueden recogerte de A a B, llevarte tu comida. Así que esto solo es una extensión de eso”.

“Puedes hacer que las personas hagan casi cualquier cosa, dentro de lo razonable, siempre y cuando sea legal y quieras pagar”.